Hacia una economía solidaria

Sobre fines del año pasado, el Poder Ejecutivo envió al Parlamento un proyecto de ley con el que se pretende fomentar la creación de cooperativas de producción.

Mediante este proyecto, el gobierno se propone introducir en la economía uruguaya un sistema alternativo basado en agrupamientos sociales, fundamentalmente de ciudadanos al margen del mercado de trabajo, buscando precisamente su reinserción laboral. De lo que se trata, en definitiva, es de promover la integración social y combatir el desempleo a través de un sistema de producción solidario y ajeno, por tanto, a los valores predominantes en el capitalismo, que son el afán de lucro y la acumulación de capital.

En su exposición de motivos, el proyecto de ley es claro al respecto: de lo que se trata es de «atender las gravísimas emergencias sociales producto de la aplicación de prácticas neoliberales que han afectado profundamente la trama social», para lo cual sugiere «fundar una economía solidaria dentro de un marco estratégico que oriente las decisiones colectivas».

Es, sin duda, una propuesta ambiciosa. En una época signada por la supremacía más absoluta del individualismo, de la competencia, del libre mercado, del «sálvese quien pueda», del afán de lucro como motor del crecimiento, la apuesta a construir alternativas basadas en la solidaridad social y en lo colectivo adquiere dimensiones de cruzada heroica.

En este nuevo «tiempo del desprecio» que es el mundo posmoderno y globalizado en el que se han entronizado antivalores que aconsejan realismo y pragmatismo, la «sensatez» y la «prudencia» indicarían acelerar la marcha por el mismo camino de crecimiento que se ha venido transitando hasta hoy.

Con esta iniciativa, el gobierno parece adherir a la célebre consigna del mayo francés que sugería «seamos realistas: pidamos lo imposible». Es que un gobierno de izquierda, un gobierno progresista, si bien no debe menospreciar la realidad y se ve obligado a aceptar ciertas reglas de juego, debe comenzar a dar pasos –pequeños pero firmes– hacia la construcción de una sociedad alternativa en la que prevalezcan los valores y principios más acendrados que desde siempre integraron el corpus ideológico de la izquierda.

Desde luego que no es posible intentar cambios radicales de un día para el otro; está claro que sería imprudente pretender cambiar la realidad y las pautas culturales de la sociedad de la noche a la mañana. Ello sería una actitud descabellada en primer lugar, porque la izquierda no accedió al gobierno mediante una revolución armada que permite hacer tabla rasa del orden vigente y empezar la construcción del socialismo desde el vamos. El Frente Amplio asumió el gobierno luego de más de treinta años de lucha pacífica, en proceso de acumulación de fuerzas siempre respetuoso del orden jurídico y de las leyes de juego de la democracia; y ese respeto por la legalidad institucional debe mantenerlo a rajatabla una vez que ha tomado las riendas del Estado.

Y en segundo lugar, en la coyuntura internacional actual, en este mundo en que el capitalismo emerge triunfante, un país de las dimensiones del nuestro, subdesarrollado y despoblado, no podría en modo alguno llevar adelante un programa revolucionario.

Por eso aplaudimos esta iniciativa del gobierno. Porque entendemos que es un paso para empezar a cambiar dentro de las posibilidades que el propio sistema ofrece. Y porque es una suerte de continuación del Plan de Emergencia en la medida que apunta a rescatar a los sumergidos abandonando poco a poco el mero asistencialismo. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje