La lógica del terror y sus responsables
El carácter terrorista de la acción llevada a cabo el jueves 7 en el centro de Londres está fuera de toda duda.
Así como el carácter repudiable de ese encarnizamiento contra civiles inocentes, contra personas que están concurriendo a sus trabajos, reiterando el rasgo criminal que caracterizó a los atentados de Atocha, en marzo del año pasado.
Ahora bien, del mismo modo que es imposible no vincular este atentado con el padecido en Madrid, el 11 de marzo de 2004, y el de las Torres Gemelas, el 11 de setiembre de 2001, resulta completamente parcial e insuficiente examinar este episodio de procedencia atribuible a un grupo fundamentalista islámico, sin considerar la participación británica en la guerra de Irak junto con las tropas norteamericanas y bajo el mando de los Estados Unidos.
Comentando el discurso de Anthony Blair, pronunciado casi inmediatamente después de los atentados y a la salida de una reunión del Grupo de los 8, uno de los analistas británicos más lúcidos, que se vienen ocupando de la cuestión de la guerra, ha sostenido criterios que son dignos de tener en cuenta:
«Es fácil para Blair tachar de ‘bárbaros’ los atentados del jueves. Claro que lo son, pero ¿no lo fueron también las muertes de civiles durante la invasión anglo estadounidense de Irak en 2003, los niños destrozados por las bombas de racimo, los innumerables iraquíes inocentes muertos a tiros en los puestos de control del ejército estadounidense? Cuando ellos mueren, se trata sólo de «daño colateral». Cuando los muertos somos «nosotros», se trata de «terrorismo bárbaro».
Si estamos combatiendo a la insurgencia en Irak ¿qué nos hace creer que la insurgencia no vendrá hasta nosotros? Una cosa es segura: si Tony Blair en verdad está convencido de que «combatir al terrorismo» en Irak protegerá con más eficiencia a Gran Bretaña –combatirlos en lugar de dejarlos venir, como dice Bush constantemente–, entonces ese argumento ya no tiene validez alguna.
Sincronizar esas bombas con la cumbre del G-8, cuando los ojos del mundo se concentraban en Gran Bretaña, no fue precisamente un golpe genial. No se necesita un doctorado para elegir otro apretón de manos entre Bush y Blair como la oportunidad de llenar la capital de explosivos y masacrar a más de 40 de sus ciudadanos.»
Las expresiones de Blair ante los atentados, que guardan relación con el conjunto de sus apariciones públicas, ahora como propulsor de una Unión Europea «modernizada a lo Bush», resultan especialmente penosas.
Un dirigente político formado en las mejores tradiciones de izquierda británicas, un sesentayochista por momentos brillante, ha ido, semana a semana, día a día, pareciéndose cada vez más a su modelo ultramarino, el cada vez más simiesco George y al defenestrado Aznar, el sórdido fascista español, de vuelo opaco y corto.
Nada ni nadie lo obligó a Blair, como nada ni nadie lo obligó a Bush a perpetrar el sangriento genocidio que se está llevando adelante en Afganistán o Irak; y si no razonable, que no lo es, tiene su lógica que los sufrimientos que padece el pueblo iraquí busquen desahogo, resarcimiento o venganza en acciones como las perpetradas en Londres o en Atocha.
¿Quién podría esperar otra cosa?
Con la situación política y militar existente en Medio Oriente y con la continuas humillaciones que se han intentado infligir por parte del imperialismo anglonorteamericano hacia esos pueblos, ¿cómo no prever que la continuación de la escalada y los continuos ataques contra blancos civiles y el tratamiento de los presos en la base de Guantánamo, a la corta o la larga, habrían de generar respuestas violentas por algunas de las organizaciones armadas que operan en la región?
¿Con qué fundamento se sostiene que el terrorismo ha sido derrotado?
Ahora, que ya se invadió Irak ¿contra qué país se intentarán las famosas «acciones preventivas», ese satánico mecanismo ideado por Bush, con el que se pretendía dejar liquidada para siempre la amenaza de los atentados terroristas? *
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