"Pincho" Cáceres: el ejemplo de un luchador
Se nos fue el viernes 17 el «Pincho», apodo con que era conocido Juan Antonio Cáceres, y una onda de congoja recorrió el Cerro. Era una figura emblemática de la Villa, de lo que fue el Cerro en la época de los frigoríficos. Ejemplo de dirigente obrero, con estampa de caudillo, hombre de partido, inteligente y lúcido, culto y lector afanoso, periodista de prosa elegante, capaz de abarcar en los periódicos locales los temas de la Villa y los problemas de la humanidad. Era de la gente que piensa con cabeza propia, que no repite eslóganes, por lo mismo que siempre vivió pegado a los trabajadores y al pueblo, fraterno, ocurrente y dicharachero, hincha de Cerro de toda la vida.
Le había tocado bailar con la más fea en una época azarosa. En plena segunda guerra mundial, su partido se opuso a la huelga decretada por los trabajadores de la industria frigorífica y su aguerrida Federación Autónoma de la Carne. Se cavó una fosa que lo separó del conjunto de los obreros. Después, en el entorno del XVI Congreso del PCU de 1955, se inició el lento, prolongado y fecundo proceso de recomposición de los vínculos con los trabajadores, de restañar las heridas, de refundar prácticamente la organización partidaria en el Cerro.
Allí ocupó su lugar el «Pincho», que era a la sazón obrero tripero del Frigorífico Nacional, junto a un conjunto de militantes obreros de excepción, proletarios de pura cepa. Evoco a la «Negra
Erlinda Gutiérrez y su figura vibrante en la tribuna. Y tantos otros. Muchos están muertos, otros como Enrique Toja militan en organismos de jubilados. Se me aparecen el «gallego» Manuel Pérez, tesorero por antonomasia, «el griego» Panaghis Panaghiotopulos, y desde luego «el ruso» Gregorio Sapín (con cuyos vástagos de varias generaciones nos encontramos en los actos), porque el Cerro siempre fue un peculiarísimo crisol de nacionalidades. No puedo nombrarlos a todos, pero a cada uno lo llevo en el alma. Son mis afectos más entrañables porque tuve el privilegio durante varios años, de dirigir cursos de formación política en el viejo local de Grecia y Rusia, por donde pasaron decenas de cuadros en sucesivas promociones. Allí el que más aprendió fui yo. Conocí por dentro el régimen de la explotación en las empresas imperialistas, el Swift y el Armour (Artigas) de Chicago, y también por extensión del Anglo de Fray Bentos, desde la época primitiva en que se reclutaba a los obreros con métodos salvajes, planteándoles la disyuntiva de «trompis o guano». Pero a la vez asimilé las experiencias de la organización y de la lucha a brazo partido.
La batalla se entabló en varios frentes. En el plano parlamentario, Rodney Arismendi traducía en proyectos las aspiraciones comunes a todos los obreros, propias de un trabajo zafral: suba de las compensaciones, aumento del número de horas compensadas, artículo 13 que permitía incluir las horas compensadas en la licencia. En apoyo de estos proyectos, reiteradas año tras año en varias legislaturas, llegaban las camionadas del Cerro al Palacio Legislativo, a lo largo del proceso de la sanción de las iniciativas. Los primeros proyectos en ese sentido se aprobaron en octubre de 1958, junto a la Ley Orgánica de la Universidad y una serie de leyes en beneficio de distintos gremios.
La imagen de Arismendi tomando del pico de una botella de grapa junto a un camión en festejo de una de esas victorias ocupó la primera plana de El Popular.
Simultáneamente se desarrollaba la investigación sobre los costos de producción y ganancias de los frigoríficos extranjeros, promovida también por Arismendi, un capítulo mayor de la historia parlamentaria del Uruguay. Al cabo de algunos años se demostró (y aquí hay que recordar la figura del Cr. Guillermo Bernhard) que dichos frigoríficos robaban de manera descarada al Estado, inflaban desmesuradamente los costos de la conserva y se hacían pagar millonadas (con el beneplácito de sucesivos gobiernos) por concepto de subsidios, adicionales y diferencias de cambio, además de burlar sistemáticamente a Ganancias Elevadas. Cobraban los subsidios sobre la base de los costos declarados, y éstos se incrementaban con los gastos de los links de golf en el Cerro, viajes de los jerarcas, costos de administración en Chicago y hasta la excéntrica adquisición de un reloj con barómetro y termómetro.
Recuerdo haber estado con Arismendi y Enrique Pastorino a la salida de los obreros del Swift en la tarde, cada uno con sus dos kilos de carne envueltos en papel de estraza, explicándoles el contenido del proyecto presentado en el Parlamento. Se hicieron cientos de reuniones en casa de trabajadores, y algún asadito los domingos. Así poco a poco se fue revirtiendo la situación, fortaleciendo la organización partidaria y contribuyendo a la lucha de la Federación de la Carne.
Esta mantuvo su autonomía, incluso cuando se fundó la CNT en 1966. Entre la central y la Federación se estableció un pacto de solidaridad mutua y unidad de acción, lo que se expresó en el gran abrazo que se dieron un 1º de mayo, en Agraciada y Zufriateguy, la columna salida del Cerro y la que venía del Palacio Legislativo.
Cáceres fue un obrero esforzado en esta gran batalla. En un período fue llamado a encabezar la organización partidaria en Paysandú, donde se mantuvo en estrecho contacto con los operarios del Frigorífico Casablanca. Fue también suplente del senador Enrique Rodríguez, junto a César Reyes Daglio, y en varias ocasiones asumió la banca.
Luchador contra la dictadura, pasó a ser desde 1976 el preso Nº 2365, recluido en la barraca del Penal de Libertad durante 7 u 8 años. Liberado, retomó sus tareas en el Cerro de sus amores. Frenteamplista fundador participaba en su comité de base y vibró con el triunfo de octubre de 2004, síntesis de un extenso período de luchas.
Hablamos más arriba de su vocación periodística. A su muerte dejó un artículo para la revista Cosmópolis, listo para su publicación. Aún muerto, sigue vivo. *
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