La paja, el trigo y la cizaña
El juego político normal de la democracia se viene dando en nuestro país revestido de algunas características que inducen a la ciudadanía a la confusión o al desinterés.
En estos primeros meses de «gimnasia» entre el gobierno y la oposición, los resultados en términos de clarificación de ideas y democratización de los debates no parecen haber avanzado demasiado.
Sería un error atribuir este principio de «pérdida de sentido» a la labor malevolente de los medios de comunicación. También es cierto que, mayoritariamente, los medios con más audiencia contribuyen poco para mejorar la comprensión colectiva de los temas en debate. Los asuntos en discusión son muchos y de distinta importancia en lo que atañe a decisiones sobre los asuntos centrales de la vida del país.
De parte del gobierno, notoriamente volcado al propósito de llevar a la práctica sus compromisos preelectorales e imprimirle a su gobierno un sesgo apuntado a la justicia social, la buena administración y el ejercicio de la soberanía nacional, los primeros pasos en el desempeño de la labor gubernamental pagan tributo a la ausencia de una experiencia anterior que ilustre sobre las dificultades que entrañan las tareas de conducción nacional.
Un abordaje más aproximado parecería sugerir que un aporte para un mejor conocimiento de las realidades en juego tendría que partir de un informe, que sería necesariamente aproximativo, acerca del estado en que el nuevo gobierno encontró las cuentas de la Administración. Una suerte de fotografía o cartografía, con los detalles del estado económico y financiero de la República en el momento en que la nueva Administración asumió la responsabilidad de conducir al país.
Sólo a partir del conocimiento por parte de la ciudadanía del estado de cuentas preciso desde el que se inicia la nueva Administración, se estará en condiciones de aquilatar los avances, retrocesos o anquilosamientos que produce el advenimiento a la Administración de un nuevo partido.
Esa visión fotográfica, que inmoviliza el estado de la realidad en un momento dado, es imprescindible en el momento de establecer valoraciones acerca de las líneas políticas impulsadas por el gobierno.
No hacerlo, prescindir de ese punto de partida de carácter general, que abarque la totalidad de la Administración y permita sacar a luz lo oculto, nos coloca ante el riesgo de tener que explicar, cada vez, en la realización de cada acto de gobierno, cuáles son las carencias, errores o corruptelas que había que reparar.
En ese momento, el discurso político corre el riesgo de descaecerse, cuando los datos que son el punto de partida heredado (heredado de la gestión de gobierno de otros) se convierte en un argumento que aflora a posteriori, para «justificar» el acto de gobierno sustanciado.
Ahora bien, sucede que los fautores de la herencia aludida, esa «herencia» que cuando, en 1959, los blancos por primera vez, después de 90 años, ganaron el gobierno, calificaron de «maldita», son ahora los responsables de la oposición…
El registro de esa herencia, maldita o bendita, es imprescindible para situar el debate acerca de lo nuevo, de lo que la nueva Administración realiza en procura de lograr el bien común.
Es bien cierto que la descripción del desastroso paisaje administrativo en que se encuentra la República, así como la mayoría de las intendencias municipales del Interior, al hacerse público, con el enunciado de los respectivos responsables, colocaría el clima político, sobre todo las relaciones entre el gobierno y la oposición, en un clima algo más «caldeado».
Es un riesgo que bien vale la pena correr. Lo contrario es que la conducta de los partidos y de los hombres que los componen se hunda en un magma indeterminado, hecho de rumores, exageraciones, secretos, errores inevitables y también de inconcebibles actos de corrupción. Todo mezclado.
En este terreno, el todo mezclado es antidemocrático. Y sólo sirve a los enemigos del cambio. *
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