Bordaberry intendente
Montevideo es una ciudad que se ha desarrollado violentamente y anárquicamente, cuando empezó a cambiar su rostro e inició su expansión explosiva, no se tomaron las previsiones necesarias –no hubo planificación con amplia visión de futuro–, para que el proceso de su desarrollo se encauzara hacia una línea armoniosa y racional. Es decir, no hubo ni orientación ni control de su crecimiento.
El resultado es el de que tenemos hoy una ciudad con más de un millón y medio de habitantes que viven al borde de la alienación por la ineficacia de los servicios municipales, arrollados por el torbellino de la ciudad, cimbrados por el peso de la urgencia de los cotidianos quehaceres, atosigados lenta, pero inexorablemente, por una contaminación desenfrenada.
Es el Montevideo inhóspito, peligrosos y desquiciador. Es el Montevideo, que para muchos es la «ciudad ingobernable», pero lo que pasa es que es una ciudad-reto que no ha tenido todavía la fortuna de contar con un intendente de coraje, con audacia, entregado más al trabajo que a figurar en los medios de difusión, más al servicio de la comunidad que de los propios amigos o de su partido político, un intendente a quien no le tiemble el pulso a la hora de tomar decisiones enérgicas, un intendente que en vez de maquillarle el rostro a la ciudad combatiera a fondo su desafiante problemática.
Montevideo es el espejo de Uruguay, el cerebro de Uruguay y, hasta cierto punto, el corazón de Uruguay. Montevideo reclama una visión audaz, y es audacia, coraje y visión lo que le ha faltado a sus últimos intendentes, de allí que sus males se agravaran y se multiplicaran con el tiempo hasta llevarlo a los extremos actuales: dramáticos, desesperantes, alienantes.
Para esta ciudad-reto, para esta ciudad amada y repudiada, cautivante e irritante, se debe concebir un programa de gobierno realista y audaz, sin que exista una pizca paradojal en esa doble y simultánea calificación.
Hemos vivido el desarrollo sin conservación, luego se aplicó la conservación sin desarrollo y hoy no tenemos ni desarrollo ni conservación. Hay que establecer la armonía entre el desarrollo de la ciudad que crece y los recursos naturales que hay que mantener y enriquecer.
Hay que armonizar esos dos conceptos, conservación y desarrollo para la ocupación del espacio, para humanizar a Montevideo, para hacerlo deseable, más hermoso, más cautivantes, sin artificios sin maquillajes.
Las definiciones acumuladas en la insatisfacción de las necesidades más sentidas de los montevideanos y las necesidades básicas del crecimiento de la población requieren definir como premisa fundamental de toda estrategia, la de ganarle el control al crecimiento de la ciudad en el próximo período, será la clave para la desconcentración de la ciudad, para la creación de nuevos centros urbanos y áreas inmediatas, y para el mantenimiento, mejoramiento y ampliación de los servicios públicos.
Porque los cierto es que los servicios públicos son una calamidad, por ello hay que empeñarse a fondo en hacerlos verdaderamente eficientes, pero si no se tiene un control del crecimiento capitalino, de nada valdrán los esfuerzos ni las inversiones.
¿Y el desarrollo urbanístico? El Partido Colorado debe ser igualmente ambicioso en este campo, debe apuntar a la transformación total y absoluta de la ciudad, y a la construcción de nuevas arterias de importancia fundamental, a la paliación de las avenidas existentes y la construcción y reconstrucción de numerosas calles y avenidas para mejorar la fluidez del transito.
En materia de vivienda, también debe estar presente la audacia. Audacia que va desde el empeño de transformar el rancho misérrimo en casa higiénica y la sustitución de los cantegriles y los asentamientos ilegales por urbanizaciones populares modernas y seguras, hasta la ejecución de un amplio y realista programa de viviendas para las personas de medianos ingresos.
Sin su chocante cinturón de ranchos, remplazados estos por casas dignas dotadas de todos los servicios; sin las tremendas y enloquecedoras «colas» del tránsito, sin las calles llenas de pozos, con los servicios públicos funcionando como debe ser, y con la ciudad embellecida por muchos parques, Montevideo volverá a ser hermosa y grata. Será la ciudad deseable.
Por todas estas urgencias y muchas más, es que todos debemos confiar en que Bordaberry, respaldado por un audaz y realista programa de gobierno, transformará Montevideo, lo sacará de la crisis y echará las bases de un futuro de grandeza y hará de Montevideo, la capital deseable para todos, logrando que la ciudad posible, no sea lo contrario de la ciudad deseable.
Bordaberry ya ha demostrado en su actuación al frente del Ministerio de Turismo, tener coraje, audacia, sentido común e imaginación, lo que lo hace el mejor candidato para la Intendencia de Montevideo, pese a los pigmeos con fantasías de gorilas, que cuestionan su apellido, olvidándose que su padre fue electo senador por el Partido Nacional y también democráticamente Presidente de los orientales… Su padre fue, Pedro Bordaberry es; y en la firmeza de sus principios está llevar con orgullo el apellido que heredó. *
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