El dictador ante la Justicia

Finalmente, el ex presidente de la República, golpista y luego presidente de facto, Juan María Bordaberry, debió comparecer ante un juzgado penal ordinario no ya como testigo sino en calidad de imputado. Está acusado por el Ministerio Público de coautoría de cuatro delitos de homicidio muy especialmente agravado: los asesinatos de Gutiérrez Ruiz, Michelini, Whitelow y Barredo, ocurridos en Buenos Aires en mayo de 1976.

Ayer le tocó el turno, por la misma causa penal, al ex canciller del régimen de facto, abogado y ex senador electo democráticamente, Juan Carlos Blanco. Claro que este último ya es ducho en estas lides, por cuanto está sometido a proceso –y llegó a pasar algunos meses en prisión– por el secuestro y desaparición de la maestra Elena Quinteros. El procesamiento de Blanco fue apelado por la defensa y confirmado por el Tribunal de alzada.

La condición de civiles de ambos imputados los excluye automáticamente del beneficio que la Ley de Caducidad otorgó a militares y policías. Pero además, la Fiscalía ha aportado pruebas concluyentes sobre la responsabilidad de ambos, surgidas de documentos desclasificados provenientes de Argentina, Chile y EEUU. Concretamente, la implicancia de Bordaberry en la causa radica en que remitió al gobierno dictatorial argentino una requisitoria para que los dos ex legisladores exiliados fueran capturados. En cuanto a la responsabilidad de Blanco, surge de haber ordenado la anulación de los pasaportes de ambos políticos opositores, de modo de dificultarles la posibilidad de asilarse en otro país.

Independientemente de las chicanas que los defensores pretenden interponer para entorpecer el juicio y diferir el fallo inexorable de la Jusiticia, tanto Bordaberry como Blanco se declaran inocentes y tienen el tupé de atribuir los crímenes de Buenos Aires al MLN, adhiriendo a la tesis fabricada por los servicios de inteligencia sobre disputas internas en la organización guerrillera. No tienen prurito alguno en acogerse a todas las garantías que ofrece el debido proceso, dirigido por magistrados independientes en un régimen democrático republicano que prevé controles para salvaguardar los derechos de los ciudadanos. Algo que ellos –Bordaberry, Blanco y todos los militares y civiles que usurparon el poder– jamás se ocuparon de garantizar. Bajo el régimen de facto imperó la más absoluta arbitrariedad y todas las garantías individuales fueron suprimidas.

La tortura fue sistemáticamente aplicada a todo ciudadano sospechoso de ser opositor; ya fuera con el propósito de obtener información, ya como simple forma de castigo. Al respecto, vale recordar lo que opinaba Bordaberry antes incluso del golpe de Estado de junio de 1973, cuando una delegación de parlamentarios del Frente Amplio le expuso su preocupación por las torturas a que eran sometidos los presos políticos. El entonces presidente negó que se infligieran tormentos a los detenidos y sólo habló de un «rigor en los interrogatorios», perfectamente justificado en razón de que se estaba ante enemigos de la patria.

De esa misma mentalidad fascista participa también el doctor Blanco. Recordemos que en oportunidad de una visita que el encargado de DDHH de la Comunidad Europea hizo al entonces canciller para expresar su preocupación por las denuncias de violaciones a los derechos humanos, el doctor Blanco le dijo al visitante que si éste le contaba cómo hacían los ingleses para sacar información a los prisioneros nazis, él le aseguraba que las autoridades uruguayas harían exactamente lo mismo, con lo cual admitía y justificaba la práctica de la tortura. La sinceridad brutal de tal reconocimiento no exime de culpa a quien lo formula; y resulta sorprendente que alguien profundamente religioso como el ex canciller haga suya la máxima de que el fin justifica los medios. Una lógica perversa y por esencia anticristiana sirve de respaldo a las vesanias más atroces.

Y lo más patético de todo es que Bordaberry y Blanco no vacilaron en desempeñar el triste papel de prestarse a dar un barniz de legitimidad al régimen de facto. *

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