Conmemoran el Día del Liberado

El 14 de marzo de 1985 fueron liberados los últimos 47 presos políticos en nuestro país. Se cumplía así con una sentida aspiración popular materializada luego en la Ley de Pacificación que había entrado a regir desde los primeros días de marzo, durante la primera presidencia de Sanguinetti.

Los liberados en esos días, que eran varios cientos entre hombres y mujeres, representaban al sector más comprometido con las acciones revolucionarias de los años sesenta y setenta, y su liberación se había retrasado en función de las acusaciones que pesaban sobre presuntos «delitos de sangre». La inmensa mayoría de los presos lo estaban desde hacía más de doce años. Resulta significativo el hecho de que los ex presos hayan elegido el 14 de marzo como Día del Liberado, siendo que la mayoría había sido liberada los días anteriores; es que hasta que no saliera el último compañero, la lucha de todos no cesaba.

Las condiciones en que los presos políticos uruguayos pasaron su tiempo de detención han sido descriptas más de una vez: más que establecimientos penales o penitenciarios, las cárceles de la dictadura fueron un intento –frustrado pero persistente– por destruir la personalidad de los presos. La personalidad y el cuerpo, la salud física y la psíquica. La realidad emocional, afectiva, familiar, social y la entereza moral.

Un esfuerzo persistente y detallado a través de reglamentos que regulaban la vida en la cárcel animados de una inaudita crueldad. Un tratamiento despótico que se extendía a las zonas más próximas y queridas de vida del preso o la presa: su familia, las personas que las visitaban, quienes escribían, visitaban o enviaban paquetes.

El intento de destruir psíquica y moralmente a los presos formaba parte de un accionar de conjunto sobre la totalidad social. Destruyendo a los presos, se pensaba, se estaban cortando los vínculos de los presos con la sociedad uruguaya. Y si por un lado esto contribuía a debilitar, por el aislamiento, a los presos, también debilitaba a la sociedad y a las fuerzas sociales y políticas que impulsaban la resistencia al terrorismo de Estado.

Presos y sociedad eran dos caras de la misma moneda. Formaban parte de un único quehacer de los «vencedores» en la llamada «lucha contra la subversión» que era en realidad una acción estatal terrorista para mantener neutralizadas y desarticuladas a las fuerzas populares que se oponían a la dictadura.

El 14 de marzo de 1985, el día que los últimos presos fueron liberados, mostró hasta qué punto la dictadura, en ese terreno, no había logrado sus objetivos. Desde principios de la década de los ochenta las movilizaciones obreras y populares que luchaban por la democracia lo hicieron sin dejar de tener en cuenta que en el país había miles de presos.

En el «paquete» de reivindicaciones democráticas y populares levantadas desde el relanzamiento de la movilización popular, sobre todo a partir de la derrota de la dictadura en el plebiscito de 1980, se incluyó siempre la demanda de la libertad para los presos políticos.

Con miles de sindicalistas presos, había emergido una nueva generación de militantes sindicales. Las nuevas generaciones no perdieron de vista la existencia de esa espina sangrienta y cruel que eran las cárceles políticas. Por eso, ante el odio de la dictadura, aquellos sindicalistas de los ochenta levantaron la bandera de la libertad para los presos políticos.

Había emergido también una nueva generación de militantes frenteamplistas. Supieron, desde que tomaron conciencia, que una parte de su pueblo estaba en las cárceles. Y que liberarlos era una de las tareas de esa generación aunque los presos pertenecieran a otra. Y aquellos nuevos y jóvenes militantes de izquierda supieron cumplir.

Han pasado 21 años de liberación de los últimos presos.

Muchos han fallecido y no es ajeno a este desenlace doloroso los años de «verdugueos» que hombres y mujeres tuvieron que padecer en las cárceles de la dictadura.

Veintiún años y la sociedad uruguaya todavía no ha sabido resolver la situación de aquellos presos que no han obtenido reparación por todo lo padecido en el campo laboral, de su salud, de su vida personal y familiar. *

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