Para explicar los piquetes

Jueves 13 de abril de 2006 | 3:35
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Casi sin advertirlo, el Uruguay se halla enfrentado a un conflicto con uno de sus vecinos gigantes.

Más allá de las razones –válidas y no– expuestas por los vecinos de Gualeguaychú, y más allá de los verdaderos motivos de los gobernantes –provinciales y nacionales– para que no se construyan las plantas procesadoras de celulosa en Fray Bentos, resulta pertinente reflexionar a propósito de los medios empleados para oponerse a las obras, la forma en que tanto unos como otros (vecinos y autoridades) expresan su rechazo.

En los diversos análisis y artículos de opinión escritos aquende el río sobre la actitud argentina, aparece el término “prepotencia” para calificarla. Ambientalistas piqueteros y gobernantes han exhibido una prepotencia que no se explica solamente por el hecho de ser objetivamente el más fuerte; es decir que no estamos ante un caso común y corriente de abuso con el débil, pues en la idiosincrasia argentina hay un rasgo sobresaliente: la excesiva autoestima.

Al respecto, vale la pena transcribir parte de un lúcido análisis de Mempo Giardinelli en “El país de las maravillas”, ensayo que hurga en el ser argentino sin contemplaciones.

Dice el escritor chaqueño:

“El argentino me parece un ser que siente predilección por la acción antes que por el análisis, exactamente al contrario de lo que señalan Samuel Ramos y Octavio Paz respecto del mexicano. Si allá es el sentimiento de inferioridad lo que determina la predilección por el análisis, aquí es el sentimiento de superioridad el que impulsa a la acción. No importa ahora si esa superioridad es absurda (y por supuesto que lo es); importa que el argentino tiene ese sentimiento incorporado. Es parte de una neurosis colectiva que le viene de hace mucho tiempo (…)”.

Sostiene Giardinelli que la historia argentina está signada por una lucha entre la libertad y la censura; entre el permiso y el veto; entre el libre pensamiento y la inquisición medievalista. Esa lucha no resuelta sería el origen de la tragedia de frustraciones que lleva a los argentinos a soportar un sino maldito, un destino de abortos y malogros.

“Esa lucha –prosigue el escritor– esa concepción de la vida como una lucha cuerpo a cuerpo con todos y con nadie, con uno mismo y con los demás, ha generado, me parece, esa enorme autoestima casi proverbial que algunos pueblos critican en nosotros”.

He ahí la clave, descubierta por un argentino, que explicaría la respuesta insolente, violenta, prepotente, de los llamados “asambleístas” entrerrianos apadrinados por su gobernador y –menos ostensiblemente– por el gobierno federal.

Que esta amarga confesión de un defecto nos lleve a nosotros, orientales, a comprender a nuestros hermanos –que tantas otras virtudes pueden exhibir– y a ser más indulgentes en nuestras críticas. *

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