Armando Lena, un grande

Yo estaba en Pando la noche del sábado 19 de agosto de 1995, reunido con algunos compañeros, cuando recibí la noticia que conmovió a nuestra La Paz.

Había dejado de existir el doctor Armando Lena.

No ocurrió en forma inesperada, pero no dejó de ser tremendo golpe.

Recuerdo la columna humana que acompañó su féretro la mañana soleada del domingo 20, antes del mediodía, hasta el Cementerio Municipal. Allí despedimos al «médico de los humildes» con unas breves, sentidas y verdaderamente improvisadas palabras, por sugerencia de otro gran ausente como es el maestro Luis Gómez.

Lo hicimos como pudimos y entre los que estábamos, lamentando además no haber podido comunicarnos con el general Seregni, entonces Presidente del Frente Amplio y amigo de Armando, para que pudiese llegar a tiempo.

El doctor Lena presidió la Coordinadora del Frente en La Paz –la que lleva su nombre desde el 24 de setiembre de 1995, día en que le tributamos partidario homenaje–, y fue nuestro representante titular en la Junta Local durante la administración del doctor Andújar. Fue, también, candidato suplente a la Intendencia de Canelones en un par de oportunidades y llegó a encabezar una lista sectorial en 1994.

En la vieja construcción que está en la esquina de Ramón Alvarez y Emilio Andreón, sede de nuestro Frente local, hay una placa de granito lustrado, dedicada a la memoria del «compañero ejemplar», frase democráticamente elegida y sigo pensando que muy apropiada para el caso, porque Armando siempre predicó con el ejemplo.

Fue un honor tenerlo como representante de los frenteamplistas y, en lo personal, un verdadero privilegio que me concedió la vida el haber podido conocerlo y compartir varias cosas con él.

La Paz lo recordará especialmente –ahora y por mucho tiempo– y la Junta Departamental lo homenajeará al conmemorarse 10 años de su muerte.

Existen ya proyectos e ideas de perpetuar su memoria y seguramente alguna calle, centro de atención de salud o espacio público llevará su nombre para que así sea; pero más allá de la recordación institucional, quiero en este breve espacio, rendirle mi humilde y sincero homenaje –más que al compañero político– al hombre bueno que llegó a ser respetado por todo un pueblo y venerado por cientos de sus pacientes.

Me limitaré a un testimonio de un simple hecho, ocurrido hace casi cuatro decenios, siendo yo muy joven y él ya un médico con más de diez años en el ejercicio de su profesión; mucho antes de que comenzáramos a tratarnos de igual a igual, tal era su estilo, como compañeros.

Estábamos celebrando los quince años de una amiga, en una casa ubicada precisamente en la misma manzana en que se encuentra el local que hoy luce la placa recordatoria; Armando llegó, como era su costumbre, con la fiesta ya comenzada, y apenas se sentó a la mesa, un amigo le jugó una broma diciéndole: «te buscan ahí afuera». Recuerdo con nitidez el accionar casi automático de aquel hombre que hizo de su profesión un verdadero apostolado: detuvo su brazo levantado –en ese momento se disponía al primer sorbo de la copa que le habían acercado– y sin llegar el cristal a sus labios, lo depositó sobre la mesa para incorporarse y salir a atender a quien le requería. No llegó a abandonar la silla porque el mismo amigo le dijo que no era cierto; que se quedara y disfrutara que bien merecido lo tenía…

Hay decenas de casos y anécdotas como ésta y, sin duda alguna, muchas más relevantes. Sólo deseo transmitir esto porque quedó grabado para siempre en mi memoria, por tratarse de esas pequeñas cosas, sencillas y cotidianas que ayudan a verlo tal cual era: siempre dispuesto, sin excusas ni dilaciones.

Existen varias maneras de valorar a una persona, de juzgarla o medir su real tamaño. Una puede ser en base a sus ideas; otra por sus obras y vaya si será importante, así como plenamente vigente, aquello de que «por sus frutos los conoceréis».

También por el cariño y adhesión que pueda haber despertado en sus semejantes. Creo, sin temor a equivocarme, que –más allá de sus defectos, que los tenía por ser esencialmente humano– en base a cualquiera de estos parámetros, Armando salva –y con muy elevada nota– el examen.

Pero hay, además, otra forma de valorar, a la que sigo aferrado fervientemente y es la que refiere al tamaño del alma. El doctor Lena tenía un alma tan grande que se le salía del cuerpo; lo desbordaba. Lo que estoy escribiendo no podrá documentarse pero sí comprobarse en forma fehaciente. Bastará con preguntarle a los miles que, como yo, le vimos el alma a Armando.

Y les agrego un dato: no hacía falta estar muy cerca de él, porque se le notaba desde lejos y era tan evidente que no la podía disimular.

¡A tu salud, querido Doctor! *

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