El horror planificador
El gobierno del doctor Vázquez ya muestra luces y sombras. Compartimos la decisión de poner un definitivo punto final al tema de los desaparecidos, que implica indudablemente atender los justos reclamos de los familiares. También nos parece acertada la medida del nuevo Directorio de Ancap de reducir a cero el gasto en publicidad, lo que debería ser la norma en las empresas estatales monopólicas, y la decisión del ministro Astori de congelar el gasto público, que veremos si puede mantener. Otras, como el traslado de los hermanos Peirano, son parte de las medidas populares que no aportan ni quitan nada. Sin embargo hay otras resoluciones que nos preocupan profundamente, y cuyas consecuencias queremos señalar en el presente artículo.
Tres son las medidas que vamos a comentar: la instalación de los Consejos de Salarios, la baja de precios por presión política y la regulación de los precios de los bienes de la canasta básica. Todas tienen una consecuencia común: socavan las posibilidades de crecimiento económico y por ende, perjudican a la sociedad en su conjunto.
Los Consejos de Salarios suponen que la remuneración de los trabajadores va a ser fijada de «común acuerdo» entre «representantes» de los trabajadores, los empresarios y el gobierno. En primer lugar la forma en que se agrupan las empresas para la negociación es por demás arbitraria. En segundo lugar los representantes son designados por el gobierno, con lo que es cuestionable el mismo hecho de llamarlos representantes. Lo que sucederá es que el gobierno y los trabajadores fijarán salarios por encima de los que establece el mercado (si no, ¿para qué están?) lo que implicará que los empresarios podrán contratar menos trabajadores. La consecuencia es que aumentará el desempleo, producto de un salario artificialmente elevado, lo que perjudicará especialmente a los que actualmente están desempleados, los jóvenes y las personas con bajos niveles educativos. Además, al trabajar menos gente que la que está dispuesta a hacerlo, el producto será menor, con lo que toda la sociedad será más pobre.
La presión de los políticos sobre el sector privado, como la que ejerció el ministro Mujica para que bajara el precio del asado, debería ser considerada una extorsión inaceptable. No es función del gobierno decidir los precios de los bienes, eso lo deciden las personas en el mercado. Ahora baja el asado porque Mujica amenazó a los frigoríficos con bajar el precio por decreto, pero ¿qué pasaría si cada ministro amenazara a la industria de su producto favorito para bajar el precio? Las consecuencias de la intromisión política son evidentes; se produce una reasignación de los recursos no deseada por la sociedad, lo que, a menos que pensemos que los políticos son iluminados que saben lo que es mejor para la sociedad incluso mejor que la sociedad misma, debemos rechazar.
La regulación de los precios de los bienes de la canasta básica, de concretarse, demostraría ante todo un gran desconocimiento del sistema de precios. El precio de un bien es el resultado de la interacción de oferentes y demandantes que hace que la cantidad transada sea la deseada.
Cuando el gobierno fija un precio, este ya no representa nada, es un mero número tan arbitrario como cualquier otro. Si el precio fijado es menor al de mercado lo que ocurrirá es que habrá escasez, ya que los consumidores demandarán más de lo que los empresarios ofrecerán. El resultado será, o largas colas, o algún otro sistema de racionamiento decidido por el gobierno. Más allá de eso, la sociedad en su conjunto, pierde.
No dudamos de la buena intención del gobierno, pero estamos convencidos de que está equivocado. De aplicarse cualesquiera de las propuestas reseñadas nos harán más pobres con lo que el resultado será el opuesto al buscado, ya que la justicia debe buscarse sin destrozar el sistema de precios. Aquel que quiera ignorar la teoría económica puede recurrir a la historia. Nuestra economía ya sufrió los horrores de la planificación en las décadas de los cuarenta y los cincuenta, con el resultado de uno de los estancamientos más prolongados del siglo XX, y con el corolario de crisis política y social. Si lo que vivimos es un retorno al camino de la planificación, o al subdesarrollo que viene a ser lo mismo, sólo nos resta decir que no habrá excusas. Vamos camino a la servidumbre con los ojos bien abiertos. *
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