Soldados por la vida y no por la muerte

La joven profesora de un liceo público montevideano mantenía con sus alumnos adolescentes una charla sobre las vocaciones de cada uno. Una de las muchachas dijo al respecto: «yo quiero ser militar… quiero ingresar en el Ejército y mi hermano, que es un año mayor que yo, quiere ser policía».

El comentario de la joven sumió a todo el salón en un profundo silencio.

La profesora se limitó a escucharla y cuando aún no había imaginado comentario alguno sobre la inesperada confesión, se escuchó la voz de otro alumno desde el fondo del salón diciendo: «Â¡No le hagas caso… está jodiendo!».

Y la reacción de la joven fue inmediata: «Â¡No! ¡No estoy jodiendo! ¡Estoy hablando muy pero muy en serio, che!». Y en medio de un incipiente desorden en el que no faltaron gritos y silbidos, la profesora pudo finalmente imponer su voz y decir: «Creo que debemos respetar la decisión de la compañera y aceptarla en nombre del libre albedrío del que tanto hemos hablado.

Seguramente ella y su hermano tienen razones que justifiquen una decisión de ese tipo, que por otra parte no degrada a nadie si se ejercen ambas profesiones con dignidad».

«De eso se trata justamente», dijo entonces la muchacha. Y contó parte de su historia.

Su padre había sido uno de los tantos torturados en cuarteles militares durante la dictadura, su madre también había sufrido las consecuencias de todo aquello. Y explicó que por eso, ella y su hermano querían ingresar al Ejército y a la Policía. Y no sólo eso, querrían que muchos de su edad hicieran lo mismo, porque –dijo– va a ser la única forma de cambiar desde adentro todo eso que está podrido. «Si seguimos pensando que los cuarteles y las comisarías son territorio de ellos, vamos a seguir estando tarde o temprano sometidos al poder de sus armas, de su prepotencia y de sus intereses».

Cuando la joven profesora nos contó la historia, no pudimos sustraernos a la necesidad de compartirla.

Y mirando hacia el futuro, imaginamos unas Fuerzas Armadas y un cuerpo de Policía integrados totalmente a la comunidad, no enemigos sino camaradas en la construcción del nuevo país.

Imaginamos unas Fuerzas Armadas que no vegetarían en los cuarteles y que no aceptarían siquiera la sombra de aquellos gestores del desastre que las mancillaron con su saña criminal.

Soldados milicianos peleando una guerra a muerte contra el hambre, la miseria, la desolación de los campos abandonados por la desesperanza.

Imaginamos unas Fuerzas Armadas haciendo su «Mea culpa», y condenando públicamente a quienes mancillaron la profesión con los asesinatos, las torturas, las violaciones, los secuestros y en fin, con toda esa tremenda devastación generada durante la dictadura, y desde antes también.

Imaginamos a los comandantes en jefe de las tres fuerzas pidiendo disculpas en nombre de las respectivas armas que representan y jurando ante el pueblo todo su total, voluntaria y decidida subordinación al poder civil.

En fin, se nos dio por pensar en miles de soldados uniformados trabajando para el futuro del país, utilizando las palas mecánicas de sus divisiones de ingenieros para abrir tajamares y levantar barreras en las zonas inundables, a sus unidades motorizadas puestas al servicio de los más humildes y necesitados, y en fin, hasta imaginamos verlos desfilando un día de fiesta patria, con azadas, palas y picos al hombro, mientras los fusiles y las metralletas estarían oxidadas y abandonadas en los sótanos de los cuarteles, y que en los institutos militares, se les formaba para la vida y no para la muerte.

Creo que si yo hubiese estado en ese salón de clase, y como esa adolescente tuviese 16 años, tal vez pensaría como ella. Después de todo, o cambiamos los cuarteles desde adentro o nos vamos a ver necesitados tarde o temprano, a pasarles por arriba con la historia. *

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