Y en principio fue la vaca

El primer adelantado, Hernandarias, decidió poblar lo que describiera al Rey, como «tierras de abundates pastos y aguadas», signando por cuatro siglos el destino de esta zona del mundo. Así comienza la historia del gran desastre biológico en cadena, provocado por la irrupción de exóticos rumiantes en la pampa y su competencia con la fauna local, ciervos, tapires y llamas. En pocas décadas éstos eran millares en la gigantesca rinconada formada por los grandes ríos Negro, Uruguay y de la Plata.

Con el ganado introducido se genera una cadena de desequilibrios biológicos, desde las pasturas exóticas sembradas en las nuevas bostas importadas, los nuevos parásitos internos y externos propios de los ganados europeos, sarna, garrapata, carbunclo, aftosa, toda la fauna y flora intestinal de los nuevos dueños de la pradera. Todo esto significó una invasión biológica que afectaría a todas las especies autóctonas definitivamente, provocando la extinción de muchas variedades de vida. Pero, lo peor estaba por venir, cuando, tras los ganados, llegara el europeo a disputarle el territorio a los antiguos pobladores, sempiternos cazadores de la pradera.

En las primeras décadas los beneficiados directos de esta introducción fueron los indios, los que mejoraron su dieta y pasaron de ser guerreros de infantería a lucir poderosas caballerías. Pero la alegría duraría pocas décadas, puesto que la riqueza introducida por los extranjeros no tenía por fin la prosperidad de los indios, sino que formaba parte del proceso de globalización imperial del «imperio donde jamás se ponía el sol».

En el marco de la globalización del siglo XX se produce el cultivo masivo del eucalipto. La forestación, como las vacas de Hernandarias, no fueron implantadas para beneficio de la población nativa, aunque en los primeros tiempos algunos «indios» prosperaran ayudando a su extracción.

Esta forestación papelera solo intenta resolver las limitaciones de espacio que el primer mundo tiene para cubrir sus necesidades papeleras. Por lo que solo les interesa el espacio, las tierras que ellos no tienen en sus pequeños y superpoblados territorios, para el cultivo de las especies papeleras. Por eso, por razones de espacio, solo se harán aquí las pastas de celulosa y no el papel. Vienen a beneficiarse de la renta diferencial generada por nuestras despobladas pampas, respecto a las superpobladas tierras nórdicas.

El eucalipto y las plagas que prohíja, ya comienzan a impactar sobre el territorio, generando situaciones de conflicto con los anteriores destinos de la tierra. Es el comienzo de un cambio. El árbol avanzará disputando tierras, aguadas, vías de transporte y puertos de salida, a ganados y cultivos alimenticios. Las subsistencias para los centros poblados se encarecerán al ser relegados a las tierras mas alejadas. Las propias plantas prevén un «crecimiento inducido» de la forestación en torno de 200 km a su alrededor, tras su puesta en marcha. Pero sucede que nuestras ciudades, fundadas en tiempos de la globalización ganadera, se colocaron en los puertos de salida de los ganados que se movían en la pampa.

Como los árboles no caminan, deben vivir y morir cerca del punto de salida, a no más de doscientos quilómetros de las plantas de celulosa, las que reducen al árbol a un cuarenta por ciento de su masa, convertido en pasta. Ya los caciquillos del interior se disputan el privilegio de contar cada uno con su fábrica de celulosa, generadora de su aureola forestal de doscientos quilómetros cada una…

Todo el proceso pre-papelero puede ser realizado automáticamente con el mínimo de personal; existen cosechadoras de árboles capaces de procesar en el lugar los montes, a la manera de gigantescas trilladoras, llenan de chips a los camiones que avanzan a su pie. La relación o tasa, entre capital y capacidad de generar empleo, o sea, vida humana aborigen, ya está a la vista: 300 puestos de trabajo directos,a un costo de mil millones de dólares invertidos en activos fijos. O sea que directamente esos 300 puestos de trabajo costarán al país, se pagarán con intereses, con el fruto de nuestra tierra, 3.330.000 dólares cada uno…¡Los ecologistas, como los teros, gritan lejos del nido!

Estamos ante un conflicto biológico, condicionador de la suerte de todos los seres vivos, plantas, animales y hombres, originados en la globalización del ciclo anterior agropecuario. La forestación industrial no tardará en entrar en competencia por el territorio, por el sol y sus aguadas, en círculos de doscientos kilómetros alrededor de sus plantas, cebados por las 700.000 hás forestadas con dineros del pueblo.

¡Hemos subsidiado el suicidio nacional! *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje