Sobre tolerancia e intolerancia
En los medios políticos y periodísticos de Occidente la reacción de las poblaciones musulmanas ante la publicación de caricaturas de Mahoma fue de rechazo cuando no de burla. No faltaron quienes plantearon el problema en términos de un simplismo alarmante: Occidente, donde florecen las caricaturas representa la civilización avanzada y su hija dilecta, la tolerancia. Los países musulmanes representarían el fanatismo religioso y la intolerancia.
En un mundo donde las más groseras simplificaciones circulan victoriosamente de la mano de periodistas y políticos reaccionarios e irresponsables, la fórmula tuvo cierto eco y no le faltaron sus repetidores en estas tierras.
En estos días, un analista calificado, docente en la Universidad de París VIII, Sami Naïr, ha escrito en El País de Madrid unas sensatas consideraciones que llaman a reflexionar sobre no solo el simplismo sino la xenofobia y el racismo que suelen contener las defensas de la ‘superioridad cultural de Occidente’ y su mayor capacidad de tolerancia.
El distinguido académico empieza por constatar que «la globalización económica ha puesto en contacto permanente, estrecho y consustancial a todas las poblaciones del mundo, y lo que más le preocupa a cada una de ellas es defender su especificidad, su identidad. Lo vemos en Occidente con las transformaciones internas de las naciones-estado y el ascenso de los particularismos de identidad dentro de ellas, a menudo legitimados por la propia evolución del concepto de democracia.
Se supone, agrega, que debemos respetar la igualdad de sexos, el derecho de las minorías con una orientación sexual diferente, la llegada de poblaciones extranjeras que tienen usos y costumbres contrarios, muchas veces, a los nuestros. Esta situación histórica -la primera que se da con tanta intensidad en la historia humana- exige, al mismo tiempo, una toma de conciencia y un enorme esfuerzo de responsabilidad. Una toma de conciencia que consiste en saber que las identidades han pasado a ser un factor esencial y una auténtica dinamita social y política. Y, por consiguiente, que no hay que jugar con los temas de identidad, no hay que convertirlos en desafíos estratégicos y políticos entre los colectivos humanos.
(…) Y agrega: «Frente a las pasiones desatadas hoy en torno a las identidades, es preciso mostrar un espíritu de responsabilidad. Ayer, el mundo estaba separado culturalmente. Hoy está mezclado. El Otro está en la Ciudad común. Y hay que tejer un destino común»
El académico elogia la actitud asumida por el gobierno español elegido en marzo del 2004, el retiro de las tropas españolas de la criminal invasión a Irak y la búsqueda de un diálogo respetuoso con las poblaciones de origen musulmán.
Y concluye Sami Naïr: (la del actual gobierno español) «es una idea nueva porque hace un llamamiento a la comprensión entre los pueblos, la cooperación y la solidaridad humana por encima de las diferencias culturales, religiosas o étnicas. Y porque toma en serio la singularidad del género humano; mientras que las caricaturas de algo que es sagrado para el Otro satisfacen, sin duda, el espíritu iconoclasta, pero ensucian de manera inevitable la imagen que tenemos de esa sacralidad. Lo digo con la tranquilidad que me da el saber cuánto sufriría, como ateo, en una sociedad que me impusiera cualquier religión»
En el mundo occidental de hoy no son estas posiciones las que prevalecen. Los Estados Unidos, gobernados por un grupo con fuerte impregnación en el fundamentalismo religioso y las concepciones políticas más conservadoras e intransigentes, se alientan toda clase de políticas discriminatorias contra los emigrados económicos, tanto de Latinoamérica como de los países con una amplia base de población musulmana. En ese contexto, las exhortaciones del académico cobran una incuestionable significación. *
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