Alternativas al pensamiento único

Pierre Boudieu –de cuya muerte se cumplen cuatro años–, uno de los más lúcidos pensadores contemporáneos comprometidos en la denuncia del neloliberalismo, nos ha legado no solamente la agudeza de su análisis y la firmeza militante de sus convicciones, sino que nos compromete a no bajar los brazos en la lucha contra un modelo que se nos pretende ofrecer como la única alternativa.

El derrumbe del socialismo real dejó en evidencia las brutales contradicciones y los tremendos errores que fueron minando al sistema. Quedó claro que la burocracia y el autoritarismo son incompatibles con la realización de los individuos como seres humanos.

Entonces, ante la súbita revelación de una realidad que se ignoraba, fue relativamente fácil para los ideólogos de la derecha, hacer que prendiera en la conciencia de muchos, la idea de que había fracasado una doctrina filosófica. Como si un pensamiento económico, social y político, fuera responsable de la caída de un imperio.

El estalinismo, los gulags, el encorsetamiento de la sociedad, los privilegios abusivos de la nomenklatura, etcétera, no son de ningún modo consecuencias inevitables del marxismo, como todavía se pretende por parte de algunos «pensadores».

De todos modos, el capitalismo salvaje, según la acertada expresión de Juan Pablo II, no tuvo más obstáculos para imponer su nueva ideología: la globalización, la libertad de mercado, la resignación ante una realidad mostrada como ineluctable y sin alternativas.

Han llegado al extremo de afirmar, estos fundamentalistas neloliberales, que no es la democracia el estado natural de la sociedad, sino el capitalismo; que por esa razón es imposible que se derrumbe como sí le ocurrió al mundo socialista; que la historia llegó a su fin y que ya no hay más ideologías, puesto que la humanidad alcanzó su plenitud. Esa plenitud se ha logrado merced a los dos sustentos doctrinarios del pensamiento único: el realismo y el pragmatismo en virtud de los cuales la economía es la reina a cuyos pies deben postrarse, sumisas, la sociología y la política.

El mercado, con su mano invisible, corrige las asperezas y disfunciones del capitalismo, y por ello debe permitírsele actuar sin el obstáculo del Estado, siempre proclive a anteponer molestas razones sociales que entorpecen el crecimiento económico.

El fomento de la competencia a ultranza –otra de las premisas del neoliberalismo– exige una permanente puesta al día y una dinamización de las empresas para conquistar nuevos mercados o alguna parte del mercado. Nada más parecido –hasta por la terminología– a una estrategia bélica; nada más parecido, al mismo tiempo, a la sobrevivencia del más fuerte: la competencia despiadada suele conducir a la desaparición de las empresas «inviables» y al predominio de las poderosas que, tarde o temprano, se volverán monopólicas.

Contra ese pensamiento único, globalizador y paralizante, es menester llevar adelante una lucha sin cuartel como la que encabezó Boudrieu. Los movimientos antiglobalización, las acciones de organizaciones sociales, van en ese sentido. Y muy especialmente, el Foro Social Mundial –o Foro de Porto Alegre– cuyas reuniones periódicas plantean alternativas al dogma imperante.

Bajo la consigna de que «otro mundo es posible», estas asambleas civiles se yerguen para enfrentar al pensamiento único que promueve la resignación. Una alternativa al modelo excluyente e inhumano; un movimiento que permite recobrar la esperanza de un mundo mejor, donde la solidaridad desplace al individualismo. *

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