Caos en Canelones
El estado de destrucción y caos al que se ve enfrentado el nuevo gobierno departamental de Canelones, Dr. Marcos Carámbula, reviste un carácter paradigmático. Es como si los últimos gobiernos, blancos y colorados, de la Intendencia Municipal de Canelones, con el aval y la complicidad de las autoridades nacionales, también coloradas, hubiera logrado condensar todos los males que, en el plano municipal, se pueden generar.
Estas características, que son también un rasgo que tipifica la situación nacional, las examinaremos más adelante, en este mismo comentario editorial.
Pero la situación de Canelones, que guarda estrecha relación con la de Maldonado, Rocha, Florida, Treinta y Tres, Salto y Paysandú, se liga estrechamente a un aspecto capital de la propuesta política renovadora encarnada por las nuevas fuerzas políticas que acceden a lo gobiernos.
En ningún otro lugar del país, como en esas intendencias arrasadas, el observador siente que se hace necesario el concurso de la población y de todas sus fuerzas vivas para sacar adelante y corregir las trabas que impiden el desarrollo local. De ahí la enorme importancia que adquiere la experiencia de la descentralización, especialmente en departamentos geográficamente muy extendidos y de perfiles socioeconómicos muy heterogéneos.
En esas experiencias será fundamental avanzar rápidamente en la creación de instancias representativas de gobierno local, tal como lo permite nuestro ordenamiento constitucional y que hoy se ha vuelto una necesidad impostergable.
De todos modos hay una mirada que pone el acento en los guarismos económicos y resulta tremendamente ilustrativa del grado de retroceso real en el que se encuentra el país: es el conjunto de la producción nacional el que ha caído a niveles anteriores al 2002 y que necesita todavía largos años para recuperar aquellos niveles que estaban, no obstante, muy por debajo de las demandas sociales nacidas de muchos años de estancamiento y postergaciones.
La creación de Ministerio de Desarrollo Social y la puesta en práctica del Panes está demostrando que el daño infligido al cuerpo social por años de políticas económicas neoliberales es mayor de lo que surge de las estadísticas y mayor incluso que las proyecciones realizados por lo técnicos y analistas del Frente Amplio.
En muchos casos los procesos de exclusión social arrancan del período de la dictadura, cuando se inauguraron en nuestro país las políticas de apertura económica indiscriminada y se abrió incontroladamente la frontera del país para el movimiento de capitales movidos, las más de las veces, por un ánimo exclusivamente especulativo.
El crecimiento de la inseguridad laboral, la desocupación y los bajos salarios vienen agravando, de manera ininterrumpida, la situación social desde los años 80.
¿Con cuántas generaciones de excluidos, de uruguayos desatendidos en su alimentación, en su salud y en su educación nos enfrentamos hoy?
Lo que es seguro es que la miseria para muchas decenas de miles de uruguayos no empezó con la crisis financiera de 2002. Esa amplió el contingente de excluidos y agravó la situación de toda la población trabajadora. Pero había muchos otros que ya estaban de antes.
Dado que el crecimiento generacional entre los pobres es mucho más rápido que entre las clases medias y acomodadas ya son muchos los uruguayos hijos o nietos de gente que ha vivido en situación de marginalidad, con todo lo que eso significa para el Estado, como necesidad de adecuación de los estilos de trabajo y de los recursos a una población confinada, desde hace mucho tiempo, a los rigores de la escasez, del frío y de la ignorancia.
La culminación exitosa del Panes, enfrentada a estas y otras graves dificultades, apenas será un paliativo y el proceso de reconstitución del tejido social sólo será posible con el crecimiento de las oportunidades de trabajo, del fortalecimiento del mercado interno, del florecimiento de la industria y el comercio y de las mejoras salariales.
Sin esas respuestas terminantes va a ser muy difícil avanzar sobre las lastimaduras sociales producidas por tantos años de indiferencia sobre el destino de la población modesta. *
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