Los productores rurales y el problema del timbre

Estoy en cama con una gripe de campeonato. Usted dirá y a mí qué me importa. Bueno, no sea piquetero de la intolerancia y déjeme hablar. Lo cuento para explicarle que por eso, acurrucado y calentito mientras todos en casa rajaban para su trabajo, pude mirar la entrevista que tradicionalmente hace el colega Daniel Castro en Tele Buen Día alrededor de las 8 y media de la mañana y que ayer resultó ser con los productores de Colonia Andrés Briosso y Roald Rivoir. Y la verdad que la entrevista de Castro fue sinceramente brillante porque les hizo a los productores las preguntas que todos los uruguayos urbanos, que no sabemos nada de campo, queremos saber, es decir, qué es lo que reclaman pero también por qué están endeudados, cómo les pasó eso de deberle tanto dinero al banco, cómo está compuesta su deuda y cuál es la solución para su problema.

Con estas cuatro preguntas, hechas con claridad para satisfacer la más sencilla de las intenciones que puede tener cualquiera de los televidentes –conocer cómo llegaron a montar un campamento enfrente del Palacio Legislativo en lugar de estar trabajando para saldar su deuda–, Castro dejó en evidencia:

1) Ni Briosso ni Rivoir pudieron explicar por qué están endeudados y cuándo fue que la sociedad los obligó a endeudarse. Briosso contó que tenía campo, compró un pedacito más, luego otro más y que es garantía de su hijo que también compró otro pedazo de campo, al que le salió mal no dijo qué, y por eso vendió y con eso no pudo cubrir su deuda. Roald dijo que lo suyo era una empresa familiar y que estaba orgulloso de lo que hizo el padre (sic), pero tampoco dijo por qué se endeudó. Todo muy raro; el mismo Briosso me dijo luego de que los productores de Colonia reclamaran la renuncia de Danilo Astori y lo compararan con Alfie, que en el departamento «no había ningún productor en situación de ser rematado».

2) Tampoco pudieron explicar cómo llegaron a endeudarse en el nivel que hoy los hace armar un piquete en Montevideo y traer más de una docena de fardos redondos que tienen cada uno el precio de venta de un tercio de un Salario Ciudadano, vaquitas, cerdos y ovejas que envidia la olla de cualquier comedor popular. Para contar cómo fue que se endeudaron, dieron una explicación más compleja que las que daba Bensión cada vez que anunciaba uno de los 24 impuestos que Jorge Batlle decía que la sociedad uruguaya no podía soportar, no sé si recuerdan. Lo cierto es que no entendí y menos entendí por qué el Banco República –que maneja el dinero de todos los uruguayos– tiene que ser para ellos una sociedad benéfica y para los demás una institución que presta dinero a un plazo, con un interés determinado y que luego quiere recuperar lo que prestó.

3) También me quedó claro que los gobiernos de Batlle, y antes Sanguinetti y Lacalle, los obligaron a sacar créditos y que para adornar el paquete con un muy buen moño, le creyeron al ex vicepresidente Luis Hierro cuando aseguró que el dólar iba a mantener su valor y entonces fueron nuevamente al banco a pedir dinero en dólares.

4) Por último, me resultó evidente que en realidad le reclaman al gobierno que les quite la deuda y que les asegure for ever la rentabilidad de su negocio. Y por poco se les escapa que les asegure la compra de su producción al precio que a ellos les parezca conveniente. Casi nada lo que piden y hasta me parecieron bastante egoístas, como si el campo por sí mismo fuera el ombligo de los problemas uruguayos. Digo lo de egoístas porque no recuerdo haberlos visto haciendo manifestaciones de apoyo en reclamo por mejores salarios para los maestros, los funcionarios o los trabajadores privados. Nunca los vi en ninguna declaración sentados en la misma mesa del PIT-CNT, nunca los vi ayudando ahora, en este nuevo gobierno que critican, a empadronar trabajadores rurales o poniendo al día los aportes de cientos uruguayos a los que pagan en negro y que en el silencio de la inmensidad del campo hacen las changas para levantar la producción que ellos luego cobran en dólares con o sin atraso cambiario. Y me consta, porque conozco el departamento de Colonia, que la inmensa mayoría de los productores que pasaron igual o peor que Briosso y Rivoir, nunca tuvieron un problema con el banco y tienen establecimientos que son modelo de funcionamiento para el país.

Como trabajador en medios gráficos que soportó la crisis de 2001 comprando papel a precios de dólar, asimilando el costo para no trasladárselo al lector y rezando para que cada semana nuestra humilde publicación se vendiera lo suficiente para pagar los costos, pagar las obligaciones que marca la ley a los que trabajan conmigo y lograr el sustento mínimo en el pueblo donde vivo, soñaba despierto ayer, después de ver a Briosso y Rivoir, cómo sería que el gobierno me asegurara la compra de 5.000 ejemplares cada semana, que me comprara avisos del Estado por 4 o 5 mil dólares al mes, que me prestara dólares frescos para importar una imprenta que le diera al semanario papel blanquísimo en todos los colores posibles y me refinanciara la deuda ad aeternum, sabiendo que es imposible pagarla porque el medio en el que vivo apenas da el negocio para sostener una imprenta en blanco y negro. Recordaba mientras tanto que si todos los uruguayos debemos tener el mismo trato igualitario como dijo Tabaré, no sé por qué creyeron que votando el cambio ellos seguirían sosteniendo sus privilegios de antaño, mientras con razón otra multitudinaria legión de clientes bancarios –mucho más numerosa– se hicieron un ocho durante estos años para cumplir puntualmente con las cuotas de sus préstamos, no obtienen nunca ni un descuento en la entrada del cine.

El día antes de caer en cama fui al almacén. A la salida un chiquito de 5 o 6 años me pidió unas monedas para comprar leche. Mientras preparaba unos modestos tallarines con tuco para la cena, una señora de unos 50 años tocó timbre pidiéndome algo de pan y más tarde una niña de unos 11 años me llevó los últimos 4 huevos que tenía en la heladera. Recordé que durante el día atendí a cinco vendedores de bonos colaboración, el pago del club de mis hijos, las rifas de las escuelas de los míos y también las rifas de las escuelas de sus amigos. Así es todo los días en Carmelo donde vivo, y se me ocurrió que en el medio del campo ningún uruguayo de los que menos tienen llega a la casa de un productor rural a tocar timbre para ver si soluciona su drama cotidiano con un pedacito de solidaridad uruguaya.

Y entonces entendí clarito cuál es el problema de fondo: en el campo las casas no tienen timbre. *

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