Superministro
Uno de los aspectos que estuvo en debate en el período siguiente al 31 de octubre fue acerca de si la institucionalidad gubernamental tendría uno o más «Superministerios» o si por el contrario gobernaría sobre la estructura ya establecida.
Algunos analistas y dirigentes frenteamplistas favorables a los cambios sustentaban sus tesis en el modelo institucional francés, otros en los antecedentes organizativos del gabinete que conformara el doctor Vázquez cuando asumiera en 1990 el primer gobierno departamental de izquierda en Montevideo.
También en algún acto público en el interior del país, el entonces candidato habría opinado a favor de los beneficios de gestión que podría contener la creación de algún macroministerio.
Lo cierto es que con la designación de los actuales ministros, basada en la estructura heredada de gobiernos anteriores, con la modificación por supresión del Ministerio de Deporte y la creación del de Desarrollo Social, se dejó de lado –al menos en la primera etapa de gobierno– la posibilidad de crear macrocarteras.
Sin embargo el hecho de no haberse creado superministerios no significó de que no hubiera «Superministro».
Haciendo valer el peso político otorgado por el doctor Vázquez –aun candidato presidencial– al anunciarlo como futuro ministro de Economía ante un eventual y muy probable triunfo electoral de la izquierda, el contador Astori jugó desde el pique marcando su posición y la de su sector por sobre definiciones de la fuerza política.
Tal es así, que conformó su elenco con figuras políticas y técnicas totalmente afines a su pensamiento económico, dejando sin presencia en tan importante Ministerio a economistas que hubieran podido cuestionar o no compartir su dogma o excesivo pragmatismo, como emepepistas, socialistas y comunistas, sectores que cuentan en sus filas con los protagonistas de las mayores causas populares de los últimos tiempos.
Si bien este hecho –anterior al 1º de marzo– causó malestar en filas de los excluidos no fue más que un aviso de los que vendrían a continuación y que analizados globalmente podrían llegar a explicar la decisión anterior.
Es que el pensamiento del líder de Asamblea Uruguay ayer y del ministro y su equipo de hoy difiere sustancialmente del programa presentado a la ciudadanía en el período preelectoral, pero más alejado aun está del posicionamiento político que la inmensa mayoría de la izquierda ha observado sobre temas centrales durante períodos en que por voluntad popular no le tocó ejercer el gobierno.
¿Es que refleja el posicionamiento político del ministro de Economía y su equipo lo que la fuerza política ha opinado una y mil veces acerca de la forma de plantarse en la negociación y los magros resultados alcanzados con los organismos de crédito internacionales?
¿Considera «estratégico» el desarrollo del Mercosur (sin desconocer los problemas que enfrenta) o su modelo de inserción internacional se basa en acuerdos como el que defiende y aspira a firmar a tapas cerradas con Estados Unidos?
¿Son representativas del pensamiento de la fuerza política las expresiones del ministro y su equipo acerca de la imperiosa necesidad de asociar a las empresas públicas en condiciones ni siquiera viables de acuerdo al texto de la Constitución de la República?
Podríamos dejar varias interrogantes más planteadas sobre el nuevo rumbo del mismo modelo económico; la negociación con los deudores del agro, la reestructura de la DGI, la apuesta a la «independencia «del Banco Central, el escaso margen de maniobra con que los sindicatos deben moverse en los Consejos de Salarios, el exiguo aumento para los funcionarios públicos y las flacas medidas de reactivación del mercado interno, provocadas más por el enfrentamiento a la emergencia social, que por políticas de generación de empleo o de redistribución del ingreso propiamente dichas.
Pero si alguna duda queda de que hay «Superministro» son las monárquicas declaraciones («eso no corre») acerca del precio diferencial del gasoil para los sectores productivos que desde hace dos meses viene analizando una Comisión interministerial, cuyas conclusiones poco parecen preocupar a un ministro que ya dictaminó sobre el tema.
Lo que llama la atención es la ausencia total de confrontación «racional» y en ámbitos idóneos, tanto sobre las medidas concretas, como hacia el soberbio estilo del ministro de Economía y de algún integrante de su equipo.
Es más, el único cuestionamiento formal –un tanto elíptico y genérico– solicitando a los ministros que se abstengan de hacer algunas declaraciones inapropiadas, partió del propio Presidente de la República en el Consejo de Ministros de la semana anterior, lo que mereció la réplica del contador Astori –según indican versiones de prensa no desmentidas–.
Es muy probable que ese «dejar hacer» se deba a la carencia de una estrategia alternativa global de sectores y dirigentes que tímidamente y en ámbitos reservados admiten no compartir el accionar del contdor Astori.
Mientras la estructura de la fuerza política discute cuál es su papel en la etapa y si este es el programa de gobierno aprobado y apoyado por la gente en las urnas el 31 de octubre, en el imaginario colectivo se instala la percepción de que gobierna el ministro de Economía con su programa, su estilo y con el beneplácito de las Cámaras Empresariales y los partidos derrotados y maltrechos en octubre y mayo.
En tanto no se construya y ponga en debate un modelo alternativo global y racional en un marco distinto al pragmatismo y dogmatismo emergente del Ministerio de Economía, con mayor contenido que los artificios verbales de José Mujica y al del apedreo constante de sectores desacreditados por la falta de respaldo popular y que sólo aspiran a capitalizar la conducción de los sectores «ultras» de la izquierda, seguirá ganando la pulseada (gobernando) Danilo Astori.
Quizás el problema que tengan los demás sectores para articular esa alternativa sea la presencia de sus principales figuras en el elenco gubernamental y las dificultades que representa enfrentar desde ese ámbito los hechos que consuma el «Superministro» Astori, además de sus problemas internos que los obligan a que buena parte del tiempo deban dedicarla a mirarse su propio ombligo. *
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