El caso Berríos
En diversas ocasiones, he abordado esta «asignatura pendiente» de nuestro Estado. La solución de su Justicia me rememora las idas y venidas de Jesucristo en su hora final: de Pilatos a Herodes, de Herodes a Pilatos, y de Pilatos, previo lavado de manos, ante parte del pueblo hebreo reunido en Jerusalén, su «democrática» e histórica opción. Una opción que sembró discordias milenarias. Sin ir tan lejos en la Historia, el caso que nos ocupa nos devuelve a mediados de 1993. Bastó, entonces, el envío desde el tristemente celebre Consulado de Milán, de un fax trucho (otro de los tantos documentos públicos falsificados), para que el Senado de la República se fuera al mazo.
Los tres militares uruguayos que todos sabemos implicados en la desaparición y consecuente homicidio del agente chileno, en territorio nacional, ya no serán juzgados por tribunales uruguayos. Se trata de una verdad a gritos, conocida entre bambalinas desde aquel entonces, pero que el «establishment» nacional no ha podido digerir como hubiera sido institucionalmente deseable. Por el bien de la República, y hasta de esos tres compatriotas… que el país, nuestro país, se prepara para vomitarlos. Estas extradiciones terminan pareciéndose, entonces, por culpas del pasado, a los destierros de otrora. Esto es, a sanciones penales que el tan denostado «Uruguay batllista» erradicara de su repertorio punitivo. Nuestro Código Penal no conoce pena de muerte ni el destierro de sus ciudadanos… desde la famosa «Barca Puig» y la partida, con retorno vedado al Cnel. Latorre, durante el sigo XIX.
Como el sistema no supo qué hacer con ellos, hoy hay que extraditarlos. Esto es, expulsarlos, utilizándose, si se quiere, el eufemismo de la «extradición» para consumar por ahora- tres verdaderos destierros. ¡Vaya favor que les hicieran, quienes desde la derecha intentaron que no fuera esclarecida la desaparición ni el homicidio del tristemente célebre agente Berríos! Para ello, en este como en montón de otros casos, se distorsionaron los hechos, destruyeran u ocultaran documentos, etc.
Si hay algo peor que la prisión, es sin duda- la prisión en el extranjero. Con ella se castiga al desterrado y a la familia del desterrado. Hoy ya todo está consumado. El país no puede pasar por alto el formal pedido de extradición, sin deteriorar sus relaciones internacionales, por la imprevisión de los gobiernos que precedieron. En el peculiarísmo caso del último desaparecido por la «Operación Cóndor», que apuntara en contra de uno de los suyos, el tiro les salió por la culata. La verdad termina saliendo a la luz pública. Lo lamentable del «affaire» es que aquí, como en otros tantos y tantos casos, no fueron la Justicia y la Administración uruguaya quienes, cuando aún quedaba tiempo, estuvieron a la altura de las circunstancias. Sirve quien está a la altura de ellas… y hoy nos vemos forzados a reconocer el raquitismo moral e intelectual de tantos.
¿Qué lección debiera extraerse de estos sucesos?
Por lo pronto, que esas tres «extradiciones», fenoménicamente auténticos destierros, no den pie a otras tantas similares. Para prevenirlas, debieran reanudarse las indagatorias administrativas y jurisdiccionales pertinentes… antes que algún tribunal extranjero formalice otro requerimiento. Es en esto, y solo en esto, en donde está en juego aquí y ahora la soberanía nacional… y de rebote, por qué negarlo, el verdadero bienestar de los demás implicados en ese postrer operativo del «Plan Cóndor». *
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