Juan Pablo II: adalid de la libertad
Ha muerto el Papa. La sola noticia trasunta a nivel mundial la trascendencia que tiene. Y no solo por lo realizado en su apostolado, obras, influencias e ideas sino por lo que representa para su feligresía. Fue la cabeza de Pedro en la tierra. Sobre la que Cristo edificó su Iglesia. Le tocó su Magisterio Pontificio en un mundo conmocionado por grandes cambios, heredado como consecuencia de la guerra fría y en la que la Iglesia de su mano tuvo relevancia gravitante.
La caída del muro de Berlín y liberación de su patria, Polonia, lo ven como un adalid fundamental contra la opresión imperial y despótica de la izquierda comunista. Su apoyo y ayuda al sindicato Solidaridad de Lech Walessa su hermano en la fe y líder democrático marca un ítem libertario en el mundo. Y su condena a los también imperiales genocidios con fines depredatorios de Irak, Palestina, Kosovo, etcétera, lo elevan a los altares mismos de la paz, justicia y piedad en el concierto de las naciones mismas. Fue el primero en entrar a Cuba. Fue solo apoyado en su Magno Cayado. Entró junto con la Cruz. Y ante la sorpresa del propio gobierno y su régimen comunista el pueblo hermano cubano, contra todas las presiones, sin medir consecuencias, se volcó masivamente rindiendo piadosa pleitesía al anciano blanco, representación viva de su Dios verdadero. Condenó al imperio que tenía enfrente y con igual dureza a Fidel que lo tuvo a su diestra y que acusó respetuoso silencio a sus dichos. Llevó por el mundo la verdad del verbo ecuménico. La condena al infame crimen del aborto de inocentes. Unico ser absolutamente indefenso contra el cual se ensañan con brutal crueldad los más bajos instintos canallescos del ser humano. También la protección a la familia, simiente fundamental de toda sociedad sana. Bombardeada arteramente por el consumismo y materialismo imperante con la degradación de valores éticos, como la pornografía y costumbres decadentes. La más radical condena al homosexualismo como degeneración de la naturaleza humana que tiene en la pureza de la sagrada reproducción de la especie, el mandato superior de Dios. La permanente lucha contra la pobreza y la miseria de los pueblos explotados por intereses materiales, políticos imperiales, políticos imperiales, bloques económicos y multinacionales indiscriminadas, que exprimen y hambrean aprovechando el subdesarrollo. O sea, no necesitó engañar a nadie con falsos sofismas de «defensa del bien sobre el mal» para ganarse el respeto y amor del mundo. Fue el bien propiamente dicho.
Liso y llano que lo esgrimió como representante integral de su Sayo blanco para los necesitados de sed y de hambre. Fue incansable su esfuerzo en el acercamiento con otras creencias y religiones particularmente en la unificación de los principios cristianos. Supo ser el primer Papa en visitar una sinagoga estableciendo relaciones con la judía. Sin perjuicio de otras confesiones: musulmanas, hindúes, etcétera. La prensa agnóstica o enemiga de la religión cristiana, se ha dado a calcular sobre su sucesión. Si el Papa futuro es conservador o progresista. No han entendido nada. La Iglesia no es derecha o izquierda. Puede haber como en toda organización que también es humana, individualidades que simpaticen con determinadas corrientes políticas.
Pero la Iglesia en sí misma y su Papa en lo dogmático es inmutable e infalible. Ni se piense en cambios en materia de principios dogmáticos y morales, como en materia de fe misma, contra el aborto, el divorcio, la permanencia del celibato de los sacerdotes, la lucha contra prácticas anti naturales como la sodomía, etcétera. Juan Pablo no es que fuese conservador por su inflexibilidad en esa materia. Dio solo cumplimiento a un mandato impuesto a todos sus predecesores por Cristo. En esa anciana y encorvada figura blanca que nos visitó en Tres Cruces hace ya años, en el Estadio Centenario y en sus viajes por Melo, Salto y Florida, tuvimos presente no solo al hombro viejo, santo y sabio, sino con realismo, imaginamos la sombra a su diestra del humilde y maravilloso Carpintero de Galilea, Hijo de Dios, que hace dos mil años selló indeleblemente la salvación del hombre. *
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