Pasos firmes hacia la verdad
La verdad parece comenzar a surgir desde detrás de los nubarrones que la escondieron por más de dos decenios. La estrategia del gobierno, sumada a las promesas del comandante del Ejército, general Angel Bertolotti, nos hizo ver una realidad distinta.
Los militares, luego de tantos años de ocultamientos, parecen abrirse y dicen una verdad, cargada de claros y oscuros, pero que establece un rumbo que al recorrerse muestra que la niebla amaga a desaparecer en el camino a la verdad.
Sin embargo las horas pasan y las excavaciones en el Batallón 14, en un supuesto cementerio clandestino, no han arrojado hasta ahora resultado alguno. No aparecen los restos de María Claudia de Gelman, la muchacha de 18 años asesinada y hecha desaparecer (luego de dar a luz a una niña de la que se apropiaron sus asesinos) por los militares que arremetían contra la vida humana en defensa –decían– de los valores del «occidente cristiano».
En estas circunstancias, parece lógico que algunas voces se hagan oír expresando su desconcierto.
Empieza a circular en la percepción de la opinión pública la posibilidad de que alguien haya mentido. ¿El comandante en jefe mintió a su superior, el Presidente de la República, o el propio jerarca castrense ha sido víctima de un engaño por parte de sus supuestos informantes? ¿Es que se organizó una acción de «inteligencia» para desestabilizar al teniente general Bertolotti? Si así fuera, si hubo mentiras o acciones de «inteligencia», destinadas a desestabilizar al comandante Bertolotti, es evidente que se deben investigar esos extremos y emprenderse las acciones adecuadas para que esos grupos dejen de «jugar» con elementos de esa trascendencia para todos los uruguayos. Cierto es que, igualmente, la estabilidad en el cargo de Bertolotti estaría en juego, porque ello indicaría que su mano no es todo lo firme que su cargo exige, necesidad imperiosa para comandar al Ejército; un comandante no puede ser engañado de esa manera sin que haya reaseguros y consecuencias para los mentirosos.
Tales interrogantes, tales inquietudes, no son sino conjeturas que las autoridades se encargan de desestimar de plano. Obviamente, está también el tema de la ansiedad. Hace demasiados años que esperamos por la verdad, por el destino de esos 200 desaparecidos cuyo trágico destino todavía nos oprime el corazón. Pero esa angustia, esa ansiedad generada por la expectativa de terminar con veinte años de mentiras y ocultamientos no debe nublar el entendimiento ni hacer que se pierda la calma por la urgencia en hallar los restos de desaparecidos.
La prudencia y la cautela deben primar por sobre los impulsos; la sensatez debe prevalecer por encima de la indignación que producen las primeras informaciones oficiales sobre el horror del terrorismo de Estado.
No hay razón alguna para no suscribir las reitaradas afirmaciones de nuestros gobernantes en el sentido de tener paciencia y confianza.
Paciencia, porque toda búsqueda arqueológica insume mucho más tiempo que el que cualquier ser humano sensible está dispuesto a esperar; confianza, porque por primera vez tenemos un gobierno dispuesto a dar pasos firmes en el camino de saldar una deuda dolorosa del Estado para con la sociedad.
Por primera vez en veinte años de vida democrática, se tiene la sensación de que, realmente, las Fuerzas Armadas están sometidas al poder civil. *
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