Por la senda del cambio
Dirigentes políticos de todos los partidos, observadores y analistas son contestes en calificar el discurso del presidente Vázquez ante la Asamblea General luego del juramento constitucional con atributos elogiosos. Correcto; sobrio y mesurado; muy medido y auspicioso; sereno y conciliador; breve y mesurado, son algunos de los adjetivos empleados para referirse a dicha alocución.
Algunos, sin embargo, criticaron ciertas manifestaciones por considerarlas obvias, sin advertir, quizá, que obviedad no es necesariamente sinónimo de banalidad. Hay ciertas ideas-guía, ciertos principios, que nunca está de más resaltar, destacar como corresponde y ubicar en el lugar de preeminencia que merecen. La libertad (sin la cual la igualdad no es más que una caricatura), la democracia (que no es perfecta pero sí perfectible), la solidaridad (el mejor componente de la condición humana), el combate a la corrupción, y otros compromisos y valores inherentes a una sociedad civilizada y democrática sobre los que es preciso velar permanentemente.
Pero el discurso presidencial no se agotó en esos compromisos. En el augusto recinto parlamentario, el flamante Presidente esbozó algunas de las prioridades de su gobierno y realizó afirmaciones que, a pesar del tono mesurado que todos elogiaron, implican un viraje de enorme significación respecto de las administraciones anteriores.
En ese sentido, cabe resaltar el respeto y la defensa de los derechos humanos, así como la firme determinación de aclarar las zonas oscuras que aún subsisten como consecuencia de la represión durante los años de plomo; esta idea fue desarrollada horas más tarde ante la multitud que se congregó frente al Palacio Legislativo, al anunciar medidas concretas tendientes a investigar a fondo los crímenes del terrorismo de Estado y a castigar a los culpables de delitos no comprendidos en la Ley de Caducidad. Asimismo –y no es un tema menor–, corresponde destacar el compromiso de «trabajar por los cambios propuestos durante la campaña electoral y que la ciudadanía respaldó con su voto», señalando que ha sido sepultado el tiempo de los gobiernos «amnésicos respecto a la voluntad de sus mandatados».
De particular relevancia es la reafirmación del principio de autodeterminación de los pueblos y de no injerencia en los asuntos internos de cada país. Al mismo tiempo, el compromiso de mejorar y de ampliar el Mercosur implica un giro de 180 grados respecto de lo que ha sido la política errática y genuflexa frente al imperio que caracterizó al gobierno anterior.
Como no podía ser de otra forma, el «firme rechazo a todo tipo de terrorismo, de violencia y discriminación» generó el aplauso unánime de los presentes. Sin embargo –y el hecho no ha sido suficientemente resaltado–, un poco más adelante, al hablar de la importancia de los organismos internacionales y de la necesidad de priorizar el papel de las Naciones Unidas, el doctor Vázquez realizó una referencia de enorme importancia que se vincula precisamente con el rechazo a toda forma de terrorismo. Anunció el Presidente su compromiso con la Declaración del Milenio de Naciones Unidas, que apunta a combatir el hambre y las desigualdades, de modo que tenga preeminencia «frente a una agenda de la seguridad cuyos discutibles resultados están a la vista».
Otros aspectos del discurso presidencial son dignos de analizar, así como las medidas más concretas expuestas en la noche del martes.
Lo haremos en próximas notas, pero para concluir hoy, haremos referencia a la invitación formulada por Tabaré Vázquez a «trabajar juntos en la construcción de un Uruguay donde nacer no sea un problema, donde ser joven no sea sospechoso y donde envejecer no sea una condena».
En esa sencilla exhortación se resumen, de manera impecable, todas las metas, propuestas y anhelos de los uruguayos. Que así sea.
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