La decisión brasileña sobre el FMI y sus críticos

Brasil cortó amarras con el FMI el 28 de marzo al no renovar el acuerdo que vencía el 31 de ese mes. La decisión alcanzó intensa repercusión en todos los ámbitos, ya que tiene escasos (o ningún) antecedentes. Fue vista como una prueba de los avances en la economía (que en dos años superó la situación catastrófica heredada de F.H. Cardoso, en particular la inflación desbocada) y como una afirmación de independencia y voluntad soberana, habiendo sentado bases duraderas para un desarrollo sustentable. El presidente Lula afirmó que Brasil se había ganado el derecho de «caminar con sus propias piernas». En otros términos, supera un prolongado ciclo de dependencia financiera para seguir su destino propio.

No obstante, desde el momento mismo en que la resolución era comunicada al Fondo surgieron opiniones en Brasil alegando que «no ha pasado nada». Sus voceros son los mismos que no reconocen los éxitos del plan Hambre Cero y de la Bolsa Familia, de la creación de dos millones de puestos de trabajo genuino, de las cifras récord del crecimiento de la economía, de la producción industrial, de las exportaciones, que se suman al aumento de las reservas internacionales y a la rebaja de la deuda externa. Como un can que se muerde la cola, estos voceros van desde la pretendida ultraizquierda, como la senadora Heloísa Helena, que emigró del PT para fundar el Psel y califica la medida de «inocua», hasta Cardoso según el cual ésa es su misma política, mientras un senador de su partido (Alvaro Dias) pretende que es «puro marketing». Algo parecido dicen integrantes de un partido antes aliado al gobierno, aunque este grupo está partido al medio. A todo esto, Mario Jakobskind escribe en la primera frase de su correspondencia para Brecha que «la decisión no provoca ningún cambio en la política económica del país». Sorprendidos por el impacto de la medida, no tuvieron tiempo de variar el libreto, y siguieron dándole púa al disco rayado.

La mejor respuesta (además de la contundencia de los hechos) la dio el diputado Reginaldo Lopes, del PT por Minas Gerais: «Todos nosotros gritamos un día ‘Fuera el FMI’. La no renovación del acuerdo sirve para que aprendamos todos que en política tenemos que pensar lo imposible a partir de lo posible, de las acciones reales y concretas». Para el senador Paulo Paim «es bueno dar el adiós al FMI». Para el diputado Paulo Delgado, «el FMI se tornó una organización obsoleta, que ha orientado mal a los países, como aconteció en Asia, en Argentina, en América Central y en Rusia». Para Aloizio Mercadante, «no precisamos más al Fondo, no debemos volver al Fondo». En una carta del 24 de marzo al ministro Palocci firmada por su presidente Luiz Marinho, la central única de trabajadores, CUT, había instado al gobierno a no renovar el acuerdo. La Federación de Industrias del Estado de San Pablo (Fiesp) declaró que el acto del gobierno «es un importante paso rumbo a la consolidación de su imagen como un destino seguro de la inversión internacional». El ministro Palocci concluyó su mensaje a la nación del 28 de marzo afirmando: «Credibilidad internacional, independencia financiera, generación de empleos de calidad es todo lo que Brasil precisa para mejorar su distribución del ingreso, reducir la pobreza y las injusticias sociales. Ese es el gran objetivo del gobierno de Lula».

La mención de Argentina en relación con el FMI no es baladí. Porque en el momento en que Brasil anunciaba su decisión, el Fondo volvía a la carga contra Argentina, reclamando nuevas reformas estructurales en los sectores financiero, fiscal y de servicios públicos, después del gran canje de los bonos de la deuda y planteando discutir un nuevo acuerdo para imponer su receta a la Argentina, en un proceso al cual no son ajenas las maniobras chantajistas de suba de precios por parte de Shell y Esso.

La misma orientación de soberanía e independencia practicada por Brasil respecto al FMI impregna toda su política exterior desde su impronta en la constitución del G-20 (al que acaba de adherir Uruguay) en el seno de la OMC, a la reforma de la ONU y de su Consejo de Seguridad, desde la creación del G-3 con la India y Sudáfrica a la próxima reunión con los países árabes en Brasil en mayo, desde la creación del Fondo contra el hambre y la pobreza en el ámbito mundial hasta el ensanchamiento de su presencia económica y comercial, lo que se denominó «una nueva geografía económica y comercial» y una reconfiguración de la correlación de fuerzas a nivel internacional. Ya hemos señalado que la lucha tesonera de Brasil en la OMC ha alcanzado éxitos considerables, igualmente inéditos, al lograr por ejemplo la condena a EEUU por los subsidios a los productores de algodón (y también de soja, maíz y arroz), y a la Unión Europea por los subsidios al azúcar.

Ahora estamos en condiciones de agregar otro episodio significativo a esta lucha por la igualdad soberana en las relaciones internacionales. De ella da cuenta la siguiente nota de O Estado de São Paulo del 30 de marzo.

«El ministro de Desarrollo, Industria y Comercio exterior, Luis Fernando Fulan, sorprendió a la platea y transformó un evento destinado a debatir el combate a la piratería en un acto más de protesta contra los subsidios de EEUU. En la ocasión envió un duro mensaje al senador norteamericano Norm Coleman, presidente del Comité para el Hemisferio Occidental de la Comisión de RREE: ‘Quisiera destacar que la competencia desleal que Brasil sufre está disfrazada por otros mecanismos, que constituyen la variada gama de subsidios y barreras impuestas a los productos brasileños. Desearía, senador, que llevara este mensaje a sus pares: que la competencia desleal a través de los más variados subsidios en la agricultura, en algunos sectores industriales, incluso en el área de la aviación, producen el mismo efecto de competencia desleal creada por la piratería, el fraude y la falsificación'». *

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