Dar limosna no hace justicia

«El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo» (Jesús de Nazareth. Lucas 3, 11).

El Instituto del Niño y el Adolescente hará campaña entre los uruguayos para no dar más limosna a niños en situación de calle. Con mi mujer, venimos a trabajar cada mañana desde la Ciudad de la Costa, vía Pando (peaje obliga), a Montevideo. Al salir de Pando, por ruta 8, hay una gran rotonda con una docena de semáforos; allí el tránsito se divide hacia Camino Maldonado o rumbo al puente Carrasco. Esperando por los demorones semáforos, cualquiera puede ver a toda una familia de hermanitos. Allí se crían.

Cada mañana, durante años, el semáforo nos detiene allí, a veces un instante, a veces minutos. Mi mujer jamás esquivó darle a aquellos niños algo del «desayuno» que en el largo viaje hacemos. Cuando empezamos a conocerlos, tenían de cuatro a diez años: en total siete hermanos a quienes sus padres enviaban a mendigar, en ómnibus, desde Barros Blancos. Si les preguntabas (si aún les preguntás) por la escuela, dicen que sí, que van: los del turno matutino mendigan de tarde y los otros, a la mañana. En vacaciones, lo hacen todos juntos. Así los hemos visto crecer. Realmente. Al cabo de seis años, identifican el auto desde antes que llegue al semáforo, esperando un dulce, algo de la nada que podemos comprarles, que han pedido en la escuela y en casa no les dan. Los varones han crecido tanto en estos años, que ahora improvisan malabares para convocar la piedad adormecida ante tamaños párvulos. Las niñas, peor. Las teticas crecientes bajo las camisetas atraen ya a más de un conductor que las conversa: preadolescentes, entre timoratas e inconscientes parecen ajenas al amueblado a cien metros, que un cartel anuncia en el mismo cruce.

Cada mañana, cuando al cambio de semáforo nos alejábamos ruta adelante, les mandaba una puteada a los gobernantes de turno, a los responsables de aquel atentado a gritos, aquella ofensa a toda insensibilidad. Mi mujer lograba calmarme un rato nada más.

Cada mañana, el embotellamiento en el semáforo de Avenida Italia e Hipólito Irigoyen enfrenta a todo conductor con otra escena familiar: abuela y madre comparten la diaria mendicidad a los automovilistas camino al Centro, con media docena de niños, a todas luces sus hijos y nietos. Desde hace –cuando menos– cinco años. Los bebés crecieron para heredar el cochecito de los mayores, que ya mendigan. Cualquiera que pase de mañana por ese cruce, los conoce. Más de uno que esto lee les habrá dado una moneda.

Ahora el INAU me pide que demos nada. A nadie. A los que he visto crecer, conozco sus nombres, comparto cada día algo ínfimo de su necesidad. A un año y dos meses de que yo soñara que alguien los iba a sacar de la calle para darles un futuro mejor, ahora, además de que siguen ahí, de que miles los vemos cada día, Víctor Giorgi, director del INAU, sicólogo, me canaliza. Me aconseja. «La solidaridad se canaliza mejor a través de otras iniciativas», dice. La campaña para acabar con la limosna está en marcha. De la otra, la campaña contra las flagrantes evidencias que miles de vecinos vemos, conocemos, compartimos, creíamos que se iban a acabar, apenas… más palabras.

Inducir el pensamiento humano es cosa de los sicólogos; inducir a no dar un pan, una moneda, un algo, es el mejor camino a endurecer el corazón. Un buen camino seguramente en la cabeza de quienes deban apagar atisbos de complejos de culpa ante algo tan básico como elemental. *

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