El ex presidente tiene quien lo entreviste

En su edición de ayer el semanario Búsqueda difunde un reportaje de antología.

El diálogo periodístico resulta difícil saber para quién es más nocivo. Si lo es para el ex presidente de la República, que adiciona, sin orden ni concierto, una insensatez tras otra. O si para el periodista, que se esfuerza por realinear las frases, que surgen a borbotones del incontinente ex primer magistrado, en los carriles de un razonamiento coherente y resueltamente reaccionario.

De todos modos, lo que resulta claro es que quien se agrega una mancha (¿qué le hará una más al tigre?) es el semanario que, pretendiendo ser objetivo, resulta el orfebre de un discurso lleno de despropósitos contra el gobierno frenteamplista y contra la izquierda en general.

Desde el comienzo la nota revela el desatino del diálogo. La primera pregunta incita a trazar un paralelo entre la Revolución del Quebracho (28 de marzo de 1886, contra el gobierno militarista de Máximo Santos) y el gobierno actual. A los hombres del Quebracho se les asigna la virtud de haber traído para el país medio siglo de prosperidad, creando el Uruguay moderno que sobrevivió a todas las crisis y todos los colectivismos y populismos y fascismos y comunismos que en el mundo ha habido.

Pero el cronista anónimo no realiza su reportaje para registrar los devaneos de filosofía de la historia del doctor Batlle sino que quiere que Batlle se pronuncie sobre lo que a lo largo del reportaje aparece como una preocupación obsesiva: las contradicciones entre el ministro de Economía, Danilo Astori, y el resto del gobierno, encabezado por el Presidente de la República.

Refiriéndose al gobierno de Vázquez, Batlle deduce que la aprobación de una Ley de Libertad Sindical conduce a una estructura que «se va a parecer cada vez más a un Estado totalitario».

En realidad el origen de todo esto, para el ex presidente, no es fruto de la improvisación ni de la incurable perversidad del doctor Vázquez sino que «es el comienzo de un ovillo que está alimentado por 40 o 50 años de reflexión sobre cómo y qué hacer cuando se llega al poder». Y después agrega una reflexión delirante pero no por ello carente de interés: el gobierno va a avanzar hacia el totalitarismo, lo cual no es un hecho circunstancial: «no se puede explicar el sacrificio por ideales que, durante 40 o 50 años, ha sostenido un grupo de personas que, a la edad de setenta años, han llegado al gobierno… ¿Y por qué han luchado? Han luchado por el socialismo.»

Preguntado dónde aparecían las evidencias de esa impregnación socialista, Batlle dice que «se ve en las pequeñas cosas, no en las grandes cosas.»

El socialismo sobre el que Batlle nos quiere alertar es el socialismo marxista. Según explica, el socialismo marxista es inviable. Por tanto «lo tienen que aplicar a nivel administrativo para controlar a la sociedad desde el Estado.»

Y ese es el gran peligro que por suerte, dice Batlle, ha empezado a percibir mucho más rápidamente de lo que nosotros imaginábamos.

De las casi dos páginas del semanario, no es mucho lo que se puede extraer de nuevo en las expresiones públicas del doctor Batlle. En todo caso lo que se podría decir es que, como le ocurrió mientras ejercía la Presidencia de la República, sigue viviendo en una burbuja inconmovible ante las señales de la realidad y olímpicamente deslastrado de toda responsabilidad sobre los sucesos que se vivieron en el país durante su mandato.

Aunque la nueva Administración ya ha dado numerosas evidencias de las irregularidades cometidas en el período anterior, en todos los campos de la acción estatal, Batlle pretende instalarse en un pedestal de aforismos desgastados y pronósticos sin fundamentos.

En lugar de la gloria del Quebracho, o del sesquicentenario del nacimiento de Batlle y Ordóñez, cuyo pensamiento y obra él subestimó completamente, Batlle debería hablar sobre las decisiones asumidas durante su gobierno que hundieron al país en la más grave crisis de su historia. *

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