Educación para todos… y de calidad
Cuando retiraba el auto del estacionamiento de la terminal de ómnibus de Piriápolis, se me acercó un niño y me dijo:
-«Se lo cuidé». Su pronunciación era confusa, mascaba un chicle. Tenía unos siete años. Lindo niño, de ojos despejados, limpio y bien vestido.
-«¿Vas a la escuela?», pregunté. -«No». Como estábamos en vacaciones de julio, pensé que él me contestaba «ahora no estoy yendo a la escuela». Repetí la pregunta. Ante la insistencia tuvo dudas, primero repitió la negativa después me dijo: «Sí». -¿A qué escuela vas? -No me acuerdo -¿Cómo se llama tu maestra? -No sé. -¿En qué año estás? -Hum… Después de jardinera…. hum. -Entonces estás en primer año de escuela. -Sí. -¿Cuántos años tenés? -Siete. -¿Cuántos hermanos tenés? -Hum… (contaba con los dedos, decía cosas que no podía entender por su lengua trabada, no sólo por el chicle) «Cuatro para arriba y tres para abajo».
Como se retiraba otro auto, le di el billete que tenía para él, la conversación ya era muy larga y corría el riesgo de perder un cliente. Me quedé pensando si a este niño, como a otro que conozco, no le habrían dado pase a una escuela «especial» y en la escuela «especial» lo devolvieron a la escuela «común»; entre una y otra el niño crece sin conocer escuela ni maestra.
Me dirigí luego a una oficina pública donde debía hacer un trámite. Delante mío era atendida una señora (de edad cronológica podía ser de unos treinta años; de edad de vida, la que se marca en las arrugas de la cara y la ausencia de dentadura, era una anciana) iba acompañada de una riquísima niña de unos cuatro años.
En determinado momento la funcionaria le dijo «firme acá», indicándole con el dedo sobre un formulario. La mujer trasmitió en sus ojos vivir un vértigo. Lentamente se apoyó sobre el mostrador, tomó el lápiz como pudo y comenzó a dibujar prolijamente su nombre.
En un país de alfabetizados esta escena produce un poco de pudor, vergüenza ajena o rabia. La funcionaria se retiró respetuosamente y quienes estábamos al lado nos hicimos los distraídos (Especialidad en que los uruguayos somos campeones). Aquellos segundos eran eternos, al buen rato la señora levantó la cabeza, se enderezó y dijo: «Ya está». Se acercó la funcionaria y dijo: «¿Y el apellido, no sabe firmar su apellido?».
Otro funcionario me atendió y yo seguí con mi trámite.
Hablaba con el funcionario y no podía dejar de pensar: «Esta señora ¿será la madre de aquel niño de la puerta?».
Esta señora, niña hace veinte años, fue en ese momento el «futuro» de los uruguayos. Este niño ya vive su «futuro» hoy. Ambos ya fueron condenados de antemano.
En cuarenta años de magisterio uno ha visto mucho, pero… ¡la pucha que hay que seguir viendo!, ¿hasta cuándo?
En artículos anteriores hablamos de la excelente extensión de nuestro sistema educativo. La cobertura educativa que marcan las estadísticas nos llenan de orgullo «for export». Sobre el tema de «educación para todos» escribió con acierto, en estas páginas el profesor Marcelo Martínez Lauretta.
Me interesa ahora transitar por el tema de la calidad de la educación. Hay todavía mentalidades pueblerinas que asocian calidad con marketing, o contumaces ideologizados que asocian calidad con injerencia foránea.
En este caso calidad es dar a cada uno lo que necesita y no quedar satisfechos con los resultados estadísticos globales. Calidad es asegurarse de que nadie quede excluido.
Es cierto que la sociedad espera más de la educación de lo que ésta puede dar. Sin embargo puede dar mucho. Es cierto que la situación actual de retroceso en la alfabetización y cuidado específico de la niñez es responsabilidad de varios organismos públicos y privados.
Lo que me parece también es que nos cuesta entrar a darle de lleno al problema y seguimos «pensando» o «discutiendo» o «planificando políticas» cuando la realidad se nos va de las manos, es decir seguimos perdiendo el futuro.
En este sentido es reconfortante decir la satisfacción que me produjo la declaración del consejero de primaria, Maestro Oscar Gómez, cuando anunció que las directoras de las escuelas tendrían, en adelante, una lista de maestras a quienes poder citar en caso de ausencias de docentes. Esto simplificaría el trámite de citación. La escuela podrá, entonces, responder inmediatamente ante una ocasional vacante transitoria. Las innovaciones son mínimas después que se hacen, antes son un tabú inmodificable.
En esta línea reiteramos que los niños «van a la escuela, no sólo a la maestra». Estamos ratificando la eficacia de la escuela «en el efecto establecimiento», como respuesta colectiva de un equipo de personas, docentes y no docentes, que atienden la educación primaria, mediante la continentación integral del niño.
Hay muchas decisiones, como esta, que no requieren fondos significativos de dinero; lo que importa es contribuir al sistema con novedades progresistas que recuperen el entusiasmo perdido, haciendo retroceder el «malestar docente».
Para alcanzar grandes objetivos conviene proponerse metas menores: ¿qué tal si nos proponemos terminar el año escolar sin niños menores de doce años en los semáforos? ¿Y si pensáramos un 2006 con, ¡por lo menos! 180 días sin niños en las calles? *
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