A un año de la muerte de Brum Canet
El 3 de febrero se cumplió el primer año de la desaparición, solamente física, del compañero y amigo diputado Brum Canet. Decimos «solamente» porque no ha desaparecido ni desaparecerá en el amor, cariño o respeto de todos quienes lo conocimos. Lo que ha sembrado crecerá permanentemente.
Hablar de Brum es recordar fundamentalmente al hombre de bien que supo granjearse el afecto y el respeto de todos quienes lo conocieron de cerca.
Brum no pasará a la historia como uno más entre quienes componen el Frente Amplio; pasará como uno de sus cimientos; pasará como un hombre que, al sumarse a la masa de otros tantos que ya se fueron, no solamente componen el pasado de nuestra colectividad política, sino el trampolín de su futuro. ¡Y vaya que Brum sentía el orgullo de identificarse como frentista! Porque su bandera, nuestra tricolor bandera, fue la de la revolución artiguista, porque asumió profundamente nuestra tradición que viene de la lucha por la justicia social, porque junto a otros muchos hombres y mujeres pagó un alto precio por defender la democracia y la soberanía popular.
¿Cómo podemos interpretar, sino, que a un hombre que abraza la carrera militar, y por defender la Constitución y la ley lo hayan apresado, torturado y degradado y que jamás se le haya conocido un momento de ira, una acción de venganza o cualquier otro elemento que pudiera estar asociado a esos hechos? ¿Cómo puede interpretarse esto, si no es en base a una profunda formación humanista, nacionalista y progresista, que es entender que todo se rinde ante los altos intereses de la nación? ¿Cómo se pueden justificar los pasos que durante toda su vida política diera el compañero Brum Canet, si no es reconociendo que logró hacer suyo, ya no solo el sentir de lo que es una fuerza política, sino una forma de interpretar la historia de nuestro país y, más aun, la historia de la región toda? Luego de la dictadura comenzó empecinadamente a gestar el Movimiento de Frenteamplistas No Sectorizados, junto a otros destacados compañeros. Y eso de empecinado tenía el sello indudable de Brum, una de sus características políticas más señaladas, nunca daba nada por perdido, siempre intentaba una y otra vez escuchar, hacerse escuchar, dialogar, convencer y acordar.
Pero ese movimiento tenía otras características que también tenían el sello de Brum: el desprendimiento, el desinterés por cargos, la honestidad, y, fundamentalmente, la fraternidad.
Cerrados otros caminos, llegó el momento de buscar junto a otros independientes, que sí existían, la bandera de la renovación del Frente en unidad y comenzó a trabajar para apoyar al entonces senador Danilo Astori en la fundación de un sector que levantara como única bandera la del Frente Amplio.
Brum integró en el verano y otoño del 94 el «Grupo de Arranque» de Asamblea Uruguay, formidable experiencia de construcción colectiva y casi desde el principio el Consejo Político Nacional que no abandonó tras sucesivas reelecciones hasta su fallecimiento. Fue diputado desde febrero de 1995 y fue nuevamente electo para este período 2005-2010.
Además del hombre político había otras facetas que hacían de Brum un ser sin igual. Su calidez, su familiaridad, su preocupación por los más mínimos detalles respecto de las situaciones personales de sus amigos, compañeros y hasta adversarios. Era de esas pocas personas a la que además de compañero, con toda la tremenda dimensión que esto implica en política, también podía llamar AMIGO.
Sabiendo que toda la verdad no es patrimonio de nadie, siempre buscó la razón también entre la de los demás y por eso fue, es y será, reconocido, admirado y apreciado hasta por sus ocasionales adversarios.
Siempre fue una fuente de ayuda para quien más necesitaba, muchas veces a costo de sus ingresos y siempre a costa de su propio esfuerzo.
A mediados de 2003 se enfrentó con el mismo temple de siempre a un nuevo y poderoso adversario, una cruel enfermedad a la que combatió hasta el último minuto. No abandonó nunca la lucha, ni contra la enfermedad ni a favor de las fuerzas progresistas.
Aquel 3 de febrero de hace un año, a menos de dos semanas de asumir una nueva legislatura, se fue un grande de la política, se fue un grande de las mejores tradiciones de la izquierda, se fue un grande de la humildad, de la honestidad, del desprendimiento, de la perseverancia, del diálogo y del acuerdo. Se fue un hombre emblemático, un hombre paradigmático, uno de esos imprescindibles que luchan toda la vida de los que hablaba Bertolt Brecht. Incluso en su propio sepelio dio un aporte importantísimo para la convivencia futura de todos los uruguayos al hacerse acreedor del homenaje de las Fuerzas Armadas, de ese Ejército del que siempre se sintió parte, pese al período de oscurantismo en que lo negaron y degradaron. Pero ese 3 de febrero no se fue, y nunca se podrá ir. *
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