Los límites del pragmatismo y del realismo

Descubro con alarma que desde hace un tiempo se ha instalado en nuestra habla cotididana una expresión cada vez más recurrente, que denota un peligroso sentimiento de resignación: Es lo que hay, valor…

Es el comentario que surge espontáneamente a modo de conclusión cuando se comenta la performance de la selección de fútbol, el sueldo que no alcanza, la calidad del transporte colectivo o cualquier otro asunto que no nos conforma; expresamos nuestra disconformidad pero inmediatamente asumimos una actitud conformista: nos resignamos ante la adversidad y nos vamos acostumbrando a aceptar todo lo malo. En nombre del realismo y del pragmatismo, hemos terminado por internalizar la sensación de que aquello a lo que aspiramos no es posible, que tenemos que aceptar lo que se nos ofrece como única alternativa.

Hace ya varios años que el periodista Ignacio Ramonet, con la lucidez que lo caracteriza, había definido el neoliberalismo de manera impecable. «Cada vez más en las democracias actuales, los ciudadanos libres se sienten como atrapados, impregnados por una especie de viscosa doctrina que insensiblemente envuelve todo razonamiento rebelde, lo inhibe, lo perturba, lo paraliza y acaba ahogándolo. Esta doctrina es el pensamiento único, el único que autoriza una invisible y omnipresente policía de la opinión. (…) ¿Qué es el pensamiento único? Es la traducción en términos ideológicos pretendidamente universales, de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional. (…) La repetición constante, en todos los medios de comunicación de masas, de este catecismo por parte de casi todos los hombres políticos, tanto de derecha como de izquierda, le confiere una fuerza de intimidación tal, que ahoga toda tentativa de reflexión libre y hace muy difícil la resistencia contra este nuevo oscurantismo».

¿Y cuáles son las ideas-guía de este fundamentalismo? Vale la pena repasarlas: «El capitalismo no puede derrumbarse pues es el estado natural de la sociedad. El mercado es el ídolo cuya ‘mano invisible corrige las disfunciones del capitalismo’. La competencia y la competitividad ‘estimulan y dinamizan a las empresas’. El libre intercambio sin límites; la mundialización de la producción y de los flujos financieros; la división internacional del trabajo que ‘modera las reivindicaciones sindicales y baja los costos salariales'; la moneda fuerte, la desregulación, la privatización, un Estado cada vez menor, un arbitraje constante a favor de los ingresos del capital en detrimento de los del trabajo; y la indiferencia respecto del costo ecológico».

Todo lo que se aparte de este credo es automáticamente estigmatizado; y todo aquel que no se resigne a aceptarlo es acusado de «crímenes de leso desarrollo» por ahuyentar con su prédica a los inversores, esa suerte de estamento intocable, salvador quasi mesiánico de nuestras penurias.

«Yo soy socialista pero no soy tonto», afirmaba hace años Felipe González, tratando de explicar por qué su gobierno priorizaba el crecimiento sobre la redistribución de la riqueza. Yo tampoco soy tonto, y entiendo que muchas de las utopías con que soñábamos hace treinta años no son factibles en la coyuntura actual. Comprendo que la izquierda haya debido abandonar ciertas banderas otrora enarboladas con entusiasmo por dirigentes y militantes; entiendo que es impensable romper con el FMI; acepto que la reforma agraria y la nacionalización de la banca deben aguardar tiempos mejores, y que la sociedad sin clases es una meta cuyo logro es preciso diferir para un futuro un poco más lejano.

Ahora bien, ese realismo no me impide rebelarme contra la prédica machacona de la derecha que se alarma y nos advierte del peligro que significan las medidas del gobierno en materia laboral. La instalación de los consejos de salarios, la derogación del decreto que habilitaba a la policía a desalojar locales ocupados por los trabajadores, la ley de fuero sindical, son –según los empresarios– todos obstáculos para la llegada de inversores. Mi pragmatismo no me da para tolerar que –bajo la amenaza de que los inversores no se sentirán atraídos– abdiquemos, también, de la defensa de los asalariados. Además de abandonar ciertos postulados, ¿tenemos que agachar la cabeza y tolerar que, en aras del crecimiento, los más infelices sigan siendo los más infelices?

Que el país tiene que crecer nadie lo duda; que para ello la inversión es clave, tampoco. Pero a no dejarse atrapar por la telaraña de sofismas que, a partir de axiomas dudosos, nos llevan a concluir que el fin justifica los medios. *

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