Los ancestros de un candidato
Hay apellidos emblemáticos sin dudas. Quien se llame Loyola por ejemplo hace que se le identifique inmediatamente con el noble santo fundador de la Compañía de Jesús: los jesuitas. Y llevará, si así fuese, con orgullo legítimo el patronímico de su ilustre ancestro. Por supuesto, al revés y supongo que en Austria debe haber algún pariente que se apellide Hitler. Y como cristiano también debo presumir que si son familiares lejanos o no de Adolfo, no se calzarán sus zapatos y deben ser diferentes. Dios es infinitamente piadoso y brinda distintas opciones a gente de libre albedrío y buena voluntad. En el mismo trillo, los hijos de Videla deben ocuparse de negocios empresariales o comerciales. Los de Stroessner igual. Ignoro los descendientes de Polt Pot o lo que hicieron los de Stalin o Iván el Terrible. Pero cierto es que a ninguno que haya tenido la suerte de esgrimir este perfil de apellido se le ha ocurrido hacer política. Los colorados, por estos lares que no tienen por cierto un solo pelo de zonzos, a su agraciado y campechano candidato lo identifican con el nombre de Pedro y chiquitito debajo el de su también emblemático apellido, Bordaberry.
O sea, en los hechos, a la prueba me remito, son conscientes de esa realidad. Nadie puede olvidar, ni un amnésico repentino, que Bordaberry aggiornó con presunta bruma de legalidad ante el mundo, el golpe de Estado. Y ¡ojo! que no fue sólo estar a favor ocupando un determinado cargo por importante que fuere, sino que avaló y firmó el decreto de cierre del Parlamento Nacional, representación legítima de la voluntad del pueblo. Se solidarizó y responsabilizó del quiebre de libertad heredada del padre Artigas. Pero, entre las muchas responsabilidades que le cupieron, además, tuvo la intención y propuesta formal de terminar con los partidos políticos en el Uruguay. Incluyendo los blancos a los que en su momento se asoció enancado de Nardone para ser senador, e incluso a su Partido Colorado. Del cual sus ancestros supieron ser candidatos y él mismo usufructuó para ser Presidente de la República. O sea, traicionó la Constitución que juró defender y la legalidad, a la ciudadanía que la pasó por arriba y hasta su cuna política. Fue responsable directo y primigenio de todo lo que sobrevino después. Por supuesto, el botija puede que sea diferente. Como lo fue el padre años antes del golpe. Cuando era orgulloso parlamentario de un régimen político, bueno o malo, pero que él defendía desde el momento que había sido electo, representaba y usó. Y que no trepidó, cuando le convino tirarlo al cesto de los desperdicios apostrofando de la democracia y sus libertades.
Vale también recordar, que entre los pateados estuvieron sus antiguos compañeros don Julio María y don Jorge. Que hoy apoyan al hijo. Y no me vengan a contar el verso de la grandeza. Si de algo careció de siempre el Partido Colorado fue precisamente de grandeza.
Coleccionó prolijamente entre otras virtudes, todos los golpes de Estado habidos en el país. Pero, por encima de grandezas o pequeñeces, si un colega del mismo partido, el Juancho lo fue de ambos, me saca de los fundillos y me humilla, como fue el caso referido, después salir a promocionar al nene me resultaría no sólo absurdo sino ridículo por lo reptante. Los blancos, gracias a Dios, somos distintos. Podremos equivocarnos como se hizo cuando se le admitió como senador en el acuerdo con Nardone. Pero la verdad, jamás se nos ocurriría volver a votar un Pedro grande y un Bordaberry chiquito. Heredero –y por qué no, está también dentro de lo posible– continuador de su papá: que pidió la extinción de nuestro partido blanco y firmó la muerte de la democracia en el Uruguay.
Hemos sido y seguimos siendo del partido defensores de las leyes. Con la ley todo. Contra los de la ley, nada. *
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