¿Hacia qué modelo avanzamos?

La impronta que el nuevo gobierno le viene dando al accionar del Estado coloca al país, por primera vez en decenios, en una situación en la que mirar el futuro con ideas de cambio no suena a delirio o divague.

Estamos asistiendo a realizaciones que ponen en el orden del día la naturaleza del futuro.

¿Hacia qué modelo de sociedad avanzamos? ¿Por qué tipo de democracia apostamos? ¿En el marco de qué valores culturales y éticos nos proponemos construir el Uruguay del siglo XXI?

Si hasta el año pasado discutíamos cómo poner remiendos, cómo retroceder más lentamente, ahora cabe el intercambio, osado, con los pies en tierra uruguaya y latinoamericana, acerca de hacia qué futuro avanzamos.

Tema clave no sólo para las propuestas económicas, o de reforma del Estado, sino también acerca del modelo educativo, político y cultural al que aspiramos.

No hace mucho tiempo, un fogueado luchador por el cambio social se preguntaba, ¿a qué herencia renunciamos?

Sentía que ante sí se abrían muchos caminos. Tomar algunos significaba empezar a dejar atrás otros.

¿Podríamos nosotros plantearnos esa pregunta?

Por cierto que sí. Hay en nuestra historia como país y como izquierda nacional un pasado al que resueltamente podemos decir que renunciamos.

Como izquierda renunciamos a la pretensión de saber dogmático, al elitismo, a la pretensión de un pequeño grupo, sea de intelectuales o de luchadores, que se conduzca al pueblo actuando como una vanguardia que educa pero no da participación al pueblo. Que no aprende de él. Que no se interesa por lo que ese pueblo siente y piensa.

Renunciamos a cualquier política que nos conduzca a separarnos del resto de nuestros compatriotas, y asumir soberanía por ellos, en nombre de ellos y/o a pesar de ellos.

Como país que estamos en condiciones de renunciar a la idea que flotó en el aire mucho tiempo de que «éramos mejores» que el resto de «los países hermanos del subcontinente, que como el Uruguay no había y que todo se arreglaba con el mero transcurrir del tiempo. Del tiempo y de los empates. Es bien cierto que el Estado batllista nos condujo a la bancarrota pero, como bien nos lo recuerda en este fragmento el prestigioso cura brasileño Frei Betto, tampoco se trata de olvidar en qué consiste el capitalismo por el que bregan los neoliberales: El capitalismo transforma todo en mercancía, bienes y servicios, incluyendo la fuerza de trabajo. El neoliberalismo lo refuerza, mercantilizando servicios esenciales, como los sistemas de salud y educación, el abastecimiento de agua y energía, sin dejar de lado los bienes simbólicos: la cultura es reducida a mero entretenimiento; el arte pasa a valer, no por el valor estético de la obra, sino por la fama del artista; la religión pulverizada en modismos; las singularidades étnicas encaradas como folclore; el control de la dieta alimentaria; la manipulación de deseos inconfesables; las relaciones afectivas condicionadas por la glamourización de las formas; la búsqueda del elixir de la eterna juventud y de la inmortalidad a través de sofisticados recursos técnico-científicos que prometen salud perenne y belleza exuberante. Todo eso, restringido a un solo espacio: el mercado, equivocadamente adjetivado de «libre». Ni el Estado escapa, reducido a mero instrumento de los intereses de los sectores dominantes, como tan bien analizó Marx. Ciertas concesiones son hechas a las clases medias y populares, siempre que no afecten las estructuras del sistema y no reduzcan la acumulación de riquezas en manos de una minoría. En el caso brasileño, hoy el 10% de los más ricos de la población –cerca de 18 millones de personas– tienen en sus manos el 44% de la riqueza nacional.

En el otro extremo, el 10% de los más pobres, sobrevive dividiendo entre sí el 1% de la renta nacional. Millares de personas consideran el neoliberalismo una etapa avanzada de la civilización, así como los contemporáneos de Aristóteles pensaban que la esclavitud era un derecho natural y los teólogos medievales consideraban a la mujer un ser ontológicamente inferior al hombre.

Sí hubo cambios, no fue jamás por benevolencia del poder. *

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