Patria o fideicomiso
La revolución industrial inglesa se convierte en forma nacional de vida, gracias a la esclavitud interna de ex campesinos expulsados de los campos convertidos en carne de fábrica o de mina, proceso acentuado luego de 1845 cuando se promulgan las leyes de granos, por las cuales el trigo pasa a ser importado de América al eliminarse los aranceles proteccionistas.
Luego de haberse expandido por el mundo el modelo de sociedad industrial como forma de penetración parasitaria de otras sociedades, este fue copiado por sus rivales, dando lugar a todos los conflictos comerciales y militares de los últimos doscientos años. El monopolio industrial inglés duró menos que la vida de la Reina Victoria bajo cuyo reinado se construyó el imperio más vasto y fugaz de la historia. Este modelo se expande en otras sociedades, Japón, Alemania y hasta sus ex colonias americanas. La historia mundial de estos últimos doscientos años es la de estos conflictos generados por el modelo industrial que ha agotado tierras y recursos en forma voraz, afectando hasta el propio clima del planeta. A ese modelo obedece la explosión demográfica que ha multiplicado quince veces la población del planeta en poco más de dos centurias, pese a los holocaustos producidos en ese tiempo por plagas y guerras.
Con diversa suerte todas las tierras del planeta están superpobladas, en algunos casos sus recursos dilapidados por el colonialismo extractivo de materias primas, como Africa reducida a un gigantesco campo de concentración donde agonizan millones de seres humanos víctimas del hambre y las pestes.
En América, hay zonas de gran densidad demográfica como el norte y el centro de Sudamérica, con bajo desarrollo industrial, en condiciones semejantes al continente asiático, donde la mayoría de la población es rural. Otros, como Norteamérica sajona, donde el modelo industrial ha sido desarrollado al máximo de sus posibilidades, con un desarrollo semejante al europeo. Al sur del sur, focos de industrialización y urbanización generados por el modelo industrial focalizado en algunas ciudades, en medio de extensas regiones de tierras con baja densidad demográfica, como el Amazonas, o nuestras ricas pampas, donde la población apenas supera los seis habitantes por kilómetro cuadrado, dedicadas a la explotación para el mercado internacional de carnes y lanas, en países bloqueados en su desarrollo por el endeudamiento externo de sus ciudades, las cuales son privadas de su propio «hiterland» quedando de esa forma impedidas de crecer hacia adentro, de aprovechar sus tierras para alimentar y promocionar su propia población. De hecho las ciudades de estas ricas tierras pampeanas del sur deben expulsar a su gente al exterior o reducirla a la marginalidad interior al estar privadas de dirección política autónoma.
De hecho nuestros países no son más que un fideicomiso administrado por la banca internacional, una simple reserva de tierras a futuro, consideradas parte del espacio vital a ser utilizado en los siglos por venir por los anglo americanos del norte, o eventualmente de quienes les desalojen en el poder universal.
En sus observaciones sobre la prosperidad de las naciones, Benjamín Franklin ese hombrecillo que nos sonríe desde los billetes de cien dólares americanos, marcaba las pautas del buen gobierno para sus connacionales ya a mediados del siglo XVIII, advirtiendo sobre los factores que pueden causar la ruina de los pueblos, equiparando la pérdida del territorio a la pérdida del comercio a manos de otra nación. Los conquistadores aumentarán las oficinas de impuestos, y extraerán grandes tributos del trabajo de los conquistados, y todo esto, rebajando el nivel de vida de los nativos, hace disminuir sus matrimonios, mientras que el de los extranjeros se acrecienta.
Manufacturas importadas favorecen a países extranjeros, quienes se encuentran entonces en condiciones de casarse y formar familias, por lo tanto aumentar en número. Si se priva a una Nación de cualquier rama de su trabajo, y no se encuentra trabajo para la gente que ahí vive, se le privará a su vez de cantidad de gente.
Para nuestro caso, hemos sufrido ambos males. La dominación política y la pérdida del comercio, por obra y gracia de los administradores de este fideicomiso, los equipos económicos designados a dedo por los organismos financieros internacionales y abroquelados en el aparato del estado, en sus Bancos Centrales y Ministerios de Economía, más allá de la nomenclatura política que se rota en la administración del Estado, burlando las esperanzas de los pueblos.
Independencia o Muerte, fue la heroica consigna de los bravos de Leandro Gómez. Ya nadie se toma las cosas tan a la tremenda. Dejar de importar whisky escocés sería una espantosa muerte para algunos «patricios» afectos a las anuales oratorias del 2 de enero. *
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