Sordos a truenos y cantos de sirena
La izquierda llega al gobierno de un país devastado por la aplicación de un sostenido proyecto de reducción económica y vaciamiento demográfico. Programa de reducción del país a las necesidades de la clase rentista, que se comenzó a aplicar con violencia, a fines de la década del sesenta.
Todo lo anecdotario de la criminalidad personalizada que sirviera para despejar el camino hacia la destrucción de un pueblo, no es relevante ante la magnitud del acto genocida, que destruye globalmente a una sociedad.
De lo que se trata ahora no es ni siquiera reconstruir lo destruido, sería un éxito de este gobierno llegar a su término habiendo detenido la sangría migratoria y la depauperación del resto de pueblo que nos queda.
La coalición rosa, tan vieja como el proceso de destrucción nacional, llegó al fin del camino. Un período más de gobierno le hubiera significado hacerse cargo de las consecuencias de sus funestos actos, lo que no haría sin desenvainar nuevamente sus espadas; replegarse, dejar de estar en el foco, para pasar a balconear primero, y a conspirar luego desde la oposición, utilizando la desesperación de las víctimas de su política. Empujando a los más impacientes a su propio suicidio, abortando un proyecto político, no ya de cambios posibles o imposibles, sino la única esperanza de salvación para esos más de un millón de pobres, a que se le suman día a día cientos de orientales.
El gran crimen, el crimen contra la patria, son ese medio millón de bajas, representadas por la emigración, los miles de suicidios, los cientos de taperas productivas en campo y ciudad, ese millón de pobres mayoritariamente niños y jóvenes.
Uno de cada dos niños menores de cinco años, dos de cinco entre seis y catorce años, nacen y se crían en la miseria. En Artigas o Rivera, son casi siete de cada diez… Este es un crimen de lesa nación. Y por su magnitud va a quedar impune, puesto que ha sido producto de la traición intelectual de cientos, tal vez varios miles de orientales, que sostuvieron la felonía política como sistema de vida.
El pueblo por instinto de conservación cambió sus viejos hábitos electorales, despertados por el «tiro de gracia» que la coalición le pegara al país en 2002. Ese pueblo tiene que saber por qué estamos como estamos. Para el latrocinio nacional no hay «caducidad de la pretensión punitiva del Estado».
Los que hasta hace poco tenían todo el poder de hacernos mal, azuzarán la desesperación social de amplios sectores. Mientras ese momento llega, intentan mantener cautivos a los gobernantes del pueblo dentro de los muros del Palacio Legislativo, gastándolos con «interpelaciones», para presentarlos ante la opinión pública como novatos «apichonados», carentes de ese empaque señorial de los «nacidos para mandar». Se presentan a la gente, «con cara de naipe», voz engolada, como impolutos sensores. Actuaron desaprensivamente con la fortuna pública y privada. Fundieron el Estado, llevaron a la ruina a miles, provocando el suicidio de cientos. Frívolos al aplicar ajustes fiscales e impuestos a los sueldos y jubilaciones. Entregaron servicios y carreteras públicas a la voracidad de los amigos de lo ajeno. ¡Su crédito es más que cero, están en rojo! ¡No deben ser tenidos en cuenta, ni su parloteo escuchado! ¡Es el Voto que el alma pronuncia, expresado en las urnas! Los números están a la vista. El país tiene hoy cuestionada su existencia soberana. Su endeudamiento llevado a límites insoportables, amenaza integridad como miembro de la comunidad americana. Del delirio del último Batlle, la «Bélgica del Plata», muerto tras el vaciamiento de los bancos nos condene a terminar siendo vendidos como Gibraltar del sur.
Detener ese proceso, sostener a la gente para que no se caiga muerta de hambre, generar condiciones elementales de vida a ese cincuenta por ciento de los niños y jóvenes del país, condenados a la miseria tras décadas de proceso de destrucción nacional.
Ese cincuenta por ciento de jóvenes y de niños serán único relevo de esta generación de trabajadores. De sus manos y de sus talentos han de salir las fuerzas de la restauración nacional, puesto que el proceso expulsó a los mejor alimentados, educados y formados para la vida. Y lo seguirá haciendo, por la inercia de los hechos económicos.
Que para salir de este estado de quiebra nacional en que nos han sumido, debemos ser extremadamente pacientes y racionales. Saber distinguir entre amigos y enemigos de «la pública felicidad». Valorar los pequeños márgenes de maniobra con que cuentan los nuevos gobernantes para aminorar los males ya consolidados, la pobreza, la marginalidad y el endeudamiento global, sólo pueden ser aprovechados si reina una gran unidad nacional.
Como Ulises, atados al mástil de la bandera, sordos a los truenos y cantos de sirena con que intentan hacernos perder el rumbo, nos salvaremos del naufragio nacional. *
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