Los ideales nacionalistas plasmados en el EP-FA-NM
Los blancos que hoy militan en el Encuentro Progresista, Frente Amplio estamos para no traicionarnos y no traicionar las tradiciones y principios fundacionales del histórico partido, dado que de tantos años aquí, la oligarquía y sus peones políticos (no todos, que quede esto bien claro) usurparon la Dirección del Partido de Aparicio Saravia y han desvirtuado totalmente las orgullosas banderas de nacionalismo, solidaridad, patriotismo y una moral intachable para gobernar por y para el pueblo y no para intereses no nacionales y de grupos oligárquicos.
No venimos, nadie viene de la nada sino que habiendo procesado la historia del pasado político de nuestras convicciones, resulta que nos encontramos coincidiendo en cuestiones de principios y sentimientos con una masa inmensa de otros compatriotas de los más diversos sectores del pensamiento nacional que, democráticamente unidos, sostienen la coincidencia de un programa y proyecto de gobierno de reconstrucción progresista, sin que por ello pierdan su identidad y emoción original y por lo que tanto se luchó dentro del Partido Nacional: por el ideal de hacerlo cambiar de rumbo.
Los resultados nacionales y departamentales demuestran que no hay nada para festejar, porque estos resultados van enrabados, aunque alguno no esté de acuerdo, desde el momento que concepciones burguesas y oligárquicas dominan el destino de Partido Nacional habiéndolo convertido en un partido antipopular y retardatario, hasta el extremo de haber perdido todo rastro del nacionalismo que lo nutrió desde su raíz.
Tenemos definitivamente que hacer conocer a las nuevas generaciones otra historia. La historia la escriben los que ganan, quiere decir que siempre hay otra historia.
En el proceso histórico político partidario uruguayo, a partir de 1830 los sectores dominantes de la época post-antiguista pujan y se dividen el poder en el naciente estado. Ninguno rescata el pensamiento social y democrático de Artigas; pero aun, lo niegan totalmente cuando desconocen los actos resultantes de su reforma agraria de 1815.
Esta diferencia entre los sectores dominantes no es otra cosa que la diferencia histórica entre caudillos, entre Rivera y Oribe, cuyo enfrentamiento en la Batalla de Carpintería no supone un nacimiento de partidos sino el combate entre tropas de dos caudillos diferenciados por cintas de distinto color.
Es el nacimiento del caudillismo, no de Partidos Políticos, que eso es muy posterior cuando las organizaciones colectivas definen una concepción ideológica.
La Guerra Grande enfrenta a Rivera y Oribe en una situación compleja y más claramente definida ideológicamente, cuando por un lado Rivera, como antes lo hizo con los portugueses, una vez más es aliado al imperialismo invasor anglo-francés y por el otro lado, Oribe, aliado a un Rosas defensor de la nacionalidad Argentina y enfrentado a la prepotencia rapiñera de la flota europea.
Los hechos en suelo uruguayo se resuelven el 8 de octubre, con la rendición de Oribe ante las fuerzas invasoras de Brasil y del entrerriano Urquiza. Es probablemente aquí donde puede encontrarse la raíz ideológica que recorrerá la historia del Partido Nacional, la concepción nacionalista y antiimperialista.
Esta concepción ya no pertenecerá a ningún caudillo y pasa a resultar patrimonio de la gran masa y ello se manifiesta en el segundo sitio de Paysandú con la estremecedora resistencia de Leandro Gómez a fines de 1864 ante la invasión del Uruguay por las tropas brasileras, aliadas a las del traidor Venancio Flores, armadas con el apoyo de la oligarquía porteña.
Vendrán décadas del horroroso militarismo y al amanecer del siglo XX aparece Aparicio Saravia, levantando la bandera de la participación civil en la elección del gobierno, a través del voto secreto, la ruptura del centralismo que ejercía sobre el interior la ciudad portuaria y la moralización en la función gubernamental. Su muerte en combate cierra el doloroso ciclo de las guerras civiles.
Los rasgos saravistas de altiva rebeldía ante cualquier sojuzgamiento de los derechos, la inmoralidad del uso de los cargos públicos para aprovechamientos personales o de favor son reivindicados por un sector del Partido Nacional opuesto internamente al Herrerismo. Aquellos principios surgen como luminoso ejemplo, en la decisión de Paseyro y de 30 doloreños que, armas en mano enfrentan a la tiranía de Terra en el combate de Paso Morlán, el 28 de Febrero de 1935.
A partir de allí ya no habrá ninguna diferencia ideológica entre los sectores oligárquicos de los partidos blanco y colorado. Son la misma cosa a la luz de los resultados nefastos para el pueblo uruguayo, cuando ya ambos han sido gobierno alternado y compartido como hasta hace muy poco. Por los años 60 aparece Wilson Ferreira, opositor lúcido al reaccionario pachequismo y luego a la dictadura fascista encabezada por el dictador Bordaberry de 1973, con una idea de necesidad de una reforma agraria y propósitos reformistas de rescate del nacionalismo y antiimperialismo, perdido ya por la dirección del Partido Nacional, decadente e ideológicamente reaccionario y abundante en colaboracionistas de la dictadura tanto de Terra como en la de Bordaberry.
El proceso histórico demuestra claramente que el Partido Nacional ya no expresa una identidad ideológica distinta a la del burgués Partido Colorado. Siendo claramente culpable en la complicidad y participación desde el gobierno de coalición en la tremenda crisis y ruina del Uruguay, es evidente que, lo demuestran las urnas, está condenado a seguir prestando los votos con los colorados y no a crecer. Pero los viejos y siempre renovados principios antiimperialistas nacionales y morales que levantaron Oribe, Leandro Gómez, Aparicio Saravia, Carnelli, Paseyro, Wilson Ferreira y Gutiérrez Ruiz, es decir la idealidad auténtica de los blancos no se han de perder en tanto tengan un lugar de expresión política digna en los que sostenerlo con coherencia y sin traicionarlos. Tras un largo camino recorrido de lucha por los ideales señalados creemos haberlo encontrado en el Frente Amplio Encuentro Progresista, y fundamentalmente en la figura de Tabaré Vázquez, y estamos convencidos, esperanzados de que será realidad aquello que decía Saravia: Que la patria no sea la de un grupo de mercaderes ni de demagogos que hacen de las prerrogativas del ciudadano nubes que el viento lleva. *
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