Una propuesta indecente
«Convendría recordar que quien aprueba o rechaza los tratados que se suscriben es el Parlamento, mediante una ley, y si es posible admitir que en materia de acuerdos comerciales o de orden técnico, puedan llegar éstos a su conocimiento cuando ya están elaborados, no puede serlo, con el propósito de adoptar medidas que pueden obligar de pleno a resoluciones graves de orden económico y político, comprometiendo el interés nacional, sin haber establecido previamente un elemental contacto con los órganos de opinión», opinaba el doctor Luis Alberto de Herrera en su diario El Debate el 17/9/940, ante la Conferencia de Panamá, por la cual Estados Unidos pretendía condicionar políticamente el comercio de los países del Sur, condicionando el comercio a las preferencias políticas de esa nación. Luego de estas iniciativas vendría el intento de bloqueo de la República Argentina, las listas negras comerciales promovidas por la embajada norteamericana y sus agentes locales, por las cuales se intentaba decretar el bloqueo comercial del país con quienes la Unión del norte tuviera aversión particular.
Sesenta años después, finalizada la segunda guerra mundial, agotada la guerra fría junto a sus rivales soviéticos, ahogados en sangre todos los movimientos nacionales sudamericanos, por la traición de los ejércitos adscriptos a la Doctrina de la Seguridad Nacional (de los EEUU), luego de cuarenta años de violencias y de saqueos masivos de nuestras economías, el tema se vuelve a replantear.
Es interesante cómo el último Batlle intentó seguir condicionando al futuro gobierno del FA, no sólo por las inexorables consecuencias de un quinquenio de desgobierno, de continuados latrocinios al patrimonio público y privado, que llevaron al endeudamiento que hoy paraliza económicamente al país y condiciona inevitablemente el accionar de los nuevos gobernantes. Durante toda su gestión Jorge Batlle y su coalición trataron de convertir al Uruguay en una gigantesca zona franca, bacanal financiera destinada a desbaratar al Mercosur. Al cual adherían sin convicción, sólo para engañar a los vecinos y dilatar la consolidación verdadera de la unión de las patrias americanas.
Fieles a sus determinantes históricas e ideológias, el partido de la defensa se decidió por el ALCA, tratando de que el Uruguay condicionara a sus socios, prácticamente desbaratando al Mercosur, en esa «unión casi carnal» entre los dos Jorges. El último atentado lo configura la firma de acuerdos comerciales a espaldas de su pueblo y de los vecinos societarios del Mercosur, por los cuales se nos impone un «alquita en versión bilateral», a uno de los miembros del Mercosur.
Más que una «propuesta indecente», por parte del gigante norteño a este pequeño país. Realmente es una propuesta putativa del peor estilo. Significa la renuncia a la integración regional, puesto que no es admisible que un tratado que decreta la abolición de la soberanía jurídica del Estado, al cederle al inversor norteamericano –no a otro– el derecho a elegir tribunales extraterritoriales para resolver asuntos de Justicia generados por su actividad en nuestro territorio. Pero, no sólo esto, sino que por otra parte, se condiciona el comercio a los designios políticos, a las fobias del gobierno norteamericano con cualquier Estado del universo. Un derecho de veto comercial, una soberbia imperial que sólo pueden recibir impasibles, sin escándalo, los «pura sangre cipayos», sin percatarse que toda «propuesta indecente» se genera en el desprecio por el prójimo.
El nuevo gobierno llega con un designio integrador, americanista, a partir del Mercosur ir recomponiendo la unidad americana perdida tras doscientos años de atomización oligárquica como proveedores de materias primas. A todo esto se oponen los pretendidos tratados de inversiones, realmente tratados de comercio, en un país condicionado por su desarrollo desigual, a ser productor de «comodities», que es como le llaman ahora a los productos primarios transables.
Siguen hoy más vigentes que nunca las palabras del doctor Herrera: «Los sudamericanos no tienen por qué entrar en el ‘cartel económico’ que pomposamente se les ofrece desde el otro extremo del continente. Más de una vez hemos señalado el doble aspecto egoísta y politiquero de la serie de ruidosas actitudes –a pretexto de ‘conmovedor panamericanismo’– que presentan los gestos internacionales de la Unión, en lo que atañe al hemisferio colombiano. Por una parte, se sirve la política doméstica, por la otra, se ata al propio interés mercantil el destino económico de las repúblicas sudamericanas». *
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