La solución no es abandonar el Mercosur
El mundo más allá de lo que parece sigue siendo ancho y ajeno, con espacios comerciales conquistables, pero más seguro de transitar si se cultiva además la pertenencia.
Hoy el Mercosur se encuentra en estado de semisuspensión, en una especie de estado coloidal. Los países que lo integran, parece que estuvieran suspendidos en un estado de desconcierto compartido, muy próximo a la inacción contemplativa, mientras el mundo le pasa por el costado en tantos temas esenciales.
Ni siquiera se sabe cómo usar la proximidad para poder conciliar las diferencias, y cualquier desencuentro se deja crecer hasta límites que eran previamente inimaginables.
Mientras tanto los países del Mercosur parecen creer que su unidad es una especie de corralito comercial, que les pudiera impedir salir al mundo por sí pero desde la fuerza de su pertenencia regional, sin perjuicio de sus intereses ya sean estos o no, del todo compartidos.
De pronto parece ser que se ha dejado de valorar por todos sus miembros la importancia de tener a su favor el poder de una organización como el Mercosur, que en el mundo llegó a ser muy respetada.
Salir hoy del Mercosur, medio enojados, sin agotar las fatigosas pero imprescindibles instancias de la negociación internacional, y sabiendo que más allá de lo que hagamos, igualmente seguiremos siendo socios de hecho con Brasil, Argentina y Paraguay, por la inmodificable cercanía y la inevitable convivencia, es un error.
Salir de una poderosa y atractiva organización regional por todos reconocida, con más prestigio internacional que el que podría imaginarse, que está inserta en un marco de gestión aún muy posible de mejorar -sin duda que con órganos a crear o a perfeccionar- pero que puede ser muy efectiva, no puede ser la acción a emprender en medio de la crisis.
Dejar esa pertenencia para entrar en el terreno de la intemperie, tratando de ver si logramos construir luego algunos acuerdos que nos fortalezcan, es un error.
El presidente argentino, en la pasada incompleta cumbre que realizaron con el presidente de Brasil junto al internacionalmente siempre generoso en grado de tentativa, presidente de Venezuela, expresó que el Mercosur nos daba la autorización -no solicitada, pero igual y sospechosamente concedida de todos modos- para que Uruguay pudiera hacer acuerdos de libre comercio, por ejemplo con Estados Unidos, sin afectar su pertenencia al Mercosur.
Ese debe ser, en nuestra opinión, el camino a transitar. Avanzar en la profundización y perfeccionamiento del Mercosur y sus instituciones, y al mismo tiempo concretar espacios propios para el país. Pero para eso hay que poner ya en el escenario el seleccionado uruguayo en materia internacional, porque esta no es una tarea que se pueda realizar solamente con buenas intenciones. Requiere de muchísima idoneidad, manejo y experiencia, acompañada del prestigio personal e intelectual que es el único instrumento para que un país como el nuestro siga siendo preferentemente escuchado y respetado en el concierto internacional de naciones en cualquier tema.
Es un dato de la realidad que Uruguay no tiene hoy una política de estado en materia de política exterior -que dicho sea de paso tampoco es obligatorio tenerla- y es absolutamente imprescindible contar con ella cuando de avanzar se trata.
Por eso es que se rompen, se reanudan o se inician relaciones con países u organizaciones, por resoluciones de gobierno que no son consultadas, y mucho menos consensuadas previamente, más allá de que esta sea una potestad del Poder Ejecutivo.
Hemos coincidido en la unanimidad del respaldo político en ciertos temas, bastando como ejemplo reciente citar el respaldo unánime dado al gobierno, por el sistema político todo frente a las trabas comerciales del Brasil o ante el desgraciado tema de las llamadas papeleras, que hoy debiera ser llamado directamente papelón, porque eso es lo que estamos haciendo frente al mundo, estos dos países ribereños del río ancho como mar, aquí en este magnífico rincón del mundo que es el sur del sur.
Por eso lo del principio: romper nuestra pertenencia al Mercosur no es la salida, teniendo presente que por otra parte tampoco es posible salir de él así como así, de la noche a la mañana.
Sentimos que se trata de poner todo el peso nacional, que es mucho más del que creemos si actuamos con la seriedad que ha sido la tradición internacional uruguaya, y vamos tras la idea de crecer hacia el mundo desde nuestra soberanía nacional, conjugándola como hace tantos años, desde la protección que significa frente a terceros países y bloques, contar con la estructura mejorada de un Mercosur que tiene aun lo mejor por dar.
La apertura al mundo, los tratados de libre comercio, y análogos acuerdos, pueden ser perfectamente hechos aun perteneciendo al Mercosur.
Es más, nos han adelantado que no tienen problemas en permitírnoslo, aun antes de que lo preguntáramos, porque seguramente alguno de ellos esté planeando hacerlo y quizás hasta ya esté bastante avanzado en sus negociaciones, al ver que Chile está sacando tanta ventaja también en ese aspecto.
Para salir dando un portazo –como en todas las cosas de la vida– siempre hay tiempo.
Lo difícil es tratar de entrar después si nos vemos sorprendidos en la intemperie de un mundo alineado en bloques comerciales altamente competitivos y voraces.
Según vemos las cosas, la cuestión no es hoy de dividirse o de restar, es más bien de sumar y multiplicarse, sin perjuicio. *
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