Morales
Morales era todo un señor en el pueblo. Abogado, profesor de historia, de hablar poco pero siempre diciendo algo inteligente. En el liceo lo querían más los padres que los alumnos, quienes igual lo respetaban mucho.
Un día comenzaron a llegar al liceo profesores jóvenes, que no eran del pueblo. Todos provenían de Montevideo y acababan de egresar del IPA.
Las señoras, más preocupadas por con quién se iban a casar sus hijas que por el nivel de los cursos de Morales, comenzaron a cuchichear. «¿Cómo vamos a dejar a los chiquilines en mano de esos muchachitos?», dijo una de ellas y todas comenzaron a repetir lo mismo.
La alarma se generalizó. Morales iba a ser sustituido por uno de esos profesores demasiado jóvenes, sin experiencia y sin el prestigio del abogado.
«A Morales no lo pueden tocar, es nuestro, es de aquí, todo un señor, una vida entregada a la docencia y a su profesión», dijo un abuelo, que había sido alumno de Morales y que a pesar de que un día le tiró de las orejas, igual lo respetaba mucho.
Nadie, en el pueblo, se puso a pensar si aquellos nuevos profesores estaban bien formados o no, si conocían las técnicas de la didáctica o no, si eran buenas o malas personas, si estaban o no con las nuevas propuestas educativas. Nada de eso importaba. Tampoco importaba que Morales actuara de forma autónoma, al grado de que sólo daba –durante todo el año– la civilización de la Media Luna de las Tierras Fértiles. Lo que importaba era que lo conocido era Morales y lo desconocido los nuevos profesores.
«¿Por qué sacar a un buen hombre y gran profesor para probar en docentes desconocidos?», dijo también otro habitante del pueblo, casi con los ojos llorosos.
No pasó mucho tiempo y aquellos profesores fueron, poco a poco, aceptados y respetados por la gran mayoría de los padres de aquellos alumnos del liceo.
Morales existió, pero ese no fue nunca su apellido. Los nuevos profesores que llegaban a Canelones en 1967, en medio de las desconfianzas, eran Enrique Rubio, Ricardo Vilaró y Naná Minini, entre otros nombres que ahora recuerdo.
Algo –o mucho– de este cuento pasó con la familia Leborgne en Salud Pública, cuando fueron sustituidos por una doctora más joven y con menos currículum, pero en mayor sintonía con las políticas de salud del nuevo gobierno.
Si los Leborgne no hubieran sido utilizados por intereses políticos que encontraron la oportunidad de manipular su prestigio para golpear al gobierno, la historia hubiera sido la de esos padres que querían, con razón, a Morales, pero que terminaron aceptando a los profesores jóvenes.
Incluso hubiera sido más fácil, de mejor resolución el problema, si los doctores María Julia Muñoz y Tabaré González supieran contar hasta diez antes de hablar. *
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