Los blancos inauguran una nueva situación política

La decisión del Partido Nacional de no participar en la integración de los directorios de los Entes Autónomos va más allá de un gesto circunstancial de esos que el acontecer político luego reabsorbe restableciendo equilibrios y mitigando polarizaciones.

Se trata de una decisión que, por supuesto, trasciende el contencioso acerca de la integración del Directorio del Banco de la República en donde los argumentos esgrimidos por el gobierno son de una contundencia innegable.

Efectivamente, si para adoptar las decisiones que más importan nuestra principal institución bancaria requiere, de acuerdo a su Ley Orgánica, una mayoría de cuatro votos, es impensable, para cualquiera que analice con un mínimo de objetividad la situación política y los programas de cada partido, es impensable decíamos, que el gobierno se ate las manos en la conducción de la principal empresa bancaria del país entregando, a un partido minoritario, dos de los cinco cargos y dejando en sus manos la adopción de medidas que son imprescindibles en cualquier proceso de reforma del sistema financiero, del fortalecimiento de la banca oficial y de la función de promoción y fomento de la que el BROU debiera llegar a ser, como lo fue en otros tiempos, el motor fundamental.

Al retirarse de los Entes Autónomos, el Partido Nacional adopta una decisión llamada a tener grandes repercusiones: en primer lugar para el propio partido, que elige un camino novedoso, ya que, de un modo u otro, siempre ha participado en la conducción de las empresas públicas.

Si bien no es eso lo que ahora dicen sus principales voceros, en el llano, fuera de todo cargo de gobierno, el Partido Nacional hace muchos decenios que no está. Estuvo en el gobierno antes y después del «pacto del chinchulín». Lo estuvo durante el período de los cuatro ciclos de gobiernos colegiados. Lo estuvo en menor grado durante la dictadura, durante la que hombres de esa divisa presidieron el Consejo de Estado u ocuparon cargos de intendentes nombrados a dedo por los militares.

Ahora, fuera del gobierno, el Partido Nacional está en una situación nueva pero no original.

Es en la que estuvo el Frente Amplio prácticamente durante toda su existencia, salvo el período de 1985 a 1990, bajo el gobierno de Sanguinetti, cuando hubo un representante del FA en los directorios de AFE, Antel, BSE, BROU, Ancap y el Instituto Nacional de Colonización.

La supervivencia del Frente y su constante crecimiento es la demostración palmaria de que, fuera de la teta del Estado, se puede vivir saludablemente y se puede crecer hasta triunfar.

Pero el asunto tiene otra arista que ya no atañe exclusivamente al Partido Nacional.

La decisión de no participar acerca a los blancos a la anunciada tesitura oposicionista del Partido Colorado, línea de conducta cargada de despecho, sectarismo y espíritu conservador.

Dado el ritmo que tiende a imprimirle a su gobierno el doctor Tabaré Vázquez, parece poco probable que exista una tercera posición para el Partido Nacional.

Más bien no habría que descartar que en la dinámica política, el Partido Nacional sentirá la tentación «venezolana» de dejarse mimar por el oligopolio mediático y acercar sus posiciones a la cavernaria intransigencia del coloradismo.

Finalmente, la polarización que se insinúa tenderá a convertirse en un fuerte aliciente para cerrar filas en torno al gobierno, fortaleciendo la unidad e intensificando los esfuerzos de movilización política y programática para avanzar en el cumplimiento del programa.

Si hasta ahora el Frente Amplio se encontraba ante un gran desafío, la nueva situación intensifica la apuesta.

Si en las nuevas condiciones las realizaciones progresistas se materializan, el gran triunfador, en una soledad no buscada, será el Frente Amplio con todo lo que eso significa para el futuro político del país. *

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