Recuerdos de una extensa trayectoria
A la Cámara ingresé como funcionario, y conservo recuerdos y afectos. Así, el director general de entonces: don Bernabé Noblía; el jefe de Contaduría Juan Carlos Carabel, el secretario general, Gumersindo Collazo Moratorio, el director don Alejandro Garra.
Estuve muchos años junto a compañeros de trabajo, que, en todas las circunstancias, fueron mis amigos: Oscar Moglia, Angel F. Noblía, la señora Rosa Maneiro, Julio C. Maglione, Renán Perazza, designado director de UTE y hasta que me destituyeron ejecutores de las órdenes del régimen, como el presidente a dedo doctor Aparicio Méndez, y el coronel Julio C. Faraone, quienes con celeridad, cumplieron el trámite burocrático que se les impuso.
Me retiré del Palacio Legislativo, sin conocer la soledad, mientras desde la Planta Alta se pasaba lista para marcar a mis «cómplices».
Me acompañaron amigos entrañables, Darío Correa, un ex bancario a quien le costó rechazar los recursos que me habían dispuesto interpusieran, y que consideraban necesarios para mi familia, V. De la Plaza, no precisamente un compañero de ideas, aunque también, se sabía destinatario de la represión. Juan Carlos Rocca siempre en la puerta, y sin que se pudiera ni atándole la boca, diferenciar su voz.
Don Manuel Benito Da Rosa, excelente amigo, un gran colorado, férreo antigolpista, como tantos de los que no se vendieron, para conservar un cargo.
Aunque lógicamente había algunos serviles, pero fueron muchos más, los dignos ciudadanos.
El Ãato, Ernesto De Salvo, inolvidable, funcionario de jerarquía y deportista notorio.
El doctor Héctor S. Clavijo ingresó con limpieza y fue secretario de la Cámara de Representantes ocupando la presidencia el doctor Ernesto Amorín Larrañaga.
Detenido en un viaje desde Rocha, no hubo razón alguna que justificara el atropello.
Abogado de políticos que no eran de su partido como el general L. Seregni actuando junto a Hugo Batalla.
El doctor Darwin Machado, integrante de la Secretaría General, fue ministro de la Corte Electoral.
Conocí y traté excepcionales hombres públicamente como quien me inculcó a través de su ejemplo, la vocación política.
Mi coterráneo, Jorge Zeballos Salsamendi de insuperable calidad cívica y humana.
A quién podría tomar como espejo, este atorrante de mal prestigio, que es el gobernador entrerriano J. Busti de tan dudosas credenciales. Zeballos Salsamendi, fue un político impoluto, que no conoció prebendas ni privilegios.
Lo acompañé hasta contaduría, firme en rechazar un incremento salarial que percibimos los funcionarios y él sabía que no podía comprender a legisladores.
Jorge Zeballos Salsamendi compareció ante la Corte Electoral a denunciar el golpe de Estado.
Se opuso de manera terminante a la importación de autos baratos.
Es conocido que cuando un político de otras actitudes, pasa por casa de los Lamas a solicitar su incorporación, lo despachó, «andá y devolvé todo y después vení a conversar».
Profesor del Elbio Fernández de sólido prestigio.
Como nacionalista acompañó a destacados dirigentes como el doctor Alberto Gallinal, y quien fue reconocido como «la cumbre más alta del civismo nacional» el doctor Javier Barrios Amorín.
Junto a Carlos Julio Pereyra, consolidaron la fundación del Movimiento Nacional de Rocha, el 8 de marzo de 1964.
Zeballos llevó a Carlos Julio a nuestro domicilio, y así conocí al joven diputado por Rocha. Una de las tantas cosas que -me consta- ambos debemos a quienes tanto conocieron como el «capitán» por la ascendencia sobre cuantos lo quisieron y valoraron.
En esa relación de amistad, y respeto recíproco, continuamos a lo largo de tantos años, a pesar de discrepancias propias de la actividad política.
Cuando renuncié al Senado, mi banca estaba junto a la suya.
Ambos conversamos sobre la necesidad político-institucional, de interpelar al general Hugo Medina. Pereyra, firme «no tengo temores» a pesar de muchas dudas que trascendieron en Sala, cuando el interpelado tuvo que reconocer públicamente que en el cofre del comando, tenía bajo llave, la citación de la justicia. Actitud, ésta de Carlos Julio Pereyra propia de hombres libres y dignos.
A Zeballos Salsamendi, cuando tanto lo queríamos y necesitábamos lo perdimos. Tenía apenas 46 años, y su noble corazón estaba afectado.
Como si su destino estuviera marcado fue al pueblo natal a despedirse de su madre y hermano, y tener el último asado con sus compañeros, y esa misma noche, volvió a su casa, y junto a su esposa, y se nos fue para siempre.
El joven diputado por Rocha lo despidió en el Cementerio de Cerro Chato, con una emoción inevitable entre tan buenos amigos cuando los bárbaros no permitían homenaje a los políticos que ellos, se permitían llamar «corruptos», aunque después se cobijaron en la impunidad (caducidad).
Muchos legisladores tuvieron que emigrar sin desentenderse de la lucha (Héctor Gutiérrez Ruiz, Zelmar Michelini, Eladio Fernández Menéndez, etcétera).
Hoy, que reconozco a tan dignos representantes de las nuevas generaciones, no tengo la menor duda de que desempeñarán con honor su alta responsabilidad y nuestro pueblo observará con esperanzas el trabajo que desde esa casa puedan realizar para paliar las carencias, que a tantos compatriotas afligen. *
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