Medidas para resolver la situación carcelaria
En un artículo publicado el jueves 14, dimos un panorama de la realidad carcelaria. Abordaremos hoy las soluciones posibles.
No se trata simplemente de abrir las puertas de las cárceles. Se trata de que no pasen tantos años, en ese infierno, aquellos que cometieron delitos que no revisten gravedad y, especialmente, si son primarios. Para expresarlo de otro modo: quienes no hicieron un daño de la magnitud del causado por delincuentes de «cuello blanco (y duro)» no deberían pasar igual o más tiempo en prisión que éstos.
El hacinamiento es uno de los peores enemigos de la rehabilitación y es necesario entonces descomprimir. La descompresión puede lograrse con más establecimientos –habilitando algunos ya existentes o construyendo otros– y/o con menos gente dentro de los que actualmente disponemos.
A su vez, puede haber menos internos por la aplicación más recurrente de varios mecanismos ya existentes en nuestra legislación: penas alternativas, instituto de la gracia, libertades anticipadas o transitorias, por ejemplo.
También por disminución de las penas en algunos casos puntuales, no indiscriminadamente, lo que necesitaría de una ley, tal como se viene anunciando.
Cualquiera de estos mecanismos, o la combinación de dos o más de ellos, nos van a ir acercando al objetivo. Bueno es recordar que cuando en la primera ley de «urgencia» del gobierno anterior, en 2000, se incrementaron los mínimos de algunas penas referidas a delitos contra la propiedad –y no necesariamente contra la vida ni contra la sociedad–, volviendo inexcarcelables las causas de lo que hoy equivale a más de la cuarta parte de la población reclusa, nuestra bancada se opuso y creo que con sobrada razón.
Que ese aumento de la penalización no dio resultados positivos, está a la vista; no logró disminuir la cantidad de delitos, que se supone era el objetivo perseguido, ni contribuyó a mejorar la realidad. Es más: sólo sirvió para aumentar la superpoblación y agravar lo que ya venía de mal en peor.
Existen, por cierto, más problemas vinculados al ya expuesto del hacinamiento: alimentación insuficiente, desatención de la salud, falta de oportunidades laborales, recreativas o de esparcimiento, persistencia de malos tratos, etc..
Hay que pensar, también, en el día siguiente al que la persona recupera la libertad. Muchos no disponen de una apoyatura familiar adecuada, carecen de trabajo y no encuentran ese sustento, indispensable para cualquiera, que se transforma en cuestión a resolver en forma urgente para ellos.
No cuentan, lamentablemente, con la totalidad del peculio que les correspondería y la situación se vuelve tan desesperante, que termina siendo la causa de muchas reincidencias inmediatas.
Sé que el gobierno tiene en cuenta estos elementos y otros más. Que se propone fortalecer el Patronato Nacional de Encarcelados y Liberados para poder brindarles algún tipo de amparo cuando recuperan la libertad, así como volver más eficaz y eficiente la labor del Instituto Nacional de Criminología, encargado de las evaluaciones periódicas y apoyaturas más que necesarias durante su tiempo de reclusión. También estoy al tanto de que la Policía se viene capacitando día a día para encarar mejor, más efectivamente, su tarea y que su accionar no vaya en desmedro o menoscabo de los derechos que la gente tiene.
Me consta, también, que la sociedad civil está colaborando de acuerdo a sus posibilidades. Hay mucha gente ayudando en diferentes formas; organizada muchas veces y en base a esfuerzos individuales otras, con el común denominador del desinterés personal. Se cuentan por decenas las Organizaciones No Gubernamentales que están realizando una o más tareas, en uno o más establecimientos, o con las familias de los reclusos.
Viene actuando sostenidamente, desde fines de 2004 –cuando cesó de funcionar la Comisión Tripartita para el Mejoramiento del Sistema Carcelario– el Grupo de Apoyo que integramos junto a delegados de la Dirección de Cárceles, reclusos, ex reclusos, legisladores nacionales y departamentales, profesionales, técnicos, trabajadores, sacerdotes, religiosos, agnósticos, etc., que también brinda una mano. Estamos, con modestia y muchas carencias, trabajando en procura de coordinar desde allí esfuerzos para optimizar los resultados; porque de eso se trata.
Creo que todos podemos hacer algo positivo y que vale la pena intentarlo a pesar de carecer de seguridades y garantías hacia el futuro.
Es necesario que exista entre los orientales mayor comprensión de esta problemática. Sepamos, desde ya, que demandará esfuerzos que no siempre nos serán reconocidos y que ni siquiera nos ponen a salvo de sufrir en carne propia las consecuencias de actos delictivos. Independientemente a lo que pueda hacer el gobierno o conjuntamente con él, hay tareas de variado tipo a realizar desde la sociedad uruguaya.
Tal vez lo primero sea entender que cualquiera puede ser un damnificado o ir a parar a alguna cárcel. Recordemos que puede pasarnos a nosotros, o a un familiar o amigo.
Un error, o las consecuencias de una pelea o enfrentamiento no deseado, así como un accidente de tránsito o de cualquier otra índole, pueden determinar la privación de libertad y eso puede –para siempre–cambiarnos la vida.
Digo más: así tuviésemos la certeza de que nunca nos pasará nada de esto, igualmente, por el solo hecho de pertenecer a esta sociedad tan traumatizada, debemos hacer algo. Por solidaridad.
No ignoro que continuará existiendo incomprensión y volveremos a escuchar el lapidario: «que se pudran en la cárcel» y otras conclusiones por el estilo. Pero sé que hay cosas que no tienen precio ni devolución posible, como en el caso de una vida que se pierda. Esto puede ocurrir tanto a consecuencia de un acto delictivo, cuanto de una violación a la que sea sometido cualquier recluso. Una vida no se «pierde» solo a la hora de la muerte. En cualquier caso, el daño será irreparable y ya nada será igual que antes. Por esta y otras razones, me sumo al bando de aquellos que deseamos prevenir antes que penalizar. Lo mejor, siempre, es que el delito no ocurra. No se me escapa que, así como no todos los días son de fiesta, habrá avances y retrocesos, luces y sombras, marchas y contramarchas. Que a medida que avancemos en lo general, podrán existir algunos retrocesos puntuales. La meta que perseguimos hoy –un sistema más humano, capaz de recuperar a la persona y su dignidad, de rehabilitar, de reinsertar gente a la misma sociedad que en un momento agredió– está lejana y puede demandar años alcanzarla.
Lo que todos sabemos es que cuanto más demoremos en empezar a caminar, más tarde llegaremos. Es como una casa que se ha venido deteriorando aceleradamente; si continúa desmoronándose, más nos costará recomponerla.
Pido entonces que reflexionemos y comprendamos. También que ayudemos. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad