Edward Saïd – Daniel Barenboim: una luz de esperanza

El domingo 31 de julio vimos un programa excepcional por el canal de televisión española TVE. Se irradió un concierto de la orquesta West-Eastern Divan fundada por el palestino Edward Saïd (fallecido hace poco) y el judío argentino Daniel Barenboim, efectuado en el salón príncipe Felipe, de Oviedo, capital de Asturias. Tocaron la Sinfonía Concertante de Mozart, con cuatro ovacionados solistas (muy jóvenes, al igual que toda la orquesta) y la Sinfonía Nº 1, Titán, de Mahler.

En la presentación del programa se difundió un discurso de Edward Saïd al recibir un galardón (creo que en 2002, quizá una de sus últimas intervenciones públicas) y en el intervalo del concierto pasaron sendos reportajes a Daniel Berenboim y a la viuda de Saïd, efectuados en el curso de los ensayos.

La orquesta está integrada por cuarenta por ciento de israelíes, otro tanto de palestinos y árabes y un veinte por ciento de músicos de Andalucía, cuyo gobierno local facilita las labores del conjunto.

Quisiera referirme aquí a los conceptos vertidos por estas dos figuras eminentes de la cultura contemporánea. Saïd, además de músico era escritor, crítico literario, profesor de literatura en Estados Unidos (donde estaba radicado últimamente, aunque viajaba por el mundo). Barenboim es un músico de primer nivel, dirigió las orquestas filarmónicas de Berlín y de Chicago, dirige y selecciona la orquesta mencionada, que este fin de semana estará en Montevideo y a la cual sin duda los montevideanos brindarán el recibimiento que se merece. Dirigirá la citada sinfonía de Mahler y la Quinta de Beethoven, y desde aquí proseguirá la gira por varios continentes que habrá de culminar en Ramalá, territorio palestino. Opina que a la música «hay que bajarla del pedestal» y en ese sentido dirigió -para escándalo de algunos puristas- la Novena de Beethoven en plena calle, en Madrid.

Pocas veces he oído exponer conceptos de tal amplitud y profundidad (hablando cada uno en su propia cuerda) acerca de la necesidad de forjar una firme hermandad entre los pueblos. Ambos se estaban refiriendo, en el trasfondo, a la situación palestino-israelí, pero en verdad sus palabras irradiaban al conjunto de los agudos conflictos actuales, el mayor drama que confronta la humanidad en su conjunto.

Fueron dos alegatos, en el mejor sentido del término, a la vez racionales y de honda emotividad, a favor de la tolerancia, del entendimiento, de la comprensión del que es diferente, de sus razones y de sus vivencias propias, para llegar por esa vía (única posible) a la paz. Desprovistos de toda arma que no fuera el sentimiento y la razón, se sentían con fuerza para dirigir un llamamiento a la conciencia del mundo.

Fue, en las palabras muy recientes y próximas de Barenboim, un canto a la libertad, a la igualdad entre todos los seres humanos, para asentar sobre esa base la fraternidad entre los pueblos, subrayando en ese orden la vigencia de los elevados valores proclamados por la revolución de 1789.

En esa estrecha faja de tierra calcinada cuyo destino movilizó la iniciativa de estos dos grandes espíritus, van a seguir viviendo los israelíes, y van a seguir viviendo los palestinos, y la única solución para detener el derramamiento de sangre es la comprensión mutua, compartir esos valores comunes que enaltecen al ser humano, y llegar por ese camino a una paz estable y duradera, a una vida digna para todos, independientemente de la nacionalidad, la raza, la religión o cualquier otro atributo.

La orquesta que pronto tendremos entre nosotros, por su propia integración y los valores compartidos que la animan, simboliza precisamente esa hermandad entre los pueblos a través del lenguaje universal de la música.

En la orquesta, dice Barenboim, cada instrumento se integra en el todo. Cada uno anhela que todos los demás toquen bien, para que se beneficie el conjunto, y así se va afirmando la comprensión y el respeto mutuo.

El mundo enfrenta una situación cada día más dramática, que pone en entredicho la existencia misma de la humanidad civilizada.

Los terrorismos en sus diversas formas se extienden sin cesar, ya no queda zona alguna libre de sus amenazas, la sangre se sigue derramando, poblaciones enteras ya no conciben su existencia libres del temor, la humanidad se ve envuelta en una espiral de violencia. A este mundo hay que cambiarlo, acaba de decirnos Barenboim. Y por cierto que en estas circunstancias, en que las perspectivas de salida parecen clausuradas, iniciativas como la de Saïd y el propio Barenboim encienden una luz de esperanza. *

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