El senador Saravia y Kennesaw

Muy lejos de pretender opinar sobre el tema del porte de armas a partir de la niñez que plantea el senador –aunque sí es de justicia establecer que lo hace desde una óptica mucho más profunda y general que la de quienes lo critican–, nos sorprende que se haya pasado por alto el ejemplo de Kennesaw.

Que se sepa, esta ciudad de los Estados Unidos, situada a veinte kilómetros de Atlanta, es la única de dicho país y del mundo donde la tenencia de armas es… obligatoria.

Efectivamente, en 1982, el concejo deliberante de la municipalidad dictaminó la exigencia de que en cada hogar hubiera al menos un arma, con las municiones correspondientes y en condiciones de ser usada. (Guy Sorman: «Made in USA, regard sur la civilisation américaine», Librairie Arthème Fayard, 2004).

Pues bien: ¿qué consecuencias ha tenido esta disposición sobre la delincuencia y sobre la violencia en general? A pesar de la prosa confusa, generalmente enredada, que caracteriza al proficuo autor francés, en el punto es muy claro y cita al jefe de policía, Timothy Callaghan. Este «afirma sin matices y sin vacilaciones, que el balance es totalmente positivo».

En los últimos 20 años, Kennesaw, impulsada por la expansión de Atlanta, pasó de cinco mil a veinte mil habitantes, y el número de robos se redujo a la mitad.

Claro que más adelante se expresan otras características de la ciudad en lo que hace a su seguridad. Se dice que la ordenanza «no puede ser disociada del clima general de seguridad que se vive aquí; la policía local patrulla toda la noche y acude en cinco minutos si alguien la llama». Consultadas las autoridades respecto a posibles accidentes, un viejo policía con veinte años en la función dice que «nunca hubo accidentes, ni siquiera en entrenamientos o limpiando un arma».

Por cierto que una contradicción no menor que surge de los dichos del senador es que mundialmente quienes dividen a la población entre «liberales» (izquierda) y «conservadores» (derecha), adjudican a aquellos estar más cercanos a la prohibición de las armas, al revés de lo que expresa Saravia.

En cuanto a quienes se les exime expresamente de la tenencia obligatoria, están los «enfermos mentales, los criminales y los objetores de conciencia». Y uno lee con asombro que «objetores de conciencia» hubo… solamente uno, y en 1982.

Debates nacionales sobre la tenencia de armas los hubo y los habrá en todos lados y por mucho tiempo (si acaso, ampliando el tema, habría que recordar lo que los historiadores llamaron «la paz armada» que se dio antes de la guerra mundial). Y habría que coincidir con Sorman que estos debates son demasiado teóricos, y que tal vez no se interesan «por esta experiencia de Kennesaw por ser demasiado real». Sin tomar partido en el asunto, se reitera que al menos merece un estudio. *

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