El mundo gobernado por los economistas

«Â¡Nos, que somos igual que Vos, pero juntos somos más que Vos, os nombramos Rey, para que defendáis nuestros fueros; y si no, no!» Así juraban fidelidad al rey las Cortes castellanas, allá por el siglo XII, cuando el resto de las tribus de Europa ni soñaban con monarquías constitucionales. Lejos aquellos tiempos libres de demagogias burguesas y de mass media, manipuladas con arrogancia y desprecio sin igual por la maquinaria mediática, capaces de generar la ilusión de la representatividad democrática.

Todos somos testigos en nuestra América de que la democracia se termina cuando las caretas mediáticas se vuelven increíbles, la «tolerancia» se toma prolongadas licencias y los sables se pronuncian. Las élites oligárquicas llaman «tolerancia» a esa relación política semejante a la que se da entre el cirujano y el paciente dormido… La representación de la representación crea la ilusión de la soberanía delegada por medio del ritual electoral, por este mecanismo los estados legitiman su poder coercitivo sobre los pueblos. Pero en el fondo todo es un problema ideológico, la proyección de la soberanía del rey de carne y hueso, en el concepto llamado pueblo.

El pensamiento occidental ha degenerado del positivismo al conductismo y su inevitable resultancia: la certeza de la posibilidad de manipular la conducta humana desde la genética y la bioquímica. De ahí que los diversos poderes, además de los estados, dependan cada vez más de los ilusionistas generadores de lo que ya es un hecho entre nosotros: la ciudadanía global virtual. Lo que hace ya varios años se denomina la «aldea global». A la aldea global no llegamos por arte y milagro de la Internet, la que en definitiva es solamente el instrumento eficiente de la hora, sin el cual este imperio global sería impensable. Una urdimbre tesoneramente elaborada durante décadas, puede decirse que todo comenzó en la Conferencia de Bretton Woods (New Hampshire, EUA), en la que participaron cuarenta y cuatro estados, de la que surgieron el FMI y el BM. Destinados a ser los instrumentos forjadores de un nuevo orden mundial, que terminaría con las crisis monetarias, pero lo más importante, sería el fin de las guerras entre las potencias industriales del mundo finalizada la Segunda Guerra Mundial.

Los pueblos del sur, tan ajenos a estos acuerdos como los indios de las Bulas del Papa Alejandro VI, cuando en el siglo XVI el mundo fue dividido entre España y Portugal, tardamos años en sufrir las los efectos de la maquinaria colonizadora montada en dichas conferencias. A los veinte años firmamos la primera carta de intención con el Fondo, allá por 1963. A la democracia invocando y con el sable dando, a los tumbos, fuimos siendo incluidos en él definitivamente al cabo de estas cuatro décadas.

Hoy el aceitado engranaje financiero ha convertido al Banco Mundial en eficiente instrumento de gobierno mundial. Cuando los ministros de Economía se reúnen, se dan el emblemático título de Gobernadores. La semántica, como siempre, traiciona a los hábiles declarantes. En la pendiente de endeudamiento y consecuente pérdida de soberanía, nuestros ministros privados de Hacienda pasaron a ser ministros de la escasez y de la administración, para adentro, de la crisis permanente. Para fuera administran el «superávit primario», especie de control de la presión arterial de un paciente con hemorragia.

Hoy son Ministros de Economía y no de Hacienda, como otrora. Pero, compensados de esta carencia de recursos, fueron convertidos en Gobernadores, en un gesto de sinceridad, por ser realmente los que se hacen cargo de los gobiernos de sus respectivos países, dejando a los Presidentes reducidos a Alcaldes y a los parlamentos en Cabildos.

Lejos están los tiempos en que nuestros antepasados medioevales, reunidos en armas y en pie de igualdad, se daban un Rey para mejor defensa de sus derechos. Hoy no somos ya vasallos de rey alguno. Somos una benemérita república con Gobernador que sólo rinde cuentas a su cónclave de pares. Republiqueta oligárquica que amenaza con integrarse al mundo de los poderosos, despreciando asociaciones locales con vecinos y linderos, seguros de que siempre es mejor ser «cabeza de ratón que cola de león». *

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