La herencia maldita

Cuando el gobierno progresista está por cumplir un año de gestión, es común oír análisis y balances sobre el desempeño de las nuevas autoridades, sobre el grado de cumplimiento del programa, sobre las promesas y la realidad.

A poco de haber asumido los jerarcas nombrados por el nuevo gobierno al frente de los distintos organismos y reparticiones estatales, se empezó a usar la expresión «herencia maldita» en referencia la realidad heredada de la administración anterior. Se trataba de situaciones de hecho que dificultaban enormemente la tarea gubernativa y que impedían la puesta en práctica inmediata de las ideas renovadoras, ya que como primer paso era menester poner la casa en orden.

Sin embargo, más allá de las situaciones concretas a que se hacía referencia con la expresión «herencia maldita», es preciso tener en cuenta que el gobierno progresista recibió un país destrozado por la aplicación de una política económica de efectos catastróficos.

La administración del doctor Batlle pasará a la historia no sólo como aquella en la cual se verificó la crisis económica más aguda de que se tenga memoria desde que el país asomó a la vida independiente, sino que, además, será recordada porque en ella se registraron los peores índices de descalabro social.

Sin embargo, para ser justos, es preciso tener en cuenta que ese descalabro social, esa fractura en la sociedad, esas cifras aterradoras de pobreza y exclusión, no son responsabilidad exclusiva del doctor Batlle. La infantilización de la pobreza, el aumento de la delincuencia, la desnutrición infantil, que el gobierno actual ha heredado, son el producto de veinte años de gobiernos que, aunque democráticamente electos, aplicaron con entusiasmo un modelo de crecimiento económico que inevitablemente conduce a la miseria de los más. Es el modelo que abrazó e impulsó el gobierno cívico-militar y que las administraciones democráticas que lo sucedieron continuaron aplicando. Por algo se decía, ya en 1984, que los partidos tradicionales representaban el continuismo; desde luego que no el continuismo de la barbarie dictatorial pero sí el continuismo económico.

Pues bien, luego de dos decenios de gobiernos democráticos pero esencialmente conservadores, hacen eclosión los dolorosos y previsibles resultados sociales. Y, lo reiteramos para que no queden dudas, de esta catástrofe social son responsables las principales figuras de ambos partidos tradicionales que se alternaron en el poder y que lo compartieron bajo las formas de gobernabilidad, cogobierno o coaliciones.

Son responsables del aumento de la marginación reflejada en la proliferación de asentamientos; del incremento de la delincuencia; de la infantilización de la pobreza; de la violencia entronizada en la sociedad; del abandono de la enseñanza pública a su suerte; de los recortes presupuestales a la educación y a la salud pública.

Son responsables de los primeros casos de desnutrición infantil reconocidos oficialmente y que deben hacernos reflexionar sobre el futuro de esos niños irreversiblemente carenciados. Porque todos sabemos que una nutrición deficiente en los primeros años de vida condena al individuo a padecer carencias de todo tipo, no sólo en el crecimiento físico sino también –y esto es lo más grave– en el desarrollo intelectual.

Dentro de algunos años, esos niños –si sobreviven– serán hombres. Pero hombres insuficientemente preparados para su inserción social y sin perspectivas reales de acceder a un puesto laboral dignamente remunerado. Contra lo que sostiene nuestra Constitución a propósito de la igualdad de oportunidades, el sistema los ha condenado a mantenerse en el último peldaño de la escala social pues les niega la posibilidad de superarse y, por consiguiente, de ascender en la escala social. *

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