La historia no oficial

Paso a paso, merced a investigaciones y testimonios, hechos del pasado reciente que se habían mantenido en el más estricto secreto, ocultos y sistemáticamente negados por las autoridades, emergen a la luz pública para desmoronar los desmentidos oficiales y confirmar lo que la mayoría de los uruguayos sabía o sospechaba.

La actuación de escuadrones de la muerte, las acciones llevadas a cabo por grupos paramilitares y parapoliciales, la notoria vinculación de grupos de extrema derecha de fachada legal con el terrorismo, todo ese turbio pasado de horror, ha quedado claramente demostrado merced a la difusión pública, efectuada en el ámbito parlamentario por el senador Korzeniak, de documentos que refieren a casos concretos.

A comienzos de los años sesenta –época en que no existía ni un solo movimiento armado de izquierda–, una serie de organizaciones juveniles, cuyos integrantes se reclutaban entre el estudiantado de Secundaria, habían comenzado a ejercer una activa militancia anticomunista. Bajo la fachada legal de grupos de estudiantes «demócratas» que combatían la actividad política a favor del proceso revolucionario cubano, el Movimiento Estudiantil por la Defensa de la Libertad (MEDL), la Liga Oriental Anticomunista (LOA), el grupo Alerta y otros por el estilo se dedicaban a acciones de provocación y a atentados contra locales y contra militantes de izquierda. En el mejor estilo del terrorismo fascista, estas bandas solían diseminar bombas de olor en los mítines de apoyo a la revolución cubana, perpetraban atentados contra locales partidarios, tatuaban cruces gamadas mediante hojas de afeitar en piernas y brazos de militantes de izquierda, y todo tipo de tropelías destinadas a sembrar el terror. Militantes de algunos de estos grupos fascistas fueron los responsables del frustrado atentado contra el Che Guevara que segó la vida de Arbelio Ramírez.

Esa actividad terrorista cesó poco tiempo después para resurgir a fines del decenio con la aparición de la Juventud Uruguaya de Pie (JUP). Por entonces, con un clima más propicio, enrarecido por los desbordes autoritarios del gobierno predictatorial de Jorge Pacheco Areco que empezaba a desarrollar su terrorismo de Estado, el grupo fascista se convirtió en el germen de los grupos paramilitares.

Si bien las bandas terroristas siempre contaron si no con la complicidad al menos con la tolerancia policial, ya a comienzos de los setenta y durante la dictadura tuvieron vínculos muy estrechos con la Policía y las Fuerzas Armadas. Los escuadrones de la muerte tuvieron no sólo luz verde para actuar a piacere sino que recibieron entrenamiento, armas e infraestructura de las las Fuerzas Conjuntas. Eran los encargados de efectuar los «trabajos sucios» antes del derrumbe de las instituciones en junio de 1973, cuando todavía quedaba, al decir del profesor Hugo Cores, una cáscara de institucionalidad democrática. Ya en plena dictadura, tales grupos perdieron su razón de ser por cuanto no existía control de tipo alguno para investigar o frenar las acciones de terrorismo de Estado; el Parlamento había sido sustituido por un circo de obsecuentes nombrados por la cúpula cívico-militar y la Justicia había sido remplazada por los tribunales militares.

El documento difundido por el senador Korzeniak deja en evidencia la implicancia de altos jerarcas policiales y castrenses en las acciones terroristas desarrolladas en los años de plomo y es un aporte sustancial para que se admita definitivamente y en forma oficial hechos que hasta ahora habían pertenecido a la historia no oficial. *

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