Chile: el cuarto triunfo de las fuerzas progresistas

Pese a haber sido largamente anunciado –así lo sostenían las encuestas de intención de voto desde noviembre–, el triunfo de la socialista Michelle Bachelet contra su rival derechista Sebastián Piñera en la segunda vuelta electoral del domingo pasado motivó explosiones de júbilo, no sólo en Chile sino también en los países de la región, en Latinoamérica y en todo el mundo.

Es que se trata del cuarto triunfo consecutivo del Partido por la Concertación Democrática, una coalición de fuerzas políticas progresistas que conquistó el gobierno de Chile una vez terminado el largo y oscuro período de dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet.

Dos grandes partidos otrora rivales supieron limar asperezas y superar diferencias para unirse como alternativa al continuismo ultraconservador, en una lección de espíritu unitario y de madurez política que muchos pueblos han de envidiar; entre éstos no debe incluirse –obvio es apuntarlo– Uruguay, que supo construir una alianza cada vez más vasta e incluyente hasta lograr el gobierno el 31 de octubre de 2004, en un largo proceso de acumulación de fuerzas progresistas.

El Partido Comunista chileno –que había integrado, junto al Partido Socialista, el Frente Popular que llevó al gobierno a Salvador Allende en 1970– está al margen de la actual coalición que gobierna Chile desde el retorno a la normalidad institucional. Junto a otros grupos menores, ha conformado una alternativa de izquierda radical independiente. No obstante, a la hora de dirimir el pleito entre un candidato de centro izquierda y uno conservador, ha prestado su magro pero no despreciable apoyo electoral para asegurar la victoria del primero, en otro ejemplo de madurez política que lo enaltece.

Pero más allá de estas consideraciones, la victoria del domingo prsenta una faceta novedosa: por primera vez en la historia del país trasandino, una mujer estará al frente de los destinos de la nación. La doctora Bachelet ostenta también el galardón de haber sido la primera mujer ministra de Defensa.

En un país fuertemente conservador y con la notoria influencia de una Iglesia Católica mayoritariamente preconciliar (la legalización del divorcio en Chile data de apenas un año), llamó la atención que el oficialismo (la Concertación Democrática) haya debido optar entre dos mujeres (la socialista Bachelet y la democristiana Soledad Alvear) para proclamar a su candidato a la primera magistratura. Y ello no obedeció a disposiciones legales que establecen cuotas de género sino a las condiciones y aptitudes exhibidas que supieron concitar la adhesión del electorado.

¿Qué podemos esperar –y especialmente qué pueden esperar los chilenos– del nuevo gobierno progresista encabezado por la doctora Bachelet?

Chile es mostrado como ejemplo a imitar en razón de su espectacular crecimiento económico verificado en los últimos lustros. Asistimos a panegíricos recurrentes que hablan de cordura, sensatez, realismo, pragmatismo. Se nos dice que Chile –a pesar de estar gobernado por un presidente socialista– ha sabido aplicar con buen criterio las recetas libremercadistas en boga por estas latitudes. Sin embargo, se omite mencionar las profundas injusticias sociales que aún perviven en la sociedad chilena.

Una inequitativa distribución de la riqueza, una brecha entre ricos y pobres que los gobernantes no han podido corregir hasta ahora, desempleo, marginación, son los males que aquejan a Chile y que Michelle Bachelet deberá empezar a atacar desde La Moneda. *

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