A cinco lustros del No

Ayer se cumplieron 25 años del plebiscito en el que el pueblo enterró el proyecto de reforma constitucional de la dictadura. Como la cifra es significativa (una especie de bodas de plata), me permito compartir con el lector algunos recuerdos de aquella época en la que el triunfo del No fue un rayo de sol que empezaba a filtrarse entre los nubarrones.

Dado que por entonces se vivía una cierta ilusión de bonanza económica (asistíamos al furor de la tele a color y del cero kilómetro), las autoridades creyeron llegado el momento de legalizar la situación de hecho, elaboraron el proyecto de Constitución que todos conocemos y –craso error– lo sometieron al veredicto popular.

Con toda la maquinaria del poder y los medios masivos a su disposición, lanzaron una campaña avasallante a favor del Sí. Día y noche, desde todas las emisoras radiales y televisivas, los uruguayos fuimos bombardeados con el jingle que proponía «Sí por mi país, sí por Uruguay./Sí por el futuro y sí por la paz./ Sí por la grandeza, sí de mi Uruguay».

Avisos que ocupaban páginas enteras de los diarios invitaban a institucionalizar la «democracia fuerte», y en todos aparecía el rostro sonriente de un individuo (todavía estoy por saber quién fue el modelo que posó para la foto) con una papeleta del Sí en una mano mientras levantaba el pulgar de la otra.

La propaganda contraria, la favorable al No, sólo tuvo posibilidades de expresarse artesanalmente en algunos muros mediante los primeros aerosoles, en algunas radios del Interior, en publicaciones de escasa circulación como Opinar y otras, y en el debate televisivo en el que los héroes opositores fueron Tarigo y Pons Etcheverry, para asombro de todos. Sin olvidar las reuniones clandestinas en casas de familia, donde se divulgaban mensajes de Seregni desde la prisión y casetes que Wilson grababa y enviaba desde Londres.

Cuando aquel último domingo de noviembre de 1980 –después que el Jefe de Policía, coronel Varela, advirtiera que fuera cual fuese el resultado, estaba prohibida toda manifestación de festejo– se empezaron a difundir los primeros datos, nadie podía creer que no hubieran previsto fraguar el resultado final, que no hubieran pergeñado una maniobra fraudulenta; y todos esperábamos que ella se produjera en el escrutinio definitivo con los votos del Interior y los observados.

Pero no, no fue así: creyeron que entre la aparente prosperidad económica y la abrumadora campaña publicitaria, no necesitarían del fraude para ganar con la fusta bajo el brazo. Días después del plebiscito, García Márquez publicó, en El País de Madrid, un artículo memorable cuyo contenido se resumía magistralmente en el título: «El cuento de los generales que se creyeron su propio cuento».

Aquello fue el comienzo del fin. Y aunque la represión se mantuvo en su nivel de vesania indiscriminada y tuvimos que esperar cuatro años más, el régimen de facto estaba herido de muerte. *

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