Cuando no entender los subsidios significa suicidio

La reciente reunión de la Organización Mundial del Comercio celebrada en China, sirvió para dejar en claro aspectos fundamentales del tenebroso panorama económico que se le abre a los países latinoamericanos con la llamada «apertura» global del comercio.

El tema más debatido fue el de los subsidios agrícolas. Aquí conviene precisar la naturaleza de esos subsidios que pagan los países más ricos a sus productores del campo.

En realidad, estos subsidios fueron instituidos hace muchos años para controlar el precio de los alimentos baratos dentro de los propios países más industrializados y así mantener bajos los salarios urbanos, y en todo caso, permitir la utilización de la mayor parte del ingreso salarial en la adquisición de productos manufacturados, con el propósito de ayudar a sostener el aparato industrial. Es decir, el subsidio agrícola es una política económica del Estado para fines específicos y su desmontaje luce imposible, por lo que ello significaría.

Así es que son vanas ilusiones las esperanzas de aquellos que creen que con firmas tratados como el ALCA o el NAFTA, esa política de subsidios va a variar. Esos tratados en realidad lo que servirán, y ese es su propósito, para empobrecer más a nuestros pueblos.

Si bien los subsidios agrícolas se implementaron mucho antes de esta mal llamada «apertura» económica, es muy cierto que su aplicación ha traído en la actualidad a los países más industrializados ventajas no pensadas por ellos originalmente, como la de deprimir los precios de los productos agrícolas provenientes del tercer mundo, que se tienen que adaptar a los precios de los mercados del centro, impidiendo así la formación de capital en los países pobres, o la limpia penetración de sus productos en los mercados emergentes, que les garantiza la entrada de divisas y mayor ocupación laboral en el campo.

Por eso, lo que en realidad se discutió y aprobó en esa reunión de la OMC, no fue el tema de los subsidios agrícolas en general, sino exclusivamente los subsidios a los productos del campo que se exportan, ya que los mismos si afectan los intereses de los países más ricos.

Aquí conviene destacar la posición de Brasil, que en vez de comportarse como un portavoz del área latinoamericana e impulsar la eliminación de todo tipo de subsidio a los productos agrícolas, se limitó a defender sus intereses apoyando sólo la eliminación de los subsidios a la exportación de los productos agrícolas. (Por cierto, conviene acotar que, según una noticia aparecida en The Wall Street Journal, Brasil hizo importantes descubrimientos petroleros que le garantizaran su auto abastecimiento)

Esta conducta brasileña nos debe llevar a una profunda reflexión acerca de las características que debe tener la integración latinoamericana. Para mí, debe ser fundamentalmente política, con principios, reglas, organización y funcionamiento muy claros en defensa de los intereses comunes, y en ella deben participar sólo aquellos países de la región que lo entiendan así, de tal manera de ofrecer un bloque sólido de negociación y lucha. Tenemos una buena base para lograrlo con gobiernos progresistas en Argentina, Uruguay, Bolivia, Chile, Venezuela, Cuba, y, probablemente, Nicaragua, Perú y Ecuador. Si a Brasil le interesa la región, debemos enseñarlos a «bailar pegado» con América Latina. Si no es así, no estaremos haciendo nada, como se vio en la reunión de la OMC.

Los acuerdos económicos, que no corren prisa, deben ser estudiados e implementados con mucha prudencia, no cometamos de nuevo la torpeza de firmar convenios perjudiciales para nuestros países, como los que suscribieron ese grupo de lunáticos que fueron hipnotizados por los cantos de sirena de la «apertura» neoliberal, y que a la postre lo que hagan es generar conflictos perjudiciales. *

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