Una nueva perspectiva latinoamericanista

Los últimos días de marzo tuvo lugar en Venezuela una suerte de cumbre presidencial con características absolutamente originales y sobre las cuales no se ha profundizado lo suficiente.

Por un lado, la presencia de Luis Inácio Lula Da Silva, como primer magistrado de un país cuya diplomacia ha sido, históricamente, activa, tenaz y consecuente. Cualquiera fuera el partido o la fracción civil, o militar, que estuviera a frente del Estado, Itamaraty siempre llevó adelante una política propia destinada al acrecentamiento de la influencia política y diplomática de Brasil en América Latina y el mundo.

Lula, que se precia de su amistad con el actual presidente venezolano Hugo Chávez, estimuló el encuentro de éste con el presidente Uribe, un conservador estrechamente vinculado, política y militarmente, a los Estados Unidos.

El cuarto participante en la cumbre fue también una presencia inesperada: el actual jefe de gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero.

La presencia de Zapatero en ese cónclave de mandatarios sudamericanos marca también la proyección del interés histórico de España, ya que esta región es sede de muy importantes inversiones ibéricas en un cuadro político ideológico antagónico al encarnado por José María Aznar.

No estamos en condiciones ahora de examinar el conjunto de cuestiones abordadas, pero resulta por demás evidente que el episodio resultó sumamente molesto para la estrategia norteamericana en aquella región.

Y así como la guerra civil y la violencia en Colombia han sido el pretexto para una intervención militar, descarada y unilateral, por parte de los Estados Unidos a través del «Plan Colombia», estos esfuerzos de paz con la presencia de dos figuras prestigiosas en al campo internacional como lo son Lula y Zapatero van a contracorriente de la estrategia intervencionista y la búsqueda del aislamiento del gobierno democrático de Chávez por parte de la administración Bush.

El movimiento político diplomático llevado adelante en Venezuela es otra evidencia que en América Latina se insinúan, cada vez con más nitidez, la existencia de propuestas alternativas y solidaridades entre los pueblos que sienten a la arrogancia de los Estados Unidos como un factor permanente de inestabilidad y de amenaza para la convivencia pacífica de los pueblos.

En cierto sentido se podría decir que el gran convocante de la reunión fue el propio gobierno de los Estados Unidos pues fue contra sus políticas, en Medio Oriente, en Irak y en América Latina que han surgido y se fortalecen alternativas como las que marcan los cuatro jefes de Estado y de gobierno que se reunieron en Venezuela.

Las tendencias latinoamericanas hacia la forja de un contrapeso regional son incipientes y débiles en relación a la colosal gravitación norteamericana en el mundo.

Pero hay un hecho que resulta significativo: aquellos gobiernos que han aparecido como más obsecuentes con los Estados Unidos acrecientan día a día su impopularidad, como ocurrió con el Dr. Jorge Batlle. A la vez el proceso político mexicano muestra el vertiginoso deterioro de la figura de Fox y el crecimiento de la gravitación de López Obrador cuyo prestigio crece sin cesar pese al hostigamiento que impulsan contra él las autoridades actuales.

En el contexto de esta situación latinoamericana la diplomacia progresista uruguaya del gobierno de Tabaré Vázquez está llamada a desempeñar un papel activo en el desarrollo de los procesos de solidaridad latinoamericana.

Es imprescindible el fortalecimiento de todos los acuerdos regionales que reposan sobre la idea de reciprocidad, acuerdos solidarios e integración sin subordinación ni económica, ni política de unos estados a otros.

El país tiene no sólo prestigio sino una imperiosa necesidad de salir del molde en que el imperio lo ha arrinconado. Para eso el momento histórico está brindando excelentes e inéditas condiciones externas. *

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