Argumentaciones inconsistentes

En la actividad política lo más importante, a menudo, no es lo que se ve», le gustaba recordar al líder revolucionario cubano José Martí.

Si la reflexión tenía validez hace más de un siglo, mucha mayor eficacia interpretativa tiene hoy, cuando el quehacer y la toma de decisiones políticas suele estar intermediado por una infinita gama de situaciones de hecho, de poderes fácticos, interposiciones mediáticas y demás.

La experiencia de gobierno que atraviesa actualmente el país es ilustrativa de varios aspectos de esta compleja realidad a la que hacemos referencia.

La derecha, que ha perdido sus apoyos mayoritarios en la ciudadanía, ha conservado, no obstante, los soportes centrales del poder.

Obviamente el poder económico, concentrado en pocas manos como nunca antes en la historia del país.

Obviamente, su gravitación sobre los aparatos coercitivos del Estado, especialmente las Fuerzas Armadas, institución verticalista, en la cual la plana mayor de la jerarquía ha sido, durante decenios, territorio exclusivo de los gobiernos blancos y colorados.

Lógicamente la gravitación sobre las altas capas de funcionarios con poder en la Administración Central, Entes Autónomos y Servicios Descentralizados, quienes, en su inmensa mayoría, alcanzaron las posiciones jerárquicas llevados de la mano de los políticos blancos y colorados, que también desde tiempos inmemoriales, se reparten los cargos en los Directorios de los Entes.

Y finalmente, una zona de cuestiones más sutiles, más difíciles de medir: nos referimos a los efectos que en la sociedad tiene el desarrollo, durante un largo período, de un Estado parasitario, poco transparente, fuertemente centralizado, manejado por una burocracia insensible a los problemas de la ciudadanía, movida por intereses clientelísticos y que ha procurado constantemente transformar a la Administración en el patio trasero de su acción electoral.

¿Cómo se miden, sobre un sistema educativo como el que tenemos en Uruguay, los efectos de los años de penuria presupuestal?

¿Cómo se miden los efectos que sobre una sociedad tienen más de cincuenta años de estancamiento productivo?

¿Cómo se miden los efectos sobre la juventud que provoca la falta de oportunidades de trabajo, instalada como un dato permanente contra el que choca una y otra vez todo aquel que quiere desarrollar su potencial laboral, personal y familiar?

¿Resultado de qué tendencias profundas de la sociedad es el crecimiento vertiginoso del número de presos por delitos «comunes»?

Como es obvio, ni las estructuras del Estado ni la mentalidad de los funcionarios públicos ni el entretejido social y sus hondos desgarramientos, cambian de un día para otro.

Con el nuevo gobierno han cambiado las mayorías parlamentarias y los cargos superiores de la Administración Central y Descentralizada, pero la inercia ideológica, las rutinas mentales y las pautas de conducta laboral no cambian de un día para otro.

Y lo que decimos del Estado también se podría decir de la empresa privada, en la que se percibe cómo muchos de los grandes empresarios no han terminado de entender que la mayoría de los uruguayos eligieron un gobierno para llevar adelante cambios, cambios que ellos, por conservadurismo y por miopía, no están dispuestos no sólo a aceptar sino ni siquiera a examinar con entendimiento abierto.

Vistas estas consideraciones se comprende hasta qué punto resultan superficiales y oportunistas las críticas que desde la derecha y sus voceros se realizan contra este gobierno.

El señor Gianelli, por ejemplo, desde el semanario Búsqueda, se siente feliz porque logró asar la manteca. Convencido de su ingenio se pregunta, refiriéndose al FA, «¿no se dieron cuenta de que son gobierno?»

Para este tipo de analista, más de un siglo y medio de gobiernos blancos y colorados no han dejado ninguna huella ni en el aparato estatal, ni en las instituciones civiles, ni en las instituciones sociales. De ahí la fatal inconsistencia de sus críticas. *

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