En el curso de los últimos decenios, los medios caracterÃsticos por los cuales las grandes potencias capitalistas se apropiaban del excedente de los paÃses subdesarrollados se ha ido ampliando, colocando entre las naciones nuevos y graves problemas.
Una de las cuestiones que sobresalen en el perÃodo actual remite a los inevitables ciclos de expansión y recesión por los que, periódicamente, atraviesan los paÃses que marchan a la vanguardia del progreso económico.
Los perÃodos de expansión, los requerimientos de mano de obra en los paÃses centrales, promueven la migración masiva desde los paÃses más próximos.
De este modo hay una afluencia de trabajadores del Magrebh hacia los paÃses desarrollados mediterráneos.
De turcos, paquistanÃes e hindúes hacia Inglaterra, Alemania y otros paÃses europeos y de trabajadores mexicanos, centro y sudamericanos hacia los Estados Unidos.
Uno de los aspectos que suele acompañar estos desplazamientos masivos de mano de obra es que esos millones de hombres, atraÃdos en un perÃodo de alza en la demanda de mano de obra, pasan luego a ser poco funcionales o excedentarios en la fase siguiente del desarrollo capitalista cuando, por la recesión o la incorporación de nuevas tecnologÃas, se instala el problema de la desocupación.
El fenómeno del rechazo al inmigrante, de la xenofobia, tiene ya larga data en los paÃses centrales y, recientemente, se han dado pasos para acciones conjuntas por parte de los Estados en vista a la expulsión de inmigrantes africanos instalados en Europa.
Pero no es este el problema al que nos queremos referir, sino a otra arista que aparece reflejada, sobre todo, en las relaciones de los Estados Unidos con los paÃses sudamericanos, especialmente del área de Centroamérica y el Caribe.
México, a pesar de tener con los Estados Unidos una relación, estrechamente regulada, por el Tratado de Libre Comercio, también exhibe una situación con aristas bastante dramáticas.
En primer lugar, en el curso de los últimos años, las dificultades para instalarse y regularizar la situación, para cientos de miles de sudamericanos, se han hecho cada vez más difÃciles, las persecuciones y expulsiones cada vez más frecuentes y las detenciones por estadÃa ilegal configuran un problema de extremada gravedad.
Paradójicamente, las remesas enviadas por los trabajadores latinoamericanos a sus familiares, que han permanecido en las naciones de origen, se han convertido en la principal fuente de ingreso para esos paÃses.
Esto agrega un elemento a la ingrata situación que padece el trabajador inmigrante, soportando los efectos de la desintegración nacional y familiar para solventar economÃas deformadas y conservadoras que tienden a perpetuar al infinito las estructuras del subdesarrollo y el predominio de los sectores oligárquicos:… ¡con presupuestos financiados, en gran parte, por los trabajadores que se han visto expulsados de su patria por el arcaÃsmo de las estructuras económico sociales de sus patrias!
En el caso de México, unos de los paÃses de economÃa más desarrollada en la región, las remesas se consolidaron en el primer semestre del año como la fuente de divisas más estable para el paÃs, al alcanzar 9 mil 278 millones de dólares, un incremento anual de 17.8 por ciento, reportó en estos dÃas el Banco de México. Mientras, en el mismo perÃodo, las nuevas inversiones extranjeras fueron apenas una tercera parte de las registradas entre enero y junio de 2004 y la transferencia de fondos para el pago de la deuda pública y privada siguió en aumento.
El carácter estructural de la situación de subordinación y dependencia indica que serán necesarias medidas de fondo para terminar con este cÃrculo vicioso: todo se organiza para que lo paÃses más pobres realicen gigantescos esfuerzos para mantener la prosperidad de los paÃses más ricos e intocadas las fortunas de las clases dominantes en sus paÃses pobres. *
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