Granizada de un sombrío legado
Ante el estupor de la ciudadanía, el doctor Jorge Batlle culminó su mandato reafirmando su prédica en la fácil suposición de que deja un país en crecimiento, especulando con la frágil memoria de la gente, y el desgaste inevitable que sufrirá la izquierda, al tener que conducir los asuntos públicos en un clima de severas restricciones. Por ello, la tarea del gobierno electo y de quienes con su trabajo anónimo posibilitaron el formidable pronunciamiento del 31 de octubre, será la de defender con razonables argumentos las transformaciones estructurales prometidas, pero cuidando de desgranar con puntillosa exactitud y veracidad, la deficitaria herencia dejada por la coalición, que en noviembre de 1999 se constituyó en una sola fuerza política, apoyando al mismo candidato y comprometido con un programa común. De esta manera nace y se consolida la «familia ideológica», de la que siempre habló el doctor Julio M. Sanguinetti.
Si bien es cierto los costos electorales derivados del fárrago de omisiones, errores e ineficiencias, se pusieron en la cuenta exclusiva del coloradismo, nadie puede ignorar que las políticas neoliberales promovidas por las anteriores administraciones, contaron con el aval de la dirigencia nacionalista. El hecho de que ésta -luego de usufructuar durante cuatro años los estamentos del poder- toma distancia para no compartir un suicidio anunciado, no la libera ante la historia de responsabilidades solidarias e indivisibles, testimoniadas por conductas irrefragables. En este contexto, resulta inaceptable que quienes no cumplieron con las promesas formuladas hace más de cinco años, ni den explicaciones sobre las circunstancias que nos han llevado a la actual postración social, moral y económica, levanten cortinas de humo con planteamientos laterales o secundarios. Porque no está en la preocupación del pueblo, el número de cargos asignados a la oposición en el Codicen o en el Directorio del Banco de la República, sino que le es suficiente que exista un integrante que controle el funcionamiento de esos organismos, garantía democrática que el anterior gobierno de coalición nunca respetó.
Si nos tuteamos con la realidad, comprobamos que los temas que le importan a la gente se relacionan con el Plan de Emergencia, con la creación de fuentes de trabajo, con las mejoras de salarios y pasividades, y con presupuestos que dignifiquen áreas sensibles como la salud, educación y seguridad. Adviértase que la administración que encabeza el doctor Tabaré Vázquez no puede quedar de rehén de la voluntad opositora, en virtud de que debe encontrar soluciones para el millón de compatriotas atrapados por la pobreza, como igualmente rescatar de los asentamientos irregulares, al 10 por ciento de la población. Pero además -sin contar con recursos genuinos- arbitrar respuestas a la terrible desocupación, donde 600 mil personas no tienen empleo, mientras que otras 400 mil sólo cuentan con trabajos precarios o zafrales.
Preocuparse por la vigencia de los derechos humanos en Cuba -como lo exteriorizan los directos responsables de las precedentes iniquidades- pero cuidándose de guardar silencio sobre el destino de los desaparecidos en el Uruguay, o los crímenes políticos perpetrados contra demócratas como Michelini y y Gutiérrez Ruiz, comporta una farsa y una falta de respeto a la conciencia colectiva. Por otra parte, resulta sorprendente que algunos se proclamen garantes de la libertad y la legalidad o atribuyan sesgos autoritarios -poniendo en tela de juicio el sentimiento democrático de 1.124.761 voluntades- cuando en su colectividad gravitan figuras que ocuparon cargos en el régimen dictatorial.
Con 100 mil indigentes, con una deuda externa de 14 mil millones de dólares, con 60 mil jóvenes que no estudian ni trabajan, con un 53 por ciento de niños que nacen bajo la línea de pobreza, y con una campaña donde sólo quedan cien mil asalariados, el sistema político no puede distraer esfuerzos y energías, en disquisiciones retóricas que no llegan al corazón de la ciudadanía. Por el contrario, su obligación es ingresar a la raíz de los problemas fundamentales que tienen la República, incumbiendo a todos actuar responsablemente, para encontrar soluciones mutuamente aceptables.
El espíritu pluralista se jerarquiza acatando el papel asignado por las urnas, ya que la democracia en rigor es una actitud ante la vida. Por ello, la oposición no debe olvidar las palabras de Pierre Le Mure, cuando decía que una de las cosas que se aprenden con el tiempo es la resignación, el sentido de la renuncia y la aceptación de lo inevitable. *
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